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Barro, sangre y tarjetas de crédito

Durante este mes de julio publicamos reseñas especiales. Les hemos pedido a nuestros estadistas que escriban sobre el libro más destrozado que tienen en sus respectivas bibliotecas. Y éste es el resultado.

IMG_4693JOSÉ MARÍA MORAGA | El ruido de los obuses alemanes me despertó del turbulento sueño (apenas una hora) que pude recolectar en la hornacina excavada en la que duermo, dentro de la trinchera. Tenía un mensaje del Estado Mayor: “Escriba sobre el libro más destrozado de su biblioteca”. Destrozado. Como aquel árbol que hay allí. Que había allí. Como el tapiz de los campos de Flandes antaño verdes y cuajados de amapolas, hogaño reventados de cráteres. No me lo pensé dos veces: el libro más destrozado de mis estanterías es El nombre de la rosa, edición de Lumen de 1988, que recibí como regalo de Navidad con doce años.

Pero eso ya lo conté aquí y estaría feo repetirse. ¿Libro más destrozado? Acaso destrozado como esas granjas que saltan por los aires en los poemas de Edmund Blunden. Entonces me di cuenta de que tenía la respuesta allí delante: debería hablar de The Penguin Book of First World War Poetry. Se trata de un libro clásico de 1979, editado por el poeta Jon Silkin, aunque la mía es una segunda edición corregida y aumentada en 1996. En la actualidad el libro sigue disponible pero a su cargo está George Walter.
Llegó a mí en septiembre de 2002, no sin esfuerzo, ya que el ejemplar que escogí no fue el que finalmente pude llevarme a casa. Lo explico. Matriculado de una asignatura llamada “Imágenes de la Primera Guerra Mundial” en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, aquella antología de poemas era la columna vertebral del curso. Ilusionado acudí a la librería universitaria para adquirir todos los textos requeridos, y opté por comprarlos de segunda mano, económica opción que permitía hacerse con ejemplares más o menos desgastados que lucían en el lomo una pegatina amarilla: “USED”. A la hora de pagarlos, la impasible cajera me espetó “Tarjeta denegada”. Tras varios intentos se constató mi bochorno y tuve que devolver los libros que llevaba uno a uno a sus estantes: me encontraba en Estados Unidos sin un duro (a día de hoy sigo sin saber qué pasó, la tarjeta VISA debió de estropearse porque fondos había en mi cuenta bancaria española).

Varios días después tuve que volver y compré todo, incluido el volumen de poesía de la Primera Guerra Mundial, al que el profesor se refería como “el Silkin”, ya que el editor era “mi amigo Jon Silkin”. El libro estaba trabajado ya en el verano de 2002, con lo que dieciséis años después os podéis imaginar cómo está. Aparte de las típicas rayas blancas en el lomo, algunas de las desgastadas páginas se hallan “iluminadas” por mí con apresuradas notas a lápiz tomadas en clase. Siendo poco amigo de escribir en los libros, aquel curso hice una excepción porque enseguida entendí que el profesor de aquella asignatura era un Maestro y nos estaba dando oro puro: vaya desde aquí mi homenaje a Christopher Mead Armitage, inglés trasplantado a América, egresado de Oxford y de Duke, el mejor profesor que tuve en todos mis años universitarios. Aún recuerdo su cara de éxtasis al referirse al sevillano Hospital de la Caridad, que conocía, pero divago…

A partir de aquel curso desarrollé un febril interés por la literatura de la Primera Guerra Mundial y por la literatura de guerra en general. Durante años me frustró que muchos de los textos no pudiesen encontrarse en versiones españolas, me refiero sobre todo a los poetas de la guerra británicos, que yo había conocido por una carambola ya que me licencié en Filología Inglesa por la Universidad de Sevilla sin tener el gusto de que nadie los nombrara siquiera.

Afortunadamente, esta situación se ha ido subsanando al aparecer buenos volúmenes con poesía de guerra en apreciables traducciones, sobre todo coincidiendo con el centenario de la contienda, que comenzó a conmemorarse en 2014 y termina este noviembre. A raíz de la antología de Silkin fui haciéndome con libros de los principales poetas allí representados: Wilfred Owen y Siegfried Sassoon, pero también Ivor Gurney, Edward Thomas, Edmund Blunden y otros. No sólo jóvenes británicos militan en el Silkin: la selección incluye textos sobre la Primera Guerra de consagrados como Thomas Hardy o Rudyard Kipling, y de autores de otras nacionalidades, por ejemplo Apollinaire, Ungaretti, Carl Sandburg y Anna Ajmátova, a quien conocí gracias a esta antología. En conjunto, sería absurdo negar que el sesgo es mayoritariamente británico y masculino pero pienso que la inclusión de todos los autores de otros países (mujeres incluidas) resulta altamente beneficiosa y era –en el momento de la edición– un importante paso en la dirección correcta.

En cuanto al contenido del libro, muchos de sus poemas fueron objeto de estudio en clase y dejaron en mí una huella indeleble, muchos me han seguido acompañando con el paso del tiempo, y los he visto citados por doquier (por ejemplo, en el Imperial War Museum hay una impresionante vitrina dedicada a estos escritores de la WWI). Inolvidables “Dulce Et Decorum Est”, “Strange Meeting” o “Anthem for Doomed Youth” de Owen, el joven de temperamento inestable que murió en noviembre de 1918. También todos los de su compañero de psiquiátrico Sassoon, oficial condecorado que se tornó pacifista y fue considerado loco. Blunden nos dejó el sutil “Two voices”, Gurney el horror de “The Silent One” y “Strange Hell”. Edward Thomas es un clásico gracias -entre otros poemas- a “A Private”, “As the Team’s Head-Brass” o “This Is No Case of Petty Right or Wrong”. Con ellos coexisten poetas menos conocidos como Alan Seeger (“Rendezvous”), Charles Hamilton Sorley (“All the Hills and Vales Along”), Julien Grenfell (“Into Battle”), Richard Aldington (“Trench Idyll”) o Isaac Rosenberg (“Break of Day at the Trenches”). Y no podían faltar los obligatorios: John McRae y Rupert Brooke con sus clasiquísimos “In Flanders Fields” y “The Soldier”, respectivamente. Son voces de un rango estilístico bastante uniforme (al menos las británicas), autores eduardianos completamente ajenos a las corrientes de vanguardia que descollaban en las islas, salvo en el caso de David Jones, quien en su largo poema narrativo In Parenthesis (del que aparece un extracto) abraza el modernismo literario anglosajón.

En ciertas noches sin luna en que el cañoneo es tan intenso que -estoy seguro- se puede oír desde el condado de Sussex, me da por pensar que tal vez el ejemplar del Silkin que compré en la segunda excursión a la librería fuera después de todo el mismo que cogí, puse en la cesta y tuve que devolver a su estante la primera vez. Que tal vez aquel volumen usado estaba destinado a ser mío, que su primer dueño no fue sino un intermediario que me lo estuvo guardando hasta que por fin pudo saltar a mi mochila y poco después cruzar el Atlántico para llegar al lugar donde siempre debía permanecer. Que tal vez yo tenía una cita ineludible con aquel libro en 2002 como Alan Seeger sintió en 1917 en un poema que él la tenía con la Muerte.

The Penguin Book of First World War Poetry (1979), edición de Jon Silkin

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