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Aprender a ser buenos

EDUARDO CRUZ ACILLONA | Según la Real Academia Española (RAE), “intempestivo” quiere decir “Que es o está fuera de tiempo y sazón”. Y según Rafael Reig, tanto él como otros autores de su quinta, la de los nacidos en los años sesenta (Antonio Orejudo, Javier Azpeitia, Eduardo Becerra…) pertenecen, literariamente, a lo que él mismo ha dado en llamar Generación Intempestiva, una generación que en los años ochenta vio cómo triunfaban “sus mayores” (Javier Marías, Muñoz Molina, Juan José Millás, Eduardo Mendoza o Julio Llamazares) sin darse cuenta de que “eso nunca iba a volver a suceder”, según palabras del propio Reig. 

No termina ahí su claudicante confesión. También dice que sus novelas, las del grupo que conforma esa generación intempestiva, “pertenecen todas al mismo género literario que los cartones que ponen los mendigos al lado de su manta: pedimos una limosna de gloria contando nuestra triste vida, y lo llamamos autoficción”.

Tan sincero y mordaz como en sus libros de crítica literaria (no es posible que no hayan leído todavía su Manual de literatura para caníbales), continúa describiéndose en un texto plagado de definiciones de sí mismo, por acción u omisión: “Yo (…) alterno entre el asombro frente a la inesperada desgracia que es mi vida –como mi madre– y la alegría que me ofrece el simple hecho de estar vivo –como mi padre–“. En esa familia, y acompañado de esa desgracia que comenta y que detalla en la novela, surge la imperiosa necesidad de buscar la manera de ser bueno. Podrá escribir su O.M. (obra maestra) o no, podrá ser invitado a más o menos festivales, ferias del libro o saraos culturetas, pero, ante todo, tiene la misión de intentar crecer, madurar, siendo bueno. Me viene a la cabeza ahora, de hecho me viene en infinidad de ocasiones, una frase suya que leí en alguna entrevista y que me apropié para encabezar mi perfil en un blog. Decía lo siguiente: “A menudo digo que de la vida me gustaría salir como lo hago de los bares: de buen humor, sin contar las vueltas y dejando que se queden con el cambio. Me gustaría oír, a mis espaldas, cuando me vaya, que el jefe grita agradecido: ¡Bote!»  

En Amor intempestivo, Reig habla, claro, del amor, y también del humor, del dolor y de los amigos, de las ausencias y de las conquistas, de las conferencias sobre literatura en la universidad, de las lecciones de vida en el hospital y de las partidas de ajedrez donde surja, de sus novelas y de su familia, dos maneras de vivir estas últimas, paralelas e indisolubles a la vez.

En esta autoficción del autor de la imprescindible Autobiografía de Marilyn Monroe (que al final él mismo descubrió que lo que estaba contando era la autobiografía de su propia madre) no hay más estructura que la sinceridad y el compromiso de abordar los claros con la misma honestidad que los oscuros, conformando un retrato lleno de matices, completo y complemento perfecto para aquel lector que se haya dejado acompañar a lo largo del tiempo por su obra narrativa.

El libro te hace reír y te hace aguantar las lágrimas. Se trata de una novela de iniciación, pero no a la vida, que también, sino a la escritura (a ese momento en que se pregunta si, además de gustarle ser escritor, también le gusta escribir), al mundo de las responsabilidades, a los retos individuales. Una novela nada complaciente, autocrítica y con un amplio espacio abierto a seguir indagando, a seguir contando, que, al fin y al cabo, es lo que mejor se le da a Rafael Reig, por muy intempestivo que se nos quiera poner a estas alturas de la película.  

Amor intempestivo (Tusquets, 2020) | Rafael Reig | 256 pags. | 19€

admin

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