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Ábaco con cuentas/os de vida

InventarioMANOLO HARO | Todo tiempo es la consumación de un poema y viceversa. Vivir con esa certidumbre en el corazón convierte al poeta en algo parecido a un chamán que vertiera azogue en todas los charcos del mundo para que, en algún momento distraído de nuestra existencia, reparemos que el dolor y la alegría de uno son el dolor y la alegría de todos. Con esto en mente, se habrá de afirmar que la poesía es un ejercicio de movimiento doble, un vaivén en el que cuesta olvidar el fulcro que rige la balanza. El artista adopta diversas posturas a medida que su edad avanza y sus piernas flexionadas van empujando el suelo con menor insistencia: el poeta primerizo (al menos hasta ayer, antes de que la Modernidad fuera sustituida por el Simulacro) mira hacia el cielo con los brazos alzados, a la vez que se impulsa con todas sus fuerzas buscando tocar con los dedos el Parnaso de la tradición; luego, una vez dominado el balancín y los pesos, se divierte haciendo gala de su dominio del hipomoclio con las piernas abiertas en equilibrio y un grave rictus de concentración en su persona, mientras observa de vez en cuando cómo en el puesto de enfrente alguien, que pudiera ser él mismo, le guiña un ojo con complicidad; finalmente, el poeta en la madurez se baja del artefacto, pisa la tierra y nos regala la experiencia sublimada de su vida. Por ello, como comprenderán, hoy día resulta difícil escribir Poesía desde la breve atalaya de la juventud, a no ser que el alma del poeta guarde en su interior la memoria de otro tiempo o venga a dar al mundo noticia de una verdadera genialidad.

A esta teoría literaria de columpio se le podría objetar la presencia en el canon poético de jóvenes que dieron, hace ya siglos, sus mejores frutos antes de cumplir los 28 años. Cierto. Pero también habría que apostillar que aquellos tiempos eran otros muy diferentes a estos. El Romanticismo fue pródigo en colocar en escena a unos cuantos apasionados hijos de las musas, que bien podrían correr parejos a los caballos alados del monte Helicón por la sustancia mágica que trasegaban con sus versos. Hoy, la paulatina ralentización de la madurez en los individuos (sean estos vates o empresarios del helado), la banalización de la vida y el pertinaz empeño de parecernos, cada vez más, los unos a los otros provocan que las manifestaciones líricas más interesantes vengan como fruta madura tras una o media vida.

“Se canta lo que se pierde”, que decía Machado. No es lo perdido el amor únicamente; es el tiempo que pasó y que en sus velos se llevó parte de nosotros y nos trajo, luego, casi todo lo que somos. A ese río del tiempo que maldijo Mao le canta Rosario Pérez Cabaña en este Inventario (Fabulaciones, ficciones y otras verdades), un libro que sería muy difícil de escribir antes de una navegación vital con la que atesorar los pecios que se muestran en estas páginas. Libro de madurez para seres maduros. Aquí no hay paños calientes; puede haber veladuras, trampas, juegos de espejos, pero no hay mentira. Se trata de un ejercicio de sonda biográfica, de bioficción, tal vez; una búsqueda infructuosa de la verdad y de las mentiras: “poco importa / si la verdad o el engaño me reviven o me acaban”. Su autora bendice el tiempo a cada verso, sabe que ese tiempo es el río y la memoria el pez que lo remonta: “El pez / escapa. Se agranda, / se hace río y nada en la corriente, / insólito. Apenas un momento”. En otro lugar canta: “Acaso la invocación de la memoria destruya lo posible / y recuerde que no fui otra cosa que la búsqueda incansable de ardides e invenciones”.

Una de las virtudes de este Inventario es condensar instantes e introducirlos en el poema como hiciera una niña colocando con tino un barco diminuto en el interior de una botella. El milagro es que nosotros lo observamos como si el cristal que lo resguarda no existiera. El libro, con sus tres partes bien diferenciadas –fabulaciones, ficciones y otras verdades– plantea una estructura perfecta para hablar de la memoria del pasado en fabulaciones (sin ánimo de ajustar cuentas con este; sabiamente moldeado en el torno de la inteligencia), para hablar de las celebraciones del presente en ficciones y del disfrute del amor en otras verdades. Rosario Pérez Cabaña pasa el dedo por un ábaco lleno de recuerdos, pero deja claro que ni el poema ni el relato sirven ya para asegurar que lo que se canta o se narra es lo que se cree recordar o se recuerda creer. En este tiempo de post-verdad, fakenews y cremas robadas en el bolso, el adagio pessoano de “el poeta es un fingidor” está más cerca de los políticos que de los propios poetas. En Inventario, desde luego, no hay fingimiento. Hay duda servida con palabras, pero también un invisible hilo de Ariadna para salir de ella. “Y si habéis de dudar, las lunas habrán servido para algo. Mirad entonces las raíces, los nudos / las rojas soledades de las tardes, / los lucernarios de todos los tejados / mirad los libros que escribieron otros / dentro, en la vertiente sur de mis arterias. / La ceguera os enseñará la única verdad donde una vez estuve”.

Bajo el caudal de poesía que fluye en estas páginas están las voces de José Hierro, de Aleixandre, de Borges y del Stevenson poeta. Está, de igual manera, la contundencia de una voz propia que hace aflorar desde los confines de una memoria de vida cartas halladas en el fango, vírgenes desapercibidas, la torva mirada de hombres que creyeron volar, poemas que se enlazan con otros para regresarnos a la luz desde la oscuridad. Medio centenar de composiciones que alternan el verso con la prosa poética (“Antes de la memoria” nos hace preguntarnos si no será la autora el último estadio de un espíritu trajinado por los avatares de la eternidad), que nos resultan, además, más que suficiente para desear que esta lucidez conquistada por el paso los años se vea engarzada muchas veces más en un futuro continuo.

Espigo dos últimos versos que ofrecen el cardiograma perfecto de una poeta que, como ha venido mostrando su obra a lo largo de más de una década, ha sabido apagar todos los incendios invisibles con la vitalidad y la fuerza que transmite su Inventario: “De todas las mentiras del mundo, / me quedo, finalmente, con la risa y el llanto”. No hay lugar para la duda.

Inventario (Fabulaciones, ficciones y otras verdades) (La Isla de Siltolá, 2018), de Rosario Pérez Cabaña | 80 páginas | 10 euros

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