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Carta abierta a Leonardo

JABO H. PIZARROSO | Querido Leonardo,

Te escribo esta carta abierta bajo forma de crítica literaria hagiografizante. No es muy común hoy. Pero por eso. En la literatura cubana que actualmente se publica en España, sois dos los autores que a mi entender gozáis de un crédito mayor entre la comunidad lectora de acá, y entre ambos, mucha gente puede y quiere hacerse una idea de lo que ocurre y cómo se vive en el caimán barbudo, esa isla con la maldita circunstancia del agua por todas partes, antes de que Piñera le dijera miedoso al caballo, en pleno primer Congreso de Educación y Cultura, cuando comenzó el quinquenio gris, que lo que tenía era mucho miedo.

Existen muchísimos prejuicios y condicionantes a la hora de encarar tanto tus novelas, como las del otro escritor que goza del fervor popular en esta península que se creyó alguna vez cuna de un imperio donde nunca se ponía el sol. Ahora puede que camine hacia el trono de la noche, donde será reina por un día. De todo se saca algo. Ya lo dijo Fidel y lo recogió Edmundo en Memorias del Subdesarrollo, “Tenemos que saber vivir en la época que nos ha tocado vivir y con la dignidad con la que debemos saber vivir.”

Esto que te contaba antes de lo del Comandante, se nota mucho en las preguntas que te hacen los medios españoles. Siempre hay un interés por parte del hispanus plumillum para extraerte, aunque sea con sacacorchos, un titular que vaya en contra de un sistema político denostado e incomprendido y de un país del que en el fondo no tenemos ni idea.

Te he hablado antes sin mencionar de otro autor que mantiene un target popular cada vez que se publican sus libros por estas tierras. Me refiero a Pedro Juan Gutiérrez. Pero hay más, aquí se conocen menos, los Francisco López Sacha, Luis Manuel García Méndez, Senel Paz, Ena Lucía Portela, Norberto Fuentes, Jesús Díaz, Anton Arrufat, Raúl Hernández Novás, Nancy Morejón, Abilio Estévez, Eliseo Altunaga, Rafael Alcides, Marilyn Bobes, Lino Novás Calvo, y tantos otros. Y me dejo en el camino más de los que acabo de citar.

Escribo esta carta con una antología de cuentos a mi lado que acabo de revisar, en la que figuras y en la que también aparecen relatos escritos por compañeros de tu generación, Hacer el amor se titula, libro publicado por Alex Fleites en los años ochenta, en la colección caimán de la editora de abril de la UJC. También me acompaña El submarino amarillo, aquel libro de cuentos publicado por la Autónoma de México, ediciones Coyoacán y la UNEAC en 1994, del que fuiste antólogo con prólogo incluido y que una tarde santranquilina me regaló Senel, este año premio Nacional de Cine en Cuba.

Me he pasado dos semanas metido en las casi ochocientas páginas de Como polvo en el viento. Antes de que me atrapara como lo ha hecho, he leído entrevistas en las que poco párrafo hay para que consigas acercar a los lectores la obra que acabas de publicar. En alguna de ellas, recuerdo que decías, no puedo citar dónde, hablo de memoria, que esta es la novela más visceral que has escrito nunca. Estoy completamente de acuerdo. Siento que la forma en la que novelas la realidad de tu país, de Cuba, y su vaciamiento, se apoya en una musculatura de narrador llena de honestidad. Ese impulso nos falta por acá. Construir novelas que cuestionen el relato de la realidad hegemónica incuestionable no es solo tarea de la novelística cubana, también lo es de la española, aunque con menos intentonas que esta a la que tú te lanzaste, compadre.

También te he leído decir que no has sucumbido al exilio porque, en palabras de Eliseo Diego ahora, te faltaría el primer discurso y la demasiada luz que forma otras paredes con el polvo, o ese sofá llamado malecón, tan largo como los anhelos de los que están, en la voz de Raúl Torres y Omara Portuondo, o porque al ser isleño jamás podrías pisar tierra firme, o porque has escuchado mucho a los padres, entre los que te incluyo, hablar de la situación, y a veces has llorado lágrimas negras cuando la distancia de los tuyos nunca te procuró su olvido, o porque aunque las noticias hablen de desilusión, como cantó Varela, sigues creyendo que tu escritura sin tu país sería como la pared blanca que veía Juan Ramón Jiménez en un sanatorio de Puerto Rico cuando se pasó tres meses perdido en la ciénaga mambí de su tierra de nadie particular.

Esta es una reseña especial. No voy a hablar de la magnífica estructura que contiene la historia de Como Polvo en el viento. Tampoco hablaré de Ramsés, de Irving, del sacrificio del viejo Ringo Star, de Adela, de Loreta, de Elisa, de Horacio, de Fiuba, de Walter, de Bernardo, de Clara, de Darío, de la casa de Fontanar, tampoco diré, como cantó El médico de la salsa, que se fueron para no volver, pero cómo extrañan, porque La Habana es La Habana tampoco, es cierto, explicaré que será porque como afirman salseros y babalaos, La Habana y Cuba y la isla entera son el mejor lugar para esperar el fin del mundo, quizá porque acostumbrados estéis más que nosotros, desgraciadamente, al fin de las cosas durante tantos años de revolución y bloqueo económico, que una cosa con otra es pan con ten. Y a ti, Leonardo Padura, chico, te ocurre lo mismitico, que no abandonas Cuba, ni tu barrio habanero, porque tus historias están enraizadas a ese espacio como largas raíces de trenzas de ceiba al plantío que te vio nacer.

Solo me quedo con tu novela escrita, y cuando la vuelvo a leer, consigues que me acerque con una intensidad cruda, alegre, hermosa, tierna y empática, a todas las historias que en estos últimos treinta años han hecho que tanta gente abandonara la isla o decidiera quedarse, con la pretensión cierta o equivocada de sembrarse un futuro, o resistirlo libretica y media libra de café en mano, conseguido o errado, en este otro lugar del día o de la noche, que tu libro llama la parte amable del planeta, o en la pequeña isla en la que los fresers hablan de madrugada y a veces se llaman Roco.

Somos y seremos siempre lo que hay, lo que se toma como pan caliente. Acá o allá.

Tuyo.

Como polvo en el viento (Tusquets, 2020) | Leonardo Padura | 672 páginas | 22,90€

admin

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