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Anatomía del presente

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En la orilla

Rafael Chirbes

Anagrama, 2013. Colección «Narrativas hispánicas»

ISBN: 978-84-339-9759-3

439 páginas

19’90 €

 

 

Coradino Vega

Mientras buena parte de la novela española contemporánea decidía diluirse por los respiraderos del espacio y el tiempo, la obra de Rafael Chirbes, que nunca rehuyó el contexto del aquí y ahora, se ha ido agigantando en su coherencia de anclarse en la Historia. Vivisección descarnada de la España que va desde el final de la guerra civil hasta la actualidad, sus novelas constituyen una especie de comedia humana que gravita en torno a dos temas recurrentes: la traición durante la Transición de los ideales derrotados en el 39 en aras del supuesto bienestar y, como se dice en esta última, “el cadáver a medio enterrar que esconde cualquier fortuna reciente”. Sin embargo, al contrario de esa suerte de escapismo que es la alegoría o la ubicación abstracta o lejana pero también novelar de cierta forma el pasado, cuando Chirbes mira atrás, lo hace al modo del boomerang sobre el que ha reflexionado en sus ensayos, es decir, para descifrar los materiales con los que se ha ido construyendo el presente, esos que ya en Crematorio, pero sobre todo con En la orilla, quedan intensificados por la lente de aumento de su prosa abrumadora hasta acabar convertidos en materiales de derribo.

Puede que no haya novelas más apropiadas para comprender el hoy de este país que Crematorio y En la orilla, las cuales no sólo comparten temas sin solución de continuidad sino también una similar propuesta narrativa. Si la primera exploraba el ascenso del constructor sin escrúpulos Rubén Bertomeu, la segunda parte de la ruina de Esteban, carpintero estafado por otro de esos promotores megalómanos y voraces, para abrirse en abanico a un crisol de voces y conflictos que reflejan la violencia subyacente al espíritu de nuestro tiempo. La trama vuelve a ser mínima (el hallazgo de un cadáver en el pantano de Olba con que se inicia la narración supone casi la broma de un autor a quien parece no importarle mucho eso), y es de la densidad de un lenguaje directo e hipnótico, junto a su elaborada estructura formal, de donde parece emanar la potencia arrolladora de la novela. Una vez más, las referencias son las mismas, el materialismo de Lucrecio y el contraste completo y feroz de La Celestina, aunque el propio Chirbes ha reconocido también la huella de ciertos novelistas alemanes que distorsionan su realismo de un modo casi expresionista, al tiempo que toma de Proust la tendencia a la digresión y a contarlo todo mientras parece que no se cuenta nada. Marta Sanz ha comparado con tino su escritura con la pintura de Francis Bacon y con esos bodegones barrocos en los que el fluir del tiempo es retratado con toda la crudeza de la degradación carnal, pero a mí me ha traído sobre todo a la mente la furia política del Goya de Los desastres de la guerra, esa manera tremenda y sólo en apariencia cínica de retratar la miseria moral con una intención ética, no de catarsis sino de exposición, que la aleja del nihilismo. Las ideas siempre son muy visibles en la obra de Chirbes. El hombre es un lobo para el hombre. La vida no es más que un cálculo de intereses. Absurdo. El banquete de unos pocos. Voracidad creciente de comida, lujo y sexo. Toda la novela está atravesada de esa suerte de pesimismo antropológico. Chirbes es testigo de su época antes que síntoma, y ha observado mejor que nadie el sálvese quien pueda subsiguiente a la rapiña: “A la gente le da todo igual; mientras no le tiren la basura del otro lado de la tapia, ni le llegue el olor de podredumbre a la terraza, se puede hundir el mundo en mierda.”

Situado en un terreno moral ambiguo, Esteban, verdugo a la vez que víctima, se ve obligado despedir a los cinco trabajadores de su carpintería; recuerda los orígenes familiares y amorosos de su vida anónima y sedentaria; ni siquiera podrá contar con la presencia de Liliana (la chica colombiana que cuida de él y de su padre anciano en fase terminal); se tiene que tragar el lamento de Francisco, amigo de juventud con falsa mala conciencia que cambió el seminario por el marxismo y éste por la gastronomía, y que encarna el oportunismo de esa socialdemocracia española del dinero para todos que nunca llegó a ser tal. Primera persona, tercera, monólogo interior, diálogos en el bar de una inverosimilitud narrativa demasiado notoria para no ser pretendida: Rafael Chirbes renueva el realismo, como hiciera Galdós, utilizando todos los moldes que quedan a su alcance. Lo importante es el tono. El cómo se dice. Y la contundencia de su dominio del lenguaje resulta apabullante. Escatológica a la vez que poética, se trata de una prosa que te envuelve, que te golpea, que te arroja a la cara las verdades menos amables. El pantano opera como símbolo constante de lo que nunca se quiso ver y siempre estuvo ahí y se descompone y pudre con el tiempo. Ni los afectos escapan a la lógica económica de los hechos. La literatura de Rafael Chirbes siempre se ha caracterizado por una fuerte desazón, por una rabia sólo equiparable a la de Juan Marsé, por una dureza que no está exenta de ternura ni de una ironía que, hacia el final de la novela, se troca en sátira elegíaca hasta alcanzar un nivel de propulsión magistral, impresionante. Y es que, desde Si te dicen que caí, quizás haya pocas novelas españolas tan relevantes como Crematorio y En la orilla.

admin

4 comentarios

  1. Me gusta mucho la reseña. Gracias por darnos a conocer a Chirbes. Bueno es posible que todo el mundo lo conozca aquí, pero yo que soy fuera es una novedad para mí. Soy muy interesado en la literatura española y en especial por la realismo y quiero aprovechar una estancia aquí que tengo por seis meses, así que empiezo a leer a Chirbes y luego sigo con? Marset? No he entendido bien lo de la inverosimilitud narrativa pero tampoco voy a molestar al autor a que me lo explique, puede que yo no sea posible. Un gran saludo.

  2. Había oído hablar de este autor, pero después de esta reseña tengo claro que hay que leerlo. Gracias Coradino.

  3. Estimado Chris Pante, una de las pocas cosas que pudieron achacársele a ‘Crematorio’ fue cierta uniformidad verbal a la hora de dar voz a los personajes, un registro demasiado parecido al del narrador y un tanto elevado. ‘En la orilla’, en cambio, utiliza el monólogo interior con voces más apropiadas a lo que imaginamos que son sus enunciadores. Sin embargo, hay unos diálogos en el bar de Olba, en los que Francisco, Esteban, Justino y otros personajes, mientras juegan a las cartas o al dominó, hablan de casi todo lo divino y lo humano; y, en ellos, se vuelve a utilizar un mismo registro no resultando fácil distinguir quién está hablando. Pero imagino que la intención del autor ha sido preponderar las ideas, el peso del discurso, sobre otros aspectos narrativos. No sé si me explico. Gracias a ti y también a Marieta.

  4. Muchas gracias Coradino por la explicación que creo que ahora si entiendo del todo, lo importante es verdad son las ideas y si los personajes deciden exponerlas en un lenguaje extraño a su natturaleza a lo mejor no es por un error del autor sino porque la verosimilutd en determinado momento se la trae al pairo, como se dice por aquí, no? Leeré a Chirbes. Gran saludo.

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