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Erin go Bragh (Irlanda para siempre)

LUIS ANTONIO SIERRA | Cualquier lector medianamente familiarizado con la historia de la literatura occidental sabe que Irlanda ha sido – y continúa siéndolo – una tierra fecunda en cuanto a producción literaria se refiere. Prueba de ello son los varios premios Nobel de literatura del siglo pasado (W. B. Yeats, George Bernard Shaw, Samuel Beckett y Seamus Heaney), nombres como el de James Joyce que redefinió el género narrativo, autores como Oscar Wilde o Jonathan Swift que pusieron, cada uno en su época, patas arriba el escenario literario anglosajón, o más recientemente otros que apuntan nuevas maneras de entender la literatura como Colm Tóibín, Maggie O’Farrel, Anna Burns, Medbh McGuckian o Edna O’Brien, por nombrar unos pocos de una larga nómina de escritores. Puede que sea una leyenda urbana, pero por ahí se dice que Irlanda es el país con más escritores por metro cuadrado del mundo.

Tanto la República de Irlanda como Irlanda del Norte no solo aportan cantera literaria, sino que también se han convertido por sí mismas en recursos literarios, esto es, en personajes, en referencias narrativas para autores allende sus fronteras. Habría que preguntarse por qué esta tierra, y no otra, captura el interés de tantos narradores. La respuesta no está clara, aunque hay quienes afirman que la causa podría estar en su convulsa y muchas veces idealizada historia, en sus paisajes, o en el carácter de sus gentes. Aunque hibernófilo declarado, no me atrevo a dar una respuesta cerrada a este hecho, pero el caso es que la lista de escritores que han sucumbido en su narrativa a los encantos irlandeses es también muy amplia.

Uno de esos activistas hibernófilos es Chesús Yuste, autor de varias obras enmarcadas en el contexto irlandés como La mirada del bosque y Regreso a Innisfree. Su última novela irlandesa es La memoria de la turba, una narración detectivesca ambientada en un pueblo imaginado del condado de Donegal, Ballydungael, donde, como dicen algunos de sus habitantes en varias ocasiones, “nunca pasa nada”. Pero ¡vaya si pasa! En esta pequeña localidad, un grupo de personas perteneciente a sus fuerzas vivas – aficionadas todas a las novelas de detectives – se verá envuelto en la investigación de un crimen cometido en su tranquila villa durante la guerra civil irlandesa, 70 años antes de ese año de 1993 en el que se sitúa la acción.

La memoria de la turba bebe claramente de la novela de detectives clásica que ya nos desgranara Tzdvetan Todorov en su libro de 1977 The Poetics of Prose: el asesinato como desencadenante de la narración, la historia de la investigación, los giros de guion, los sospechosos habituales, la estructura poliédrica, etc. Esto es, la obra de Chesús Yuste se nutre de los clásicos y prácticamente no se sale del canon, salvo por un detalle que socializa un género tradicionalmente escrito por y para el inconsciente de clase media. Me refiero a una pequeña particularidad que marca distancias respecto a otras novelas de igual temática como es el trabajo colectivo en la búsqueda de respuestas. Tradicionalmente, esta tarea es asumida por un individuo que trabaja en solitario y que confía la solución del misterio a su inteligencia y perspicacia. Como mucho, este detective (un hombre en la mayoría de los casos) se apoyará en un ayudante, eterno aprendiz, de inteligencia inferior por supuesto, pero útil en sus funciones de apoyo logístico del protagonista. Sin embargo, en La memoria de la turba encontramos a un grupo de investigadores amateurs que utilizan eso que los gurús-charlatanes del coaching han venido en llamar inteligencia colectiva y que no es otra cosa que el trabajo en grupo de toda la vida. El alcalde, el cura, la profesora, el inspector de policía, etc., todos suman y colaboran en la resolución del caso del asesinato de Fergus Moran, cada uno desde sus posibilidades y habilidades.

Otro aspecto que destacar de la novela de Chesús Yuste, como buen conocedor de Irlanda y consciente de que el lector no tiene por qué estar familiarizado con las circunstancias históricas de la isla, es la contextualización que hace para que el público patrio entienda mejor lo que sucede. Son pequeñas píldoras históricas introducidas convenientemente que cumplen también una función casi pedagógica y sin las cuales algunos detalles serían difíciles de comprender. Obviamente, si el público al que va dirigida esta novela fuera irlandés, este aparato narrativo sería superfluo, pero en nuestro caso esas pequeñas lecciones de historia son muy de agradecer.

Probablemente tenemos que reconocer a escritores como Chesús Yuste – y otros como, por ejemplo, Antonio Rivero Taravillo – la gran labor que hacen por acercarnos Irlanda a España, por divulgar las bondades y miserias – por qué no – de esta tierra. Y en este caso en concreto, la resolución de un misterioso asesinato cometido durante la guerra civil irlandesa que partió un país tanto política como físicamente nos hace viajar a una Irlanda que, en algunos aspectos, tiene muchas más similitudes de las que creemos con nuestro país.

La memoria de la turba (Xordica, 2021) | Chesús Yuste | 280 páginas | 19,95 euros.

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