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A Camilleri se le perdona todo

ALEJANDRO LUQUE | Ocurrió en El Escorial, y fui testigo. Ilya Topper, entonces periodista novato, entrevistó a Paco Umbral, un tótem del oficio. La primera pregunta, un tanto balbuciente por los nervios, fue esta: “Disculpe, maestro, pero usted ha escrito… ¿treinta libros? ¿Cuarenta?”. “Cien”, retumbó la voz de Umbral. En descargo de Topper hay que decir que entonces no había Wikipedia: hoy sí, y gracias a ella sabemos que el autor de Mortal y rosa llegó a publicar algunos títulos más del centenar.

Una cifra, sin duda, al alcance de unos pocos. Y menos aún con un mínimo de exigencia. Dejando aparte a Lope de Vega, recordamos a Corín Tellado, a Simenon, a Asimov. Y ya podemos decir que ha ingresado en ese club nuestro querido y llorado Andrea Camilleri. En concreto, con esta nueva entrega de su saga del comisario Montalbano.

La novela arranca con un trasfondo de actualidad: al puerto de Vigàta –trasunto de Agrigento– no paran de llegar barcas cargadas de migrantes, algunos en condiciones de salud penosas. La comisaría de Montalbano es la asignada para comerse el marrón, y no hay noche que el héroe y su equipo no tengan que salir de la cama para ocuparse de algún desembarco conflictivo. Esa situación permite al lector reencontrarse con los viejos conocidos, Fazio, Mimì Augello, Cattarella y sus distorsiones lingüísticas, y cómo no, Livia, la sufrida pareja del protagonista.

Podría parecer que los tiros esta vez irían por ahí, acaso por las muy perseguibles mafias de las pateras en el Mediterráneo, aunque los desembarcos masivos se hayan producido un poco más al sur, en la hermosa isla de Lampedusa. Sin embargo, esto es solo un macguffin para deslizarnos hacia un caso negrocriminal clásico, el asesinato a tijeretazos de una modista de la ciudad.

Lo primero que se aprende con Tirando del hilo es que uno no escribe cien novelas pretendiendo descubrir la vacuna de la covid-19 en cada una de ellas. Si uno viene de leer a audaces exploradores del lenguaje, pongamos por caso un Bufalino o un Italo Calvino, por citar dos compatriotas italianos, la escritura de Camilleri parece la de un aficionado. O la de alguien con mucha prisa por entregar el original al editor dentro del plazo convenido. Es lo que se llama ir al grano, olvidar los preciosismos, incluso hacer alguna demostración de pereza, como rematar un párrafo diciendo: “Salvo la había abrazado. Y el abrazo había ido haciéndose cada vez más largo y más apasionado”.

Y sin embargo, cuando quieres darte cuenta, el mecanismo de la novela ya te ha atrapado. Entre comilona y comilona de Salvo, entre chiste y chiste, bastan un puñado de páginas para saber que te has montado en una ola que vas a surfear completa, hasta el final. Van desfilando los sospechosos, se acumulan las pruebas contradictorias, la investigación va dando giros. Hay capítulos enteros que se despachan en conversaciones telefónicas, sin mayores florituras. Lo de siempre, acaso un poco más potenciado desde que Camilleri perdió por completo la vista y se vio obligado a dictar sus ficciones, al borgiano modo, a su ayudante Valentina Alferj.

Acabamos entendiendo que uno solo escribe cien libros y sale victorioso si tiene la capacidad de hacerse perdonar esas ligerezas y algunas otras. A Camilleri le perdonamos que empiece una novela contando un sueño de Montalbano –y no lo desvele sino al cabo de varias páginas–, que se permita licencias que pondrían los pelos de punta a los profes de talleres de escritura creativa, que haga chistes con una confusión de Catarella que solo entenderán los lectores de Dacia Maraini, y hasta que incurra, por boca de sus personajes, en una idea tan desterrable como la de “crimen pasional”.

A Camilleri se le perdona todo porque no todo el mundo puede presumir de haber creado un mundo y un lenguaje. Eso hizo este viejo hombre de televisión hace 25 años, soñando Vigàta, y sintetizando el siciliano como si fuera una droga química que daba risa y hacía ver cosas claras a la vez. Alguien que se ha ganado esos galones puede hacer lo que quiera, pero si además hace lo que quiere siendo enormemente entretenido, con más razón. No le pidan más a Camilleri: si buscan otras cosas, cómo no, ahí tienen a Bufalino, ahí tienen a Italo Calvino.

PS.- Quienes crean que el maestro se despidió de la vida en los cien libros, con una puntería mezclada con cierto exagerado apego por el sistema decimal, se equivocan: solo de la serie de Montalbano, hay al menos seis títulos posteriores. Lo que ocurre es que los traductores fueron siempre más lentos que la potencia fabuladora de Camilleri. Continuará.

Publicado con anterioridad en la revista digital M’Sur.

Tirar del hilo (Salamandra, 2020| Andrea Camilleri | 272 páginas | 18 euros | Traducción de Carlos Mayor

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