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Carrère, Limónov y yo

edichka_cara_web_8b7ac935b08a738d145d6e5251cc3a5dJOSÉ MARTÍNEZ ROS | En 2012, un libro del autor francés Emmanuel Carrère convirtió a un estrafalario político-escritor ruso, Eduard Limónov, en una especie de personaje de moda. Carrère, publicado habitualmente por Anagrama, es considerado uno de los grandes escritores de la literatura francesa actual, lo que en cierto modo es extraño o, al menos, extraño para mí, ya que no parece poseer las cualidades necesarias para distinguirlo con esa “grandeza”: no es un autor que destaque por una prosa deslumbrante y poderosa, ni resulta especialmente imaginativo, ni posee una visión del mundo demasiado original. ¿Qué puesto ocuparía Carrère, por ejemplo, en la literatura británica, compartiendo estantería con Amis, Mantel, McEwan, Ishiguro, etc? Bueno, esto es una simple especulación personal, aunque sin duda las letras galas han vivido mejores épocas.

El libro de Carrère estaba dedicado a los hechos y hazañas de Limónov, un personajillo de lo más excesivo, antiguo delincuente juvenil, poeta sin éxito, exiliado en Francia y Estados Unidos, paneslavista grotesco capaz de fotografiarse tiroteando Sarajevo en compañía de Radovan Karadjic y fundador, una vez regresado a su patria, del Partido Nacional Bolchevique, una extraña mezcla de nacionalismo eslavo y comunismo, de tradicionalismo derechista y vanguardia del proletariado. La vida de Limónov aporta todos los efectos especiales y fuegos de artificio necesarios para que el libro sea de lo más entretenido, aunque Carrère se empeñaba en demostrar que su propia vida resultaba también igualmente apasionante, cuando no lo es, por lo que estropeaba un poco el conjunto.

La breve Limónov-manía generada por el libro de Carrère animó a la joven editorial Marbot a publicar el libro más celebrado del ruso. Soy yo, Édichka es un diario de su vida en Manhattan en los setenta. Por aquel entonces, Nueva York era aún la ciudad de Taxi Driver y Sérpico, una ciudad peligrosa, deteriorada y sucia y, por esa misma razón, muy atractiva desde el punto de vista fílmico y literario, a la que Limónov llegó como una especie de refugiado antisoviético.

Soy yo, Édichka nos muestra a un Limónov bohemio y excesivo, relatando sus andanzas en un estilo situado Bukowski -pero sin el aliento trágico y nihilista de las mejores páginas de Bukowski- y Henry Miller -pero sin su imaginación surrealista-. Vemos a Limónov en una especie de hotel degradado del centro, se emborracha, subsiste a base de ayudas del gobierno, pierde trabajos, tiene una serie de encuentros sexuales -heterosexuales y homosexuales-, se droga, choca con los disidentes soviéticos “oficiales”, etc.

Es probable que si hubiera leído este libro hace quince años, cuando leía a Bukowski y a Henry Miller, lo habría apreciado más. Ahora, sin embargo, me ha resultado una lectura fatigosa y aburrida que se ha alargado interminablemente. Es posible que la letras rusas no estén, actualmente, tampoco en su mejor momento.

Soy yo, Édichka (Marbot, 2014), de Eduard Limónov | 336 páginas | 18,90 € | Traducción de Ana Guelbenzu

admin

2 Comments

  1. Hombre, José, decir que las letras rusas no están, actualmente, tampoco en su mejor momento por lo que se puede leer de Limonov, es como decir que la literatura española es una mierda en este momento viendo la obra ochentera de Sánchez Drago o de Pombo. Más o menos.

    Al final ¿leyó usted “El tren cero” de Yuri Buida (Automática Ed.)?

    Besos, eso sí.

  2. Estoy con el amigo Paul. Yo también creo que el Sr. Ros se ha colado tres pueblos con esa frase, y como castigo merece pasar una noche al raso, en la tundra, con Dersú Uzalá.
    “El tren cero” fue reseñada en esta santa casa, de forma muy grata, si mal no recuerdo.
    Besos también.

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