2

1914-1918: Todos fuimos valientes

piedras

 

Piedras negras

Jesús Zomeño

Lengua de Trapo, 2013. Colección “Nueva Biblioteca”

ISBN: 978-84-8381-108-2

162 páginas

17 €

 

 

José María Moraga

A menudo se ha reseñado que gran parte del éxito o interés de muchos de los textos que nos han quedado de la Primera Guerra Mundial les viene dado por su condición de documentos fieles y veraces, obra de auténticos testigos de los acontecimientos que consignan. En otras palabras, ¿cómo no emocionarse con el poema de Rupert Brooke en que dice que si muere habrá un rincón de suelo extranjero que para siempre deberá ser considerado Inglaterra (en virtud de que bajo él reposan los restos de un mártir inglés)? ¿Cómo no hacerlo, si sabemos que Brooke murió con 27 años, camino de los Dardanelos, en plena guerra? Como este podrían ponerse decenas de ejemplos, tanto de poesía como de prosa, incluso de obras no fictivas, memorias, diarios, y similar. No hace falta ser un lince para entender que tras este razonamiento se esconde una pequeña (o gran) falacia biografista, pero es innegable que -por mucho que uno crea en la Fenomenología, el Texto por el Texto y cosas así-, la fascinante biografía de muchos de los escritores/soldados que participaron en la Gran Guerra ayuda a conferir a sus obras un prestigioso y en ocasiones patético halo de verdad. No me preguntéis por qué, tal vez sea un rasgo fieramente humano.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, cuando el lector contemporáneo se enfrenta a Piedras negras, el escalofriante compendio de relatos ambientados en la Primera Guerra Mundial que acaba de publicar Jesús Zomeño (Alcaraz, Albacete, 1964), no puede sino admirarse de la profundidad, riqueza y variedad de la paleta temática y de personajes que el escritor manchego despliega en una obra cuyo conocimiento de la Gran Guerra no puede ser sino de oídas, es decir: Zomeño no había nacido (imagino que ni sus padres) cuando tuvo lugar el conflicto, y además en España –país neutral– se tiene bastante poca idea de esta guerra. ¿Puede un autor español actual ponerse la guerrera y las botas, cargarse al hombro el fusil y asomarse con verosimilitud a las trincheras? La respuesta es un sí rotundo, que supondría un triunfo por sí solo en el caso de que Piedras negras fuese solo una colección de relatos bélicos (entiéndase “de combate”). Pero no solo es eso.

Los cuentos de Piedras negras se desarrollan durante la Gran Guerra, ese tiempo y la geografía europea delimitan sus coordenadas, cierto, pero no tratan necesariamente de asuntos de guerra o de trinchera. El libro tiene dos partes “Metralla de cuerpos celestes” y “Mapas, 1916”, de las cuales la primera contiene dieciocho cuentos y la segunda doce, pero la agradable sorpresa es que algunos narran anécdotas que suceden antes o después de la guerra, o durante la misma pero en  la retaguardia o en países neutrales (como los escandinavos). Los cuentos de “Mapas, 1916” cuentan con la guerra como una presencia ominosa, un estado mental dislocado o una suspensión de las leyes de la piedad y la lógica (como conviene a un conflicto que causó un cataclismo en las conciencias). Así, por sus páginas desfilan cornudos consentidos, asesinos de simetría borgiana -en serie o repentinos-, niños de pesadilla, pervertidos sexuales e incluso una inquietante prefiguración del Holocausto nazi (como de hecho lo fue la Gran Guerra), en cuentos como  “Tanto dolor (Cracovia)” o “Carrusel (Bruselas)”.

Como se intuye, pocas menciones al combate y sí muchas a una geografía (Europa de cabo a rabo) y un año, 1916, que resultó crucial para el conflicto por muchos motivos. Sin tiros, sin bayonetas, los cuentos de esta parte solo cobran sentido completo cuando se inscriben en el contexto de la Primera Guerra Mundial, lo que supone un asombroso ejercicio de elipsis, de “guerra sin guerra”, digno de un Kurt Vonnegut y su Matadero 5. Por otra parte, los relatos incluidos en “Metrallas de cuerpos celestes”, pese a contar con un protagonismo más directo de la vida en las trincheras y sus horrores, no suponen un cambio radical o un divorcio frente a los de la segunda parte. Piedras negras exhibe así una reconfortante coherencia interna, y puede que sea la última vez que utilice el adjetivo “reconfortante” para referirme a este libro.

“Metralla de cuerpos celestes” dispara fragmentos en todas direcciones, siempre especialmente dolorosas. Aquí encontramos la historia de difuntos a los que pocos recuerdan, amores disfuncionales, suicidas, coleccionistas o escritores dementes, mutilación y crueldad por doquier, incluyendo -ahora sí- unas pocas anécdotas de combate que aunque intuyo apócrifas no tienen nada que envidiar a las narradas por Siegfried Sassoon o Edmund Blunden en sus respectivas memorias.  La vida en las trincheras aparece reflejada con ese cinismo y esa brutalidad que forzosamente debió aflorar aun en las almas más puras condenadas a mirar al horror de frente. Ya sean los preparativos para una taza de té, una uña rota, el reparto de unas roñosas salchichas o la confesión de un condenado a muerte, todos los aspectos que Jesús Zomeño decide iluminar con su ojo de narrador resultan igualmente brutales y creíbles.

¿Qué lenguaje es válido para acercarse a una tragedia de tales proporciones (no solo la de los combatientes sino la de las mujeres en retaguardia, por ejemplo)? El autor recurre a una prosa lírica, no prosa poética pero sí enriquecida con una mirada especial, a medio camino entre la poesía, y la fiebre alta, con excepción de unos cuantos narradores lacónicos, que convienen muy bien al tema de determinados relatos (estoy pensando, por ejemplo en “Whitechapel (Somme, 1 de julio de 1916)” o “La tregua”). Durante todo el libro abundan los ‘leitmotivs’ (por ejemplo la sopa, el calor de los cuerpos, la obsesión por el calzado o por las piedras), que recorren los cuentos cual pasadizos conceptuales, hilando unas historias con otras solo en el plano temático, y aportando una sorprendente y bienvenida coherencia al conjunto. Por si esto fuera poco, encuentro que muchas de las piezas de la colección encierran verdaderos hallazgos lingüísticos, frases lapidarias (como dicen los cursis) destinadas sin duda a hacer reflexionar al lector a través de una forma sorprendente o terrible, bella casi siempre.

De entre todas las piedras negras destaco especialmente dos que me han impresionado por encima del resto, debido a razones muy distintas. Son “Martín Delfín” y “Cara moglia (23 de octubre de 1917)”. En ambas tuve la sensación de que se me estaban contando cosas que no tenían nada que ver con lo narrado, pero que el engaño bien engarzado de la literatura hacía posible. En ambas, la precisión y la economía de recursos, no exenta sin embargo del simbolismo justo, contribuyen a crear dos estructuras absolutamente memorables, muy imbricadas en la Gran Guerra pero que podrían funcionar de manera universal. Y vuelvo para concluir a lo que me parece la mayor virtud del libro: su capacidad para servirse de unas coordenadas históricas (no como mero telón de fondo sino bien documentadas) para acto seguido trascenderlas y lograr piezas narrativas más allá de los límites espaciotemporales de la premisa.

Ya solo me quedan dos balas en la recámara: la primera la utilizaré para recomendar Piedras negras a todo el mundo, interesado o no en la Gran Guerra; paradójicamente con la segunda va un ruego a Jesús Zomeño: por favor, ¡escribe una colección de cuentos sobre la Segunda Guerra Mundial! Pero no esperes al año 2039…

 

admin

2 comentarios

  1. Creo que no hay mejor piropo a una reseña que decir que ¡me han entrado ganas de salir corriendo a comprar el puto libro!

  2. Muy buena reseña. El libro y su autor bien la merecen. Jesús Zomeño es uno de los autores más interesantes del actual panorama literario español.

Responder a Fran G. Matute Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *