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¡Abrapalabra!

EDUARDO CRUZ ACILLONA | Cuentan la publicidad y la contraportada del libro, valga la redundancia, que Mundos del fin de la palabra, de la autora británica Joanna Walsh, “es el inclemente y humorístico acoso a un tema: la incomunicación”. Y, sin que sirva de precedente, aciertan con exactitud en lo que a la incomunicación se refiere.

Venía atesorando Joanna Walsh exquisita fama y no menos loado prestigio a cuenta de su primer libro publicado en España, Vértigo (Periférica, 2018), donde la mujer era el eje central y el hilo conductor de los relatos y su humor irónico, su originalidad y su sensibilidad ya destacaban sobremanera.

Vértigo sorprendía por la forma de armar las estructuras de los cuentos, o quizás sería más acertado hablar de la forma de desarmar dichas estructuras, buscándole las vueltas y las cosquillas a lo convencional sin descuidar el fondo, que ella concebía como un todo, como si de una novela coral se tratara. Un magnífico libro y, sin duda, una de las autoras revelación traducida a nuestra lengua.

Fiel a esa filosofía, un estilo que trasciende al propio estilo, nos llega ahora Mundos para el fin de la palabra, un título que ya apunta las maneras que vamos a encontrar en las poco más de cien páginas de las que consta el libro. Mundo (World, en inglés) y palabra (Word, en inglés) como una dualidad que se repite, de manera bastante insistente, a lo largo de las dieciocho propuestas narrativas del texto. Dualidades que derivan en opuestos, no en complementos. Aquí no hay dos caras de la moneda, hay los dos polos opuestos de un imán. Opuestos entre el yo y su versión de yo lector (“Seres lectores”) formando una diatriba a la hora de buscar un libro que el yo quiere que lea su yo lector; doble punto de vista en “Postales desde dos hoteles”, uno en el centro y otro en las afueras; una ruptura de una pareja en “Mundos del fin de la palabra”, donde ella corta con él en un mundo que se está quedando sin palabras y donde gana terreno la imagen; la rivalidad entre “Dos secretarias” que no tienen nada en común entre ellas; la similitud de “Hans el simplón” con un cuento de hadas con un final diferente a lo esperado en un cuento de hadas; una relación de amistad fallida (“La gorda y yo: Joanna Walsh”) donde el sistema binario y los entes complementarios fallan; etc…

En todos ellos, la dualidad se fusiona con la incomunicación que mencionábamos al principio, y ambas, dualidad e incomunicación, se traducen en una sensación de haber leído sólo medio libro, y no por haber llegado únicamente hasta la mitad, sino por haber perdido mucho por el camino.

El libro está plagado de intencionados juegos de palabras, de dobles y triples sentidos que, leídos en su idioma original, habrían supuesto un inmenso disfrute, un completo regocijo y un ejemplo claro de lectura cómplice e inteligente, no me cabe la menor duda. Sin embargo, al leerlo en castellano, tenemos que acostumbrarnos a la continua interrupción de la lectura para dirigirnos de manera recurrente a las últimas páginas del libro, donde una paciente y esforzada traductora, Vanesa García Cazorla se llama, nos explica con vocación docente y con detalle esa dificultad y la meticulosidad de su trabajo en cada uno de los escollos lingüísticos encontrados. Siguiendo la tónica del libro, más que “Notas de la traductora” dicho apéndice debería haberse titulado “Gotas (de sudor) de la traductora”, haciéndola merecedora de un monumento o, a falta de presupuesto, como es el caso, del premio de Traducción Estado Crítico 2020.

Al final, desgraciadamente, la mayor incomunicación se da entre la autora y el lector en lengua distinta al original, el cual se queda con la sensación de perderse algo brillante, a la altura del anterior libro, excepción hecha de algunos juegos de palabras más propios de un cuentecillo infantil que de un libro de relatos de esta categoría: “¿Acaso T. con quien quedé para un té en la Tate…” En fin… Fin.

Mundos del fin de la palabra (Periférica, 2020) | Joanna Walsh | Traducción de Vanesa García Cazorla | 136 pags. | 15,50€

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