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Bartleby en Anatolia

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ILYA U. TOPPER | Prefiriría no hacerlo. Pero lo hace. De momento, al menos. Responde al timbre, abre la puerta a los huéspedes, les pregunta nombre y apellido, anota los datos en la ficha, les entrega las llaves, hace la ronda por las habitaciones para ver si las ha dejado bien la de la limpieza, se toma un vaso de té, se enciende un cigarrillo, lee el periódico, envía cada mes las fichas a la policía (que las meterá en un cajón sin siquiera mirarlas) y por la noche se follará a la de la limpieza, que fingirá no darse cuenta de nada.

Lunes. Martes. Miércoles. La rutina es siempre la misma. Zebercet – así se llama el hombre – no tiene necesidad de salir del hotel, ni sale, salvo una vez al mes para mandar por correo el dinero al dueño del establecimiento, que vive en la lejana Estambul. No le queda familia. Ni nada que poner en lugar de una familia,  si exceptuamos al gato y a la de la limpieza, que vive en el hotel. Eso, si se puede llamar vivir el ejercicio de trabajar unas horas y dormir el resto del tiempo.

Hotel Madrepatria me recuerda un filme que me contaron cuando yo era chico – nunca lo vi – y en el que se observaba a un hombre levantarse, ir a trabajar, volver, ver la tele, acostarse, levantarse, ir a trabajar, volver, ver la tele… durante las dos horas que duraba la peli. Solo en los últimos minutos, cuando el espectador ya se había vuelto majara del aburrimiento, le ocurre lo mismo al protagonista. Y masacra a todo el mundo a su alrededor. No recuerdo si era un argumento de Fassbinder. Pero le pega.

El camino de Zebercet hacia el momento majara es más bien gradual: en esto se parece al Bartleby de Herman Melville y su rechazo paulatino de todo lo que le rodea. La culpa de todo es de la mujer que llegó en el tren retrasado de Ankara, se quedó una noche en el hotel, se dejó la toalla olvidada y dijo que iba a volver. Es ahí cuando Zebercet empieza a esperar algo. Lunes. Algo distinto. Martes. Por lo menos, que vuelva y se aloje de nuevo en el hotel. Miércoles.

Durante unos días, Zebercet aún inventará nombres de huéspedes para rellenar las fichas y fingir que la rutina continúa, cuando ya asegura a los viajeros que el hotel está completo, y aun cuando coloca el cartel de Cerrado por reformas. Ya solo le queda pasear por la calle, comprar castañas asadas, pedir un vaso de raki con la comida, ir al cine a ver una de vaqueros, ver una pelea de gallos o fantasear con meterle un navajazo al vendedor de castañas por idiota. ¿Cuánto tiempo se puede tener un cadáver en el armario? No el del gato, el otro. ¿Y en la conciencia? ¿Tiene Zebercet conciencia?

Al igual que en su primera obra, Un hombre ocioso, Yusuf Atilgan (1921-1989) no nos informa sobre qué piensa su protagonista. Leemos la novela como si viéramos un filme mudo. O una de Fassbinder a la que le han quitado el sonido. Zebercet actúa – o más bien inactúa – ; no sabemos lo que piensa (salvo cuando se pone a imaginar).

Atilgan, profesor de literatura en una ciudad de provincias en Anatolia occidental, que quizás se pareciera mucho al de la novela, escribió Hotel Madrepatria trece años después de publicar Un hombre ocioso. Si hay que comparar, me quedo sin dudarlo con la primera, ambientada en Estambul: permite al lector sentir simpatía por el protagonista, tiene momentos de ternura. Algo ausente en el caso de Zebercet, al que rodea bien indiferencia, bien sordidez. Pero ambos comparten un rasgo: miran al mundo como si no fuera con ellos.

Preferencias aparte, Hotel Madrepatria no desmerece en absoluto: la escritura seca, concisa, las escenas de calle, los diálogos de quienes rodean al protagonista, hasta los recuerdos de los ya lejanos líos familiares retratan de forma magistral la sociedad provinciana de mediados del siglo. Perfiles de un pueblo como dibujados con un lápiz afilado, sin necesidad de carboncillo ni sombreado. No sorprende que esta novela sea una de las que pueden mencionarse cuando nos preguntamos en qué momento nace la literatura turca moderna.

Hotel Madrepatria (Gallo Nero, 2018) | Yusuf Atilgan | 158 páginas | 18 € | Traducción de Mario Grande

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