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Bastonazos

9a10e18f31a0eb03-ConversesFormentorDomingo15CAROLINA LEÓN | ¿A favor o en contra de los microlibros? Es una ola, es casi una plaga, un problema para el librero, una molestia para la crítica, un caramelín en la bolsa de la compra. Porque son escuchimizados, es difícil mostrarlos bien en el escaparate, pero encuentran acomodo en cualquier rinconcito y se ponen al alcance de la mano incauta como los chicles en el supermercado. Algo que no buscabas, a priori, y luego te compras tan contento por llevarte un librito a… ¿siete lerus? y a veces hasta doce. Pues tampoco son baratos. Éste en concreto que edita Pepitas (que suele editar tan bonito) sale a euro cada diez páginas. No debería pesar así la mercancía literaria ¿o sí?

Iré al grano: a libro corto, reseña rápida. Sentido común, simulación y paranoia me hace ponerme a favor del formato. Podría haber tenido doscientas páginas, pero ahí donde lo ves, éste es un pequeño tratado sobre la civilización y una fábula sobre el pegamento que mantiene atada nuestra sociedad paranoica. Entre sus letritas se agazapan algunas de las grandes preguntas de la filosofía universal, a la vez que algunos interrogantes del presente sobre qué construye y cómo se perpetúa el “sentido común”, o cómo se hace cotidianamente para tolerar lo intolerable, o por qué continuamos celebrando la idea de “progreso” que, a la vista está, no nos llevó a ningún lado. Pero todo ello lo hace Fernando Lobo como un narrador.

Y, como tal, nos lleva de la mano por las disquisiciones como él quiere. Lo hace con pequeños cuentos, con un retrato familiar mexicano, con anécdotas ocurridas más cerca o más lejos en el tiempo -la invasión de Panamá o el debate sobre la legalización de la marihuana-, y con imágenes, que hacen que este texto se cargue de filosofía de andar por casa: “(la modernidad) es como ir en el carro de la montaña rusa. Alzamos los brazos al cielo y gritamos en los declives pronunciados, sedientos de vértigo”. Sus escasas páginas se dividen en artículos breves como bastonazos, y sí, como estos también duelen. Y, desde ese saloncito del DF donde su tío se indigna con cuba-libres y su tía se atiborra de telenovelas y ansiolíticos, Lobo va apuntando las razones por las que muchas mañanas te despiertas sintiéndote una rata de laboratorio.

No es nada complaciente, y es humorístico sólo en la medida en que el desastre general de la civilización occidental te pueda hacer gracia. Zarandea, sacude. Y te deja un poso de paranoia muy poco agradable en la lucidez. ¿Alguna salida?

Que podamos escribirlo, supongo, y leerlo. Que hacerse esas preguntas nos quite por ratitos el muermo y el automatismo.

Hay textos que merecen la pena el formato del micro-libro, vaya, o con éste al menos me apetece tenerlo a mano y visitarlo cien veces; sus capas lo ameritan. Algo le falta, sin embargo, a Sentido común, simulación y paranoia. Quizá sea su título tan poco sexy, o su precio, o ambos factores. Pero un libro tan inteligente y desalmado se merece ser mucho más leído. Es de sentido común.

Sentido común, simulación y paranoia (Pepitas de Calabaza, 2015), de Fernando Lobo | 80 páginas | 8 €

admin

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