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Asesinos todos

portada

Yo, asesino

Antonio Altarriba y Keko

Norma, 2014

ISBN: 978-84-679-1920-2

142 páginas

19,90 €

Gran Premio de la Crítica ACBD 2015

 

 

Sara Mesa

No es anecdótico que esta inquietante novela gráfica, ejecutada por dos de los mejores representantes del género en nuestro país -el Premio Nacional de Cómic Antonio Altarriba y el mítico dibujante Keko-, comience con una cita de Sade sobre la atracción por el mal. Esta apertura nos sitúa de lleno en la médula argumental de Yo, asesino: estamos ante una historia sobre el mal -o más bien, sobre la maldad humana- que, utilizando el código del thriller -con el caso de un asesino en serie-, incorpora también reflexiones filosóficas sobre el sentido y la finalidad del asesinato. El mismo título, con esa apelación directa al yo, apunta sin rodeos al lector: ¿de qué yo se habla? ¿somos quizá todos en potencia capaces de matar a un semejante, a otro ser humano? El conocido dilema moral de partida de El mandarín, novela de Eça de Queiroz que menciona Altarriba en el prólogo -garantizada la impunidad y sin necesidad de violencia directa, ¿daríamos muerte a un chino, de entre los millones de chinos existentes, a cambio de una cuantiosa fortuna?-, es el sostén ideológico en el que se apoya Enrique Rodríguez, el protagonista de esta historia, un profesor universitario de Historia del Arte en el País Vasco que persigue en la acción de matar una suerte de perversa satisfacción estética. Como se ve, uno de los principios básicos del género del thriller, el del misterio, se subvierte aquí desde el principio, dado que sabemos quién es el asesino y cuáles son, por así decirlo, sus móviles: “Matar no es un crimen. Matar es un arte”, comienza diciendo, y más adelante: “El asesino trabaja con la materia más preciosa y difícil de manipular: la vida… y como expresión de absoluta radicalidad, crea dando muerte”.

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Es inevitable pensar en la filosofía de De Quincey expuesta en Del asesinato como una de las bellas artes, y también en Dostoievski y su Crimen y castigo, pero en Yo, asesino no solo encontraremos crímenes “estéticos”: vemos que para matar también existen móviles mucho más concretos y hasta tangibles, es decir, tantos crímenes posibles como posibles son los verdugos, lo que de algún modo significa que en cada uno de nosotros late un tipo de asesino distinto. Lo que dicho así podría parecer una abstracción, no lo es en su plasmación narrativa: desde la violencia etarra hasta las rencillas en el campus universitario, esta historia está salpicada de sangre. La diferencia, como dice el protagonista, es que lo que otros justifican con razones patrióticas o políticas, él lo hace apelando a la pureza de la falta de razones. Las reflexiones del protagonista al respecto son demoledoras: “La modernidad ha hecho del asesinato un acto execrable… pero se trata de un barniz ético superficial… bastan tres meses de entrenamiento militar para devolvernos la naturaleza asesina… y una breve coartada ideológica para convertir la acción criminal en gesta heroica”. Para él, es mejor prescindir de las coartadas y centrarse en el acto desnudo. Esto entronca de lleno con la controversia sobre los límites del arte, representada en especial por el personaje de Edurne, la alumna y amante del protagonista tan atraída por la expresión artística más radical -y amoral-, la trasgresión del ‘body-art’ y el arte cruel: un debate candente en la actualidad, como apuntaba el también profesor Miguel Ángel Hernández en su novela Intento de escapada.

La historia tiene además su nada desdeñable dosis de mala leche. No en vano el protagonista es, digamos, un tipo normal -incluso con un nombre y apellido de lo más normal-, con un puesto de cierta relevancia en un departamento universitario que, como todos los departamentos universitarios del mundo, se caracteriza por sus tensiones, zancadillas, ambiciones y juego sucio, un microcosmos cuyos miembros sienten como el centro de sus vidas aunque su trascendencia exterior sea muy limitada. Enrique es, a pesar de su altivez y su cinismo, un pobre hombre acuciado por problemas terriblemente cotidianos: el divorcio, el miedo a quedarse solo, la necesidad de reconocimiento social.

Las magníficas ilustraciones de Keko cuentan con el enorme poder visual de los toques de rojo en un contexto marcado por los contrastes del blanco y negro, a veces en elementos pretendidamente secundarios, pero siempre cargados de significado. Predomina la atmósfera oscura y ensombrecida que tanto se ajusta al guión, escapando siempre de la monotonía, tal como hace el mismo asesino: nada de una serie de crímenes iguales… cada uno ha de tener su estilo propio, su puesta en escena, su trazo distintivo. En las viñetas de Keko, en las que se aprecian huellas de su admirado Will Eisner, aparecen escenarios reales de ciudades como Madrid, París, Vitoria o Budapest y también recreaciones, insertadas a modo de collage, de obras pictóricas reales de Grünewald, Goya o Valdés Leal, entre otros. Entre todas las referencias artísticas de Yo, asesino hay que detenerse especialmente en el imaginario cristiano de torturas, martirios y danzas de la muerte, una estética que el profesor asesino, cómo no, considera sumamente atrayente.

Los lectores encontrarán aquí entretenimiento en estado puro sostenido en una narración bien tensada en la que la dualidad pensamiento-acción -las palabras pensadas y las realmente dichas- refleja la profunda hipocresía de quien supuestamente debería ostentar la educación y el saber -un profesor universitario-, pero que en realidad representa la maldad más cínica y despreciable. Al mismo tiempo, la narración tiene una voluntad especular, que provoca la identificación con el protagonista -el mismo Altarriba es profesor universitario-, como para decirnos: “bueno, podría ser cualquiera”. Y eso, claro, asusta. Yo, asesino ha recibido excelentes críticas y reconocimientos, entre los que destacan el Gran Premio de la Crítica ACBD 2015 en Francia, y es que cuando dos talentos como el de Altarriba y Keko se juntan, el hijito conjunto no puede salir mal.

AntonioAltarriba y Keko

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