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Campo ensombrecido

JOSÉ MANUEL GARCÍA GIL | Cantaba Virgilio en sus Geórgicas “sobre el cultivo de los campos, de los ganados y de los árboles, mientras el todopoderoso César esgrimía el rayo de la guerra en las orillas del hondo Éufrates, dictaba vencedor sus leyes a los pueblos domeñados y se abría el camino del Olimpo.” El poeta romano forjaba versos pastoriles con la velocidad parsimoniosa de la naturaleza, mientras en algún lugar de la lejanía los acontecimientos se sucedían con la rapidez de los hombres. Harto de la apretada, ruidosa y contaminada vida de la ciudad, enumeraba las ventajas de vivir en el campo: “Un incremento considerable de la calidad de vida y una distancia que te da una perspectiva más clara y serena de las cosas. Si sabes lo que quieres hacer y con quien estar, el campo te permite vivir tu vida con mayor concentración”.

No parece que para Louise Glück (Nueva York, 1943), una de las voces más sobresalientes y premiadas de la poesía estadounidense, la vida campestre sea un lugar ni tan idílico ni tan hospitalario con el ser humano como el que describe Virgilio en su loa rural. Al menos, así se desprende de la lectura de Una vida de pueblo, su nuevo volumen de poemas. Nos asomamos a un libro donde pronto el lector comprueba que la bonanza del campo no es como uno la imagina: bajo el brillo de la hierba solo hay un lodo maloliente que se pega a las suelas de los zapatos e impide el progreso, crecer con él y comprenderlo. La mirada perspicaz e irónica de Glück nos señala el lado oculto y lastrado de ese devenir aparentemente sencillo que es la vida en un pueblo, mostrándonos sin tremendismo las pasiones escondidas con las que conviven sus habitantes, alejados por completo de un improbable regreso a un edén utópico.

Porque la cotidianeidad en estos campos no merecería un reportaje de Vogue o Harper’s Bazaar, localizado en un viñedo de Provenza o la Toscana, ni una tumbona en un claro de alguno de los apacibles paisajes en donde repasan sus cuitas amorosas los pastores de Garcilaso. La vida que comparece en estos poemas es una vida inclemente, donde apenas existe la belleza que se fija en una imagen cualquiera de Instagram o de papel cuché. Louise Glück llena estas páginas de monólogos y poemas narrativos cuidadosamente alejados de todo bucolismo. Lo hace fascinada por ese mundo rutinario, de ritmo pausado, de vidas moldeadas y controladas por el lugar en el que nacen, de voces que ofrecen variaciones y meditaciones sobre cómo viven un noviazgo ilusionante, un matrimonio desalentador, un trabajo precario o una vejez solitaria.

En el poema «Un día cálido», por ejemplo, una mujer describe a su vecina, en el primer día de la primavera, tendiendo la ropa lavada. El lenguaje es simple y directo, la voz benefactora y suave: «Regresaron los pájaros, charlando entre semillas. / Se derritió toda la nieve; los árboles frutales están cubiertos de suaves brotes nuevos… // Nos paramos bajo el sol y el sol nos sana». Hay en estos versos una sabiduría a la hora de colocarse en el lugar del otro, de contar la historia de aquellos con quienes Glück se cruza, los sentimientos y sensaciones que laten en esas vidas minúsculas. La poeta acecha por las ventanas de estas casas -como hacen muchos de los personajes de estos poemas- las minucias cotidianas en torno a las que se desenvuelve la vida.

Pero el optimismo del poema, esa posibilidad de ser sanado, pronto se ve socavado por los pensamientos de la fugacidad y de la muerte: «Ella mira sus manos –la edad que tienen. No es el principio, es el final. / Y los adultos, todos están muertos ahora. / Sólo los niños se quedan, solos, envejeciendo.» Los últimos versos proporcionan un cambio notable de perspectiva. Sugieren no solo una forma de vida que se está derrumbando, sino que, a medida que se acumulan las voces y las historias, crece la sensación de que este pueblo y la comunidad que lo ha sostenido se hunden también. Los personajes de Glück se perciben frecuentemente a sí mismos -y entre sí- no tanto como individuos, sino como representantes de un proceso de descomposición del que se contagian las diferentes generaciones que van sucediéndose.

Una vida de pueblo se muestra especialmente pródigo en estos contrastes entre la individualidad y el paisaje, entre el optimismo y la desesperación, entre el irse o el quedarse, entre el mar y la tierra enferma, entre el sol benéfico y el sol abrasador. Nos encontramos en el borde de dos mundos, en el lugar donde se cruzan y conviven seres arraigados al infortunio y humanos desorientados. Cada cual intenta acercarse al otro, pero no sabemos quien busca protección y en quién. Louise Glück nos habla, con admirable sencillez, de la interdependencia entre todas las criaturas que viven en este pueblo. La crudeza poética de su escritura nos coloca frente al mundo reducido y familiar en que viven: una existencia frente al abismo de la muerte y del paso del tiempo. Pero en ningún momento parece estar confesando sus temores por los efectos de esa fragilidad, de ese cansancio vital, de ese sometimiento a costumbres inmutables y moral atávica. La neoyorquina alude a algo más, mejor dicho, a algo mayor. Piensa en la finitud de la raza humana, en el largo y extraño agotamiento de la vida de todos los seres humanos, sin importar su fuerza ni su poder. 

En muchos de los poemas siguientes toman la palabra personas que se han ido del pueblo, aunque este siga ejerciendo sobre ellos un poderoso magnetismo. En el texto «Amanecer», una mujer que ahora vive en la ciudad aún está obsesionada por los detalles y olores de su infancia, aunque la posibilidad de volver hace mucho tiempo que dejó de contemplarla: «Regresé, pero no me quedé. / Todos los que me importaban se habían ido». El poema termina con una visión del paisaje perdurando mucho después de que el pueblo haya desaparecido: «y donde alguna vez vivimos habrá una corriente o un río/ enroscándose en torno al pie de las colinas, / entregando al cielo el halago del reflejo.»

Todas las historias que se despliegan a destajo en este poemario llevan las cicatrices de esa vida cotidiana donde el chisme cumple una función social, la infancia está llena de secretos incontables y la edad adulta se pasea siempre por el filo del adulterio. Vidas llenas de resentimiento o de rabia reprimida, vidas a las que les falta pasión o autoconocimiento. Es un mundo que parece tan reprimido, que sorprende que los habitantes no se maten los unos a los otros, como en una película de terror de serie B ambientada en la América profunda, solo para tener algo que hacer, o algo de qué hablar.

Pocos libros tan hermosos como aquel Las cosas del campo del malagueño José Antonio Muñoz Rojas. Lo escribió por amor a los paisajes y las gentes de los campos de Antequera, su pueblo natal. Allí el poeta, con algo de místico y no poco de escéptico, desplegaba toda su sensibilidad para captar indistintamente lo callado y lo profundo, lo solemne y lo humilde, lo sencillo y lo incomprensible. Las cosas de este campo del que Louise Glück escribe son cosas bien diferentes: poemas que abordan una serie de sucesos donde las idas y venidas de los habitantes, su estulticia, su parquedad, su monotonía, convierten la vida en un tránsito terrible. Nunca pasa nada en este pueblo, porque este pueblo vive en lo eterno, pero en esa eternidad hay agotamiento y muerte, despropósitos que se repiten cíclicamente, desgracias que se renuevan fatalmente.

Una vida de pueblo (Pre-Textos, 2020) | Louise Glück |Traducción de Adalber Salas Hernández | 180 páginas, 20 euros.

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