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40 años de vértigo

ALEJANDRO LUQUE | A la educación pública le debo, entre otras cosas, dos pequeñas revelaciones que, además de determinar el rumbo de mi vida adulta, la hicieron seguramente mucho más feliz. Una fue el descubrimiento, en las páginas de mi manual de 3º de BUP, de la poesía de Blas de Otero, que me pareció diferente a todo lo que había leído antes. La segunda fue conocer, en un ciclo itinerante de poetas andaluces que recaló en mi instituto –cuando había dinero y ganas para tales extravagancias– a Juan José Téllez.

Cuando todos los poetas me parecían lánguidos y ensimismados, me pareció encontrar en los versos del algecireño ese pulso urbano que ligaba a las mil maravillas con mis gustos de entonces, muy condicionados por el heavy metal: ahí no había cisnes ni rosaledas, sino asfalto, gasolina, motores, bajas pasiones, humo, alcohol, noche canalla. Me sumé a su ya creciente legión de adeptos, y hasta se dio en nosotros el milagro de la amistad; no tan milagrosa si tenemos en cuenta que Téllez es una suerte de ONG ambulante cruzada con samaritano y patrón de causas perdidas.

Ahora, una reedición del sello Cazador de Ratas me enfrenta a sus primeros versos reconocidos, esas Crónicas urbanas que ganaron el premio Bahía en un lejano 1979, y debo reconocer que me resulta mucho más fácil criticar sus libros más recientes que éste, por el que siento una debilidad especial junto a otros como Daiquiri o Trasatlántico. No puedo deslindar su lectura de recuerdos personales muy gratos, y al mismo tiempo creo que la prueba del tiempo permite una doble verificación: que sus posibles flaquezas siguen estando bien disimuladas, mientras que sus virtudes lucen mejor con la decantación de los años.

Volver a leer ese primer Téllez es volver a sintonizar la frecuencia de los poetas beat, a los que confieso no haber frecuentado en mucho tiempo. Algeciras quedaba francamente lejos de San Francisco, pero la Andalucía y la España de aquellos primeros balbuceos de la Transición tenían muchas ganas de modernidad, de libertad y de autonomía, y eso se respira por los cuatro costados de estas crónicas.

Habría mucho que desmenuzar de estas páginas, pero me parece importante reparar en algunos detalles: por ejemplo, en la primera palabra del primer poema, Nosotros, un plural que la mayoría de los vates vanidosos jamás han conjugado. Hay en este Téllez una voluntad de hablar desde la colectividad, de poner la poesía al servicio del pueblo –casi da pudor escribir ya hoy esa palabra– como quien presta una caja de resonancia, sin la arrogancia del que se erige en portavoz de nadie. Hay, por el contrario, continuas demostraciones de modestia, porque el poeta, sobre todo si se reconoce “de tercera fila”, ya no pretende pasar por élite intelectual, pero sí reivindica su derecho a ser uno más y a hacer su parte en la construcción de un porvenir mejor.

Me gusta también reconocer en varios poemas la voluntad de diálogo, el verso como espacio de reflexión y confrontación de ideas, ya sea con el viejo camarada Manolo Ruiz Torres –“Amigo, te preguntas qué razón/ tenemos de escribir…”–, Serafín Martínez –“No se lamente,/ paisano…”– u otro veterano compañero de militancias: “Deberíamos hablar, Juan Macías,/ del arte como forma de saberse/ a tiempo de vivir…”. Téllez no fue ni el primero ni el único que trazó ese camino en la poesía española, pero fue uno de los que la desahució de la torre de marfil y la llevó a los bares y a la calle.

Con ello, Téllez fue el representante gaditano de la Otra Sentimentalidad –adelantado cuatro años, por ejemplo, a El jardín extranjero de Luis García Montero–, nuestro hombre en la Poesía de la Experiencia, la avanzadilla en la búsqueda de una necesaria reforma en la gran casa común de la lírica, que solo podía hacerse desde la pasión y el conocimiento, o en defecto de éste último, de grandes dosis de intuición.  

Circulan por estos empeños Ginsberg, Corso y demás popes beatnik, pero también lo mejor del 50, con la huella de Fernando Quiñones particularmente marcada, por afinidad estética y cariñosa. Está la música culta de Brahms junto al blues, los Sex Pistols o la canción protesta con clase, de Hilario Camacho a Luis Eduardo Aute. Los titulares de las noticias, los últimos gritos de la actualidad de entonces, se confunden con las palabras eternas del amor, Catulo y Maiakovski se encuentran al doblar la esquina de una página con Leonard Cohen. Hay muchos interrogantes sobre la construcción de ese nuevo tiempo que alboreaba, sobre el urbanismo, el medio ambiente, la política, la justicia social. Encontramos incluso una llamativa dedicatoria a Ricardo Boffill, que el autor nos tendrá que explicar con alguna cerveza por delante. 

Como bonus de esta edición, se reúnen al final algunos textos de personas cercanas a Téllez que atestiguaron el alumbramiento de las Crónicas y ahora hacen balance. Algunos, como Jesús Fernández Palacios, optan por la distancia del tono profesoral, pero resultan más atractivos los análisis de proximidad sin caer en la excesiva adulación, como el del citado Ruiz Torres o el de Felipe Benítez Reyes, que define al autor con una precisión admirable, como “estoico inconformista”.

Supongo que, con la que está cayendo, la reedición de Crónicas urbanas no detendrá el mundo con la eficacia de la covid-19, ni siquiera logrará que las corrientes más perezosas de la nueva poesía española de la era Twitter se planteen subir un poco su listón de exigencias. A muchos de nosotros nos señaló un camino, nos hizo creer que otra forma de escribir y de mirar la realidad no solo eran posibles, sino que además parecían fáciles. Luego nos dimos cuenta de que, respecto a esto último, no lo eran tanto, pero eso ya es otra larga historia…         

Publicado previamente en M’Sur.

Crónicas urbanas (Cazador de Ratas, 2020) | Juan José Téllez | 154 páginas| 10 euros

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