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Aventuras en la RAE

9788420403243

 

Hombres buenos

Arturo Pérez-Reverte

Alfaguara, 2015

ISBN: 978-84-2040-324-3

592 páginas

22,90 €

 

 

 

Rafael Roblas Caride

Concibo la literatura como un juego. Un juego de sonidos, de palabras, de imágenes, de símbolos, de personajes, de tramas, de roles. Un juego de ficción. Leo, pues, por puro entretenimiento y egoístamente supongo que la mayor parte de las personas que abren las páginas de un libro lo hacen precisamente buscando el factor lúdico de la propuesta literaria. ¿A qué tanta seriedad y erudición?, me pregunto con frecuencia. Gracias a Dios -o al diablo- no todo el monte llega a ser orégano… ni tampoco crítica filológica.

Así, y en relación con el citado carácter lúdico de la lectura, reconozco que uno de los autores que menos me ha decepcionado y que más me ha hecho disfrutar a lo largo del tiempo es Arturo Pérez-Reverte. Algunos pensarán como el Guerra que “hay gente pa tó”, pero yo me encogeré una vez más de hombros y exclamaré que para gustos los colores. ¡Qué se le va a hacer! En una reseña anterior ya lo dejé escrito; hoy me reitero: el padre de Alatriste pocas veces defraudará con sus invenciones al lector genérico que sólo busca dejarse atrapar por una acción interesante y por una trama sólidamente creíble.

Por supuesto que podrán achacársele una gran multitud de faltas a la ortodoxia de su estilo, defectos éticos y estéticos, fallos objetivos y subjetivos… sin embargo, existe una gran virtud que siempre me ha fascinado de la obra del cartagenero: la cuidadosa preparación documental previa a la escritura de cada una de sus novelas. Gracias a ese inmejorable trabajo histórico, Pérez-Reverte ha logrado recrear con una exactitud admirable los bajos fondos del Siglo de Oro español, se ha convertido en un consumado ajedrecista, nos ha transmitido como un experto maestro las enseñanzas del arte de la esgrima clásica, ha expuesto con gran brillantez la historia y el desarrollo de la vida del tango o ha desplegado ante los lectores un extenso catálogo de grafiteros que van desde el consagrado Banksy hasta el entrañable Muelle madrileño. Esta versatilidad -y la profundidad de su labor como documentalista-  hace de las novelas de Pérez-Reverte todo un ejemplo de narración verosímil, acentuando la importancia de este último concepto narrativo como pieza fundamental que permite al lector disfrutar del mundo de ficción. Del juego literario, en suma.

En este aspecto en concreto, Hombres buenos no decepciona. Por otra parte, también este volumen le ha permitido a Pérez-Reverte sacarse la espina que debía de tener clavada en lo más profundo de su conciencia, tras el precipitado lanzamiento de El francotirador paciente, esa suerte de novillo prematuro que posiblemente se le fue vivo al corral por mor de las fechas de lanzamiento acordadas con Alfaguara. Definitivamente, el susto que nos llevamos los fieles ya pasó y podemos afirmar que esta nueva propuesta de don Arturo resulta mucho más seria y elaborada que la precedente.

Pero vayamos al meollo, ¿cuál es el argumento? España, finales del siglo XVIII. El imperio “donde nunca se pone el sol” se ha derrumbado definitivamente y el país se sumerge en la mediocridad social e ideológica. La situación de atraso en relación con el resto de Europa se acrecienta y, a diferencia de lo que ocurre en Francia donde las ideas prerrevolucionarias presagian la desaparición traumática del Antiguo Régimen, en España predomina un arraigo irreductible a la tradición, interesadamente defendida por instituciones como la Monarquía o la Iglesia. Sobre este paisaje destacan honrosas excepciones que aportan pequeñas dosis de raciocinio ilustrado. Una notable excepcionalidad a la norma es la labor que desempeña la Real Academia de la Lengua, fundación nacida en 1713 bajo los auspicios de Felipe V. Precisamente, dicho organismo va a ser el protagonista inicial de esta Hombres buenos, al encargar a dos de sus miembros la misión de desplazarse hasta París para adquirir allí los veintiocho volúmenes que conforman la edición primigenia de la Enciclopedia francesa de Diderot y de D’Alembert. Esta empresa no estará exenta de vicisitudes y de peligros interesados por parte de los enemigos del avance del progreso y de la Razón ilustrada en España. Sin ánimo de profundizar en el destripe de la trama, habremos de concluir que este pretexto sirve para que el novelista reproduzca el decorado histórico de toda una época, habitándolo a su vez de personajes ficticios y reales que se entremezclan de manera magistral, confundiendo así al lector en un continuo guiño no exento de un humorismo refinado e inteligente.

Sin ir más lejos, la lectura de Hombres buenos podría afrontarse como un simple ejercicio de reconstrucción histórica -una suerte de memoria novelada- sobre dos académicos de la Española que se enfrentan a una interesante aventura. Nada más allá de la realidad, ya que la propuesta de Pérez-Reverte, en este intercambio de planos entre realidad y ficción, está tan bien sustentada que es completamente necesario el uso de “san Google” -la Enciclopedia del siglo XXI- para descubrir al lector lo que no parece tan evidente a simple vista: ni don Pedro Zárate ni don Hermógenes Molina tuvieron una existencia histórica. Tampoco los conspiradores Manuel Higueruela o Justo Sánchez Padrón. Ni tan siquiera el entrañable abate Bringas o la voluptuosa Margot Dancenis. Todo es un juego, un difícil equilibrio entre lo real y lo imaginado, complementado con citas bibliográficas, toponímicas, textuales, anecdóticas, etc., que rinde un lejano homenaje a maestros como Borges o Cervantes y que, a buen seguro, agradará también a todo amante de la buena escritura.

Por otro lado, la focalización narrativa se bifurca en dos temporalidades, un presente contemporáneo y un presente del siglo XVIII, convirtiéndose así el autor en un personaje de su propia novela (se combinan aquí datos autobiográficos reales con otros inventados, como el título de sus anteriores obras) un escritor que se empeña desde el siglo XXI en investigar y transmitir a sus coetáneos la historia de esos “hombres buenos” que lucharon para que el progreso llegara a nuestro país. En este cometido, también ha querido involucrar Pérez-Reverte a otros académicos actuales como Víctor García de la Concha, Gregorio Salvador, Darío Villanueva, José Manuel Sánchez Ron o Francisco Rico, que aparecen en “cameos” fugaces y que, en algunas ocasiones, sufren las bromas -don Arturo no deja de ser un cachondo mental- a las que los somete el narrador. (Aviso para todo aquel que conozca el peculiar sello del profesor Rico: resultan desternillantes las referencias de Pérez-Reverte y el coñeo continuo hacia su persona).

Mas hasta ahora sólo he querido abordar los aspectos positivos de la nueva creación pérez-revertiana, obviando todos aquellos factores negativos que también atañen a la novela. Ahora es el momento de tratar sobre ellos. A este respecto, no puedo coincidir con la optimista efusividad con la que algunos compañeros y críticos han saludado la edición de Hombres buenos, resaltando aquí las opiniones de Juan Eslava o de Darío Villanueva que tildan la obra como la mejor de su autor. No estoy de acuerdo y me baso paradójicamente en uno de los elementos más destacables de las anteriores entregas del cartagenero: la dosificación de la intriga y del ritmo impuesto. Y que conste que no me estoy refiriendo a aquellos pasajes en los que Pérez-Reverte se introduce en primera persona para explicar -casi a lo David Copperfield– sus trucos narrativos, lo que considero interesantísimo desde el punto de vista filológico, sino más bien a la proliferación de larguísimos diálogos donde los protagonistas principales -usados como pretextos para fijar el pensamiento de la época- se transforman en pesados monologuistas difíciles de digerir, transmutando así una prometedora aventura en una cargante novela de tesis o, lo que es peor, en una exposición-pastiche donde al narrador se le advierten los ases bajo su manga de tahúr experimentado.

El otro gran defecto de Hombres buenos, a mi parecer, es el esquematismo de sus principales personajes. Don Hermógenes y don Pedro transitan por las páginas del libro acartonados y rígidos, casi sin alma. Más que hombres de su tiempo representan las ideas y las contradicciones de él y, conforme avanza la novela van desdibujando sus contornos por más que vayan al retrete y se humanicen dándose al comer y al beber con el abate Bringas. Igualmente, su pertenencia a la RAE parece que los sumerge durante la trama en un estado entre monástico y templario que revierte en la defensa de unos intereses tan elevados que se convierten en ridículos. (Juro que, en algunos momentos, he llegado a imaginarme a los señores académicos actuales cual artúricos caballeros, sentados en torno a una Mesa Redonda en pro de la defensa del progreso, y me he partido la caja. ¿Era necesaria esa caracterización tan hagiográfica de la Institución que “limpia, fija y da esplendor”?). En cuanto al tratamiento de los personajes no protagonistas también podría achacársele al autor idénticos defectos: tanto las apariciones secundarias como las grupales son tan predecibles o tan artificiales que terminan por cansar o desvanecerse en la imaginación del lector, sin calar. A mi juicio, Pérez-Reverte ha fallado en apostar por personajes casi planos o, al menos, por abandonar a los mismos a su suerte para que sucumbieran ante el tópico. Y esto no es nuevo; también le pasó ostentosamente en La piel del tambor

Resumiendo y para concluir. Ya que no es justo hacer sólo la leña con la madera del error diré que Hombres buenos es una novela entretenida, que se deja leer, con aciertos notables, aunque también con lunares evidentes y que, aun no siendo de lo mejor de la producción pérez-revertiana- dejará un buen sabor de boca en el paladar del despreocupado lector que se acerque a ella. Recomendable con los matices apuntados.

Coda.- Advierto a los detractores de don Arturo que en este libro no encontrarán el acostumbrado glosario de tacos y “votos a tal” a que acostumbra el autor. Más que nada para que vayan actualizando sus lugares comunes de sus críticas.

admin

4 Comments

  1. Creo que el tema está muy bien, que la defensa de la cultura y el diálogo de los personajes principales tan tolerante entre ellos me ha gustado; me ha cansado tanta incursión del narrador y tanto detalle de su documentación. Creo que aun tratándose del siglo XVIII es excesiva tanta bibliografía,

  2. Llevo varios días buscando el retrato del Matrimonio Dancenis, y resulta que es pura ficción. Oiga, con el Arte, no se juega. Menuda tomadura de pelo, que enorme decepción….. No leeré màs a este autor. Para el que le guste. Mjosé

  3. Me refiero a Hombres Buenos de Perez Reverte, no me gusta nada, nada, las novelas donde mezcla ficción con realidad. Qué caos existencial, qué decepción ¡ es todo una mentira¡ me siento que me han tomado el pelo

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