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Cantos de sirena

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Si zurrarle a un Nobel ya es osado, no creemos que sea menos cuestionar a los Santos. 

Con motivo de nuestro V Aniversario, Coradino Vega rompe por fin su silencio para gritar a los cuatro vientos que el malditismo de Roberto Bolaño, canonizado tras su muerte por las hordas literarias, no es para él.

Y que 2666 (2004) es un territorio narrativo al que espera no tener que volver nunca jamás.

 

Coradino Vega

Algunos cambiamos de opinión con el tiempo, carecemos de la creencia absoluta en la infalibilidad de las propias convicciones, tememos que quienes nos critican tengan siempre un fondo de razón. Cuando yo terminé Los detectives salvajes recuerdo que me gustó y que exageré mi admiración ante quienes me lo habían recomendado con un fervor que tenía algo de imperativo. Aún no había cumplido treinta años y por entonces leía un tipo de literatura que hoy apenas frecuento. Un tipo de literatura que, sobre todo, se basaba en la literatura y que alimentaba la tendencia entre adolescente y narcisista a mitificar lo literario y concebir la vida como un agujero del que sólo merecía la pena salir en nombre de esa literatura; un tipo de novelas que contribuía a acrecentar lo que Onetti llamó “literatosis”: esa especie de intoxicación voluntaria que se niega a establecer contacto físico con la realidad, que cierra los sentidos ante la percepción palpable de las cosas, que hace que contemplemos nuestras vidas con una mezcla de autocompasión, queja y fatalidad imaginaria. El primer requisito para ser un buen escritor era estar lo suficientemente atormentado, reproducir las experiencias de los grandes escritores atormentados, bailar al compás de lo que los visionarios del momento habían decidido que ya era la única literatura que tenía valor: aquella que abría otros caminos para la novela del siglo XXI, aquella que no se complacía en la tradición casposa de nuestro país, aquella que rompía los convencionalismos precedentes e inauguraba la nueva era.

La última vez que sucumbí ante esa clase de cantos de sirena fue el día que accedí al reclamo de Las teorías salvajes —obsérvese la similitud del título— y no pude pasar de la página cuarenta. “Es que para entenderla tendrías que haber estudiado Filosofía”, me dijo una conocida que veía con arrobo lo que, como el furriel de El retablo de las maravillas, yo no era capaz de ver. Poco antes había dejado también 2666 por la mitad pero no me atreví a confesárselo a nadie.

A día de hoy, de esa lectura, apenas recuerdo la búsqueda del escritor Archimboldi por parte de los estudiosos de su obra, y que tanto tenía en común con el rastreo de la poetisa Tinarejo que hacían los detectives salvajes Arturo Belano y Ulises Lima, así como la interminable relación de crímenes en Sonora que acabó por vencer mi resiliencia ante aquella supuesta exploración del mal que, por mucho que lo intentara, me dejaba indiferente. Cuando, pasado un tiempo, se me escapó que nunca terminé la obra póstuma de Roberto Bolaño, otro amigo, con el mismo tono de suficiencia y desdén que el de la conocida que me amonestó por no saber apreciar la originalidad brutal de Las teorías salvajes, me aseguró que al final todo cuadraba de una forma asombrosa y el libro adquiría una profundidad nunca antes vista y una visión tan radical y alucinante que cambiaba para siempre tu manera de comprender la literatura y hasta la existencia. Por supuesto, me dio vergüenza argumentar que lo que él juzgaba como una estructura magistral a mí me parecía una yuxtaposición acumulativa que no era para tanto; o que lo que él interpretaba como algo excepcional me producía el tedio que me sigue produciendo cualquier tipo de malditismo: la figura del escritor como pose artística, la literatura como panteón espiritual, incluso las radiografías del mal ambientadas en los desiertos.

No puedo decir que Bolaño sea un mal escritor, pero sí afirmar sin pedir perdón que es un autor que me es ajeno. Que tras la desgracia de su muerte —e inmediata canonización— su obra se haya sobrevalorado más o menos y, al discrepar de ella, uno parezca que ya no es un hereje, me preocupa bastante poco. Que le haya ocurrido quizás algo similar a lo que sucedió con David Foster Wallace, esto es, que sus epígonos le hayan hecho un flaco favor a base de “homenajearlo” tanto, tampoco es que me quite el sueño. Como dijo Koestler, a uno no debería importarle mucho que quienes se alineen con él hayan llegado a esa conclusión por motivos equivocados. Lo que sí puedo asegurar es que, por mi parte, he dejado de sentirme seducido por los cantos de sirena que encumbraron en su día a Bolaño o por lo que estipulan, a cada dos por tres, los mandarines del instante. Mi desconfianza hacia los adjetivos “nuevo”, “provocador”o “genial” se ha vuelto instintiva. Lo primero en lo que me fijo cuando me recomiendan o critican algo es el lugar desde el que se está leyendo. En cuestión de gustos uno puede argumentar lo que se proponga. Pero lo que nadie puede hacer en cambio es engañarse a sí mismo. De ahí que, en estos asuntos, procure atender a lo que Arturo Barea puso en boca de uno de los personajes de La forja de un rebelde:

“Habla y escribe lo que tú creas que sabes, lo que has visto y pensado, cuéntalo honradamente con toda tu verdad. No hagas programas en los que no crees, y no mientas. Di lo que has pensado y lo que has visto y deja a los demás que, oyéndote o leyéndote, se sientan arrastrados a decir su verdad también. Y entonces dejarás de sufrir ese dolor del que te quejas”.

En cuanto a 2666, el hombre más libre que conozco al respecto, Iñaki Uriarte, comentó en sus diarios: “He leído los recientes libros de Marías y de Bolaño, obras maestras para muchos. No creo que vuelva a ellas nunca”. Y hasta que no cambie de nuevo de opinión, mi verdad es que no puedo estar más de acuerdo.

admin

7 Comments

  1. Qué bien escribe este Coradino y qué bien traída la cita de Barea. Eso sí, que revise esos amigos que le hablan con tanta suficiencia…

  2. Querido amigo. La primera y la última parte de 2666 son magistrales. La parte de los crímenes es tan fallida como fascinante. Es una obra inacabada, cierto, y por ello parcialmente fallida. No puede compararse a Bolaño con Olaixarac. Pola Olaixarac es una provocadora divertida. Bolaño era un gigante. Abrazo.

  3. Sr Vega
    Es muy respetable que a alguien no le guste Bolaño, faltaría más, hay gente que me ha dicho que no soporta a Borges, por ejemplo, y aún le sigo hablando, pero me habría interesado, por curiosidad, que además de decir que no le gusta, explicara por qué no le gusta.

    Sr Veredas,
    2666 no es una obra inacabada.
    2666 no es una obra fallida.
    Deudas vencidas, por ejemplo, si bien no inacabada, si es una obra fallida, en el sentido de que falla todo, del lenguaje a la caracterización de los personajes y a la sucesión de tópicos del seudonihilismo postmoderno.

  4. Querido Reca: lo de divertida te parecerá a ti, porque a mí sólo me produjo bostezos. Además, ¿de verdad crees que alguien se puede sentir provocado por quienes pretenden tan deliberada como adolescentemente ejercitar la provocación? Eso sí que es viejo…
    Sr. Martínez Ros: no sabe cuánto le agradezco que no me haya retirado la palabra. En cuanto al texto en cuestión, dudo de que no se haya dado cuenta, después de tantos años de colaboración compartida en este blog, que en mi ánimo rara vez ha estado hacer crítica literaria. Lo que sí me sorprende es que no haya comprendido la intención de mi comentario, que tiene menos que ver con 2666 que con una manera de leer y con las afinidades o sintonías de cada uno. Si algo creo que he criticado, más que a Bolaño, es cierta manera de enjuiciar basada en la certeza de la infalibilidad del propio criterio, es decir, a quienes tan fácilmente pueden soltar que una novela es fallida y quedarse tan pancho. Pero si lo que de verdad busca son argumentos que expliquen por qué yo no me asiento atraído por 2666, y tampoco ha leído bien el tercer párrafo de mi “reseña”, le daré uno más: le aseguro que me divertí muchísimo más leyendo ‘Deudas vencidas’. Por no hablar de cuando las críticas literarias que se pretenden tal incurren en la arbitrariedad y la falta de argumentación que usted tan bien conoce, claro.

  5. Sr. Martínez Ros, gracias por leer mi novela. 2666 es una obra inacabada, pues Bolaño murió antes de terminarla. No es mi opinión, es historia de la literatura.
    Coradino, no te falta razón.

  6. Señor Vega, el bolañismo, como todo fe revelada, tiene cierto componente irracional; además, es probable que en Deudas Vencidas -novela que la editorial que la publicó fue tan amable de enviarme sin yo solicitarlo y que me fue imposible terminar y que, por eso motivo, renuncié a reseñar- tengo un valor que yo he sido incapaz de captar. Hay días qu me levanto más infalible que otros. En cualquier caso, un cordial saludo.

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