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Bélgica, «este palo untado de mierda»

Sin título

 

Pobre Bélgica

Charles Baudelaire

Valparaíso, 2014

ISBN: 978-84-942685-0-2

288 páginas

19 €

Traducción de Pablo M. López Martínez y Marie-Ange Sánchez

 

Manolo Haro

Charles Baudelaire pasó los últimos años de su vida en Bélgica. El inicial motivo de su viaje fue buscar editor para sus obras completas, escapar del ambiente de París tras la publicación de Les fleurs du mal y, tal como había hecho Víctor Hugo anteriormente, pronunciar una serie de  conferencias en el país vecino, las cuales, en un primer momento, iban a versar sobre motivos como la pintura moderna, los escritores franceses de moda (Théophile Gautier, Banville y Leconte de Lisle), el desvelamiento de Edgar Allan Poe en Europa (conocido de primera mano por Baudelaire como traductor de la obra del norteamericano) y de Richard Wagner. En la primavera de 1864 llegaba el autor a Bruselas con estas notas en la cabeza para el público belga, al que sólo tuvo ocasión de hablar de Eugène Delacroix y de Gautier en dos conferencias en las que iría viendo la merma paulatina del número de asistentes. Su oratoria de eclesiástico y su sobreactuada gesticulación provocaron una espantada general. Las penurias económicas no tardarían en llegar: su vida de dandi en tierras extrañas tuvo que recibir la ayuda de la familia y de los amigos. En una carta a Manet pone de manifiesto su rencor hacia un país que no había sabido darle hasta la fecha la acogida que él esperaba: “(…) Los belgas son necios, mentirosos y ladrones. He sido víctima de la superchería más descarada. El engaño es aquí una regla que no deshonra. (…) No se crea usted lo que cuentan sobre la campechanía belga. Tretas, recelos, falsa afabilidad, ordinariez y jugarretas traicioneras, eso sí. (…)”.  Las cartas que Baudelaire va remitiendo a los amigos en estos momentos dan la medida de su estado. Leer estas misivas –tan puntualmente recogidas y traídas en el excelente prólogo que acompaña a esta edición– ofrecen la oportunidad de colegir cuál es el genio de un autor desencantado y escaldado por la realidad, y cuál es su estado anímico y físico al final de sus días.

La escritura de Pobre Bélgica es un proyecto que el escritor comienza a acariciar cuando se hace patente su escasa aceptación y proyección en el país. “Todo ha sido un fracaso”, le escribe a su amigo Ancelle,  “un soplón no puede tener éxito en una ciudad tan desconfiada. ¡He estado enfermo (diarrea continua, palpitaciones y angustia que me tenía encogido el estómago), durante dos meses y medio! ¡Bonito viaje! Quiero, sin embargo, que me sirva de algo y estoy haciendo un libro sobre Bélgica”. El libro en cuestión sería éste, una crítica despiadada, desproporcionada, malintencionada a todas luces, ferocísima y atrabiliaria, nacida de una mente cegada por el rencor. En otra carta al mismo amigo dice: “Todos esos canallas me tomaron por un monstruo y cuando vieron que era frío, moderado y bien educado, y que me causaban espanto los librepensadores, el progreso y toda la necedad moderna, me imagino que decretaron que no era yo el autor de mi libro. (…) Por lo demás, debo confesar que hace dos meses o tres que le he dado libre curso a mi temperamento y me he dedicado con goce extremo a mostrarme de lo más impertinente, talento en el que destaco cuando se me antoja. Pero aquí eso no basta. Uno debe mostrarse grosero para que lo entiendan. ¡Caterva de canallas! Y yo que creía que Francia era un país rematadamente bárbaro, y resulta que ahora me veo en la obligación de reconocer que hay un país más bárbaro que el nuestro (…)”.

Baudelaire se regodea en su exilio infeliz. Esta aceptación del fracaso y su total ausencia de voluntad para salir de tal infelicidad muestran que uno de los personajes más inteligentes de la Francia del XIX –demostrado con creces por su sentido sagaz como crítico de arte y crítico literario (basta con leer los dos volúmenes que hace años publicó Visor en su colección La balsa de la Medusa), como ojeador de talentos, como poeta y como aforista involuntario (léanse Cohetes o Mi corazón al desnudo)– fue incapaz de hilvanar su existencia con un hilo más luminoso. Fastidia incluso leer de una persona como él unas frases tan estúpidas enviadas a su madre en este trance de escribir Pobre Bélgica: “Querida madre, no me hace falta la solemnidad de este día, tan triste como los demás en el calendario, para poder pensar en ti, y para pensar en los deberes y responsabilidades contigo desde hace tantos años. Mi principal obligación, la única sería hacerte feliz. ¿Me será dado poder cumplirla?”.

Esta edición es, pues, la puesta en circulación (por primera vez en nuestra lengua) de una obra que se nutre del colapso de un genio, en la que exhibe sus últimos disparos de cartuchos de fogueo cuando antes había sabido tirar con tino a todo lo que le pasaba por delante. Baudelaire “pela” a Bélgica desde la apatía de un vencido que no lucha; su escritura es brillantemente ácida y, en ocasiones, malignamente humorística, pero su contenido brota de un hombre enfermo. Cualquiera que se dedique a repasar los partes médicos de la maltrecha salud del poeta tendría ocasión de seguir las huellas de una muerte anunciada por colapso: diarreas, palpitaciones y la neurosis (que acabaría en la apoplejía que se llevaría sus últimas luces por delante) son muestras de que Baudelaire no fluía, varado en la imposibilidad de ser feliz y demasiado dedicado a fundir los plomos de su polo neuro-sensorial. La literatura de Baudelaire muestra un caso clínico de incapacidad para percibir el mundo desde el optimismo, concepto que tenía escaso seguimiento en la práctica deportiva del malditismo de fin de siglo. El autor de Pobre Bélgica llevó hasta las últimas consecuencias su poética vital, hasta el punto de que esta será la que le dé la puntilla como autor y como hombre.

El libro no deja de ser unos apuntes sobre la vida, las costumbres, las diversiones, los usos amorosos, los habitantes, la educación, el uso del francés, la política, la monarquía, el anexionismo, el ejército, las Artes y las ciudades de Bélgica, mirado todo con una lupa de lente atrabiliariamente deformante y todo ello salpicado con recortes de periódicos locales que el propio Charles Baudelaire sumó a estas notas para un posterior trabajo de conformación definitiva de la obra. Completa el volumen un bosquejo de catálogos pictóricos tras visitar él mismo una serie de colecciones privadas de cuadros y unos poemas muy al estilo del Baudelaire más recalcitrante de Les fleurs du mal donde pone en verso muchas de las ideas que ya había expresado en sus anotaciones en prosa.

En suma, Pobre Bélgica se constituye como el testamento literario del autor, una suerte de obra fidelísima al sentir y al pensar del poeta a lo largo de toda su existencia. La huida a Bélgica ya venía prefigurada por alguna que otra perla de Mi corazón al desnudo: “Me aburro en Francia, sobre todo porque aquí todo el mundo se parece a Voltaire”. Se fugó de su París para encontrar, según él, un remedo ridículo de éste al otro lado de la frontera. Eso sí, Baudelaire fue fiel a sí mismo hasta que apenas pudo emitir una palabra. Nos guste o no, su obra es la obra de un genio tal como dejó escrito en sus Cohetes: “No despreciéis la sensibilidad de nadie. La sensibilidad de cada cual es su genio”. Bendito Charles.

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