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Chuparse el dedo

CUB_Dedo en la boca_DEFEl dedo en la boca

Fleur Jaeggy

Alpha Decay, 2014

ISBN: 978-84-92837-74-8

86 páginas

16,90 €

Traducción de Mª Ángeles Cabré

Ilustraciones de Roberto Miranda

 

 

Sara Mesa

En un reportaje de Leila Guerrero para El País de hace un par de años se hablaba de las características de los llamados «autores de culto», a saber, autores que congregan en torno a sí un grupo de lectores -muchas veces pequeño pero influyente- que sigue con devoción todos sus pasos, sean o no literarios. El autor de culto, según concluían la mayoría de los escritores y editores entrevistados en el reportaje, se define además por un cierto hermetismo tanto en su creación literaria como en su vida (véase el modelo Salinger, Pynchon o Jelinek) y también por su originalidad estética, que propicia afinidades u odios pero raramente términos medios (el modelo Murdoch o Levrero). Alejados de los focos, estos escritores siempre generan expectación y curiosidad: sus fieles los seguirán allá donde haga falta, se lo leerán todo sobre ellos, se dejarán llevar por el impulso completista y hasta por una ridícula erudición si es necesario. Pero la aportación más curiosa del reportaje, a la que apuntaban varias de las fuentes consultadas, consistía en clasificar la etiqueta «de culto» como una “categoría religiosa”, en palabras de Vila-Matas. Religión, sí, en la que pueden apreciarse los elementos propios de una fe: un dios o diosa, un grupo de acólitos cercanos, los devotos seguidores e incluso la figura del sacerdocio. Menciono a Vila-Matas porque precisamente él ha sido uno de los que más ha apoyado la literatura de Fleur Jaeggy en España, y qué mejor sacerdote que un autor de culto (él podría entrar en la categoría) recomendando a otro autor de culto. Bien lo sabe la editorial Alpha Decay, que en la fajita que acompaña a esta ¿novela? lo cita cuando califica a  Jaeggy de “deliciosamente maligna y a todas luces distinta”. También aparece otra cita, nada más y nada menos que de Susan Sontag, que la define como “maravillosa, brillante, salvaje”. ¿Exageran? No, por supuesto que no. 

Jaeggy tiene todas las papeletas para ser considerada una autora de culto. En primer lugar, por el baile de lenguas -nacida en Zurich, su lengua materna es el italiano, sin embargo introduce en sus obras numerosas palabras en alemán-, pero sobre todo por su singular propuesta literaria -tan sugerente, oscura y perturbadora como el cine de Bergman, al que tanto me recuerda-, a lo que hay que añadir la parquedad de su producción -escribe poco y breve-, su biografía esquiva o su amistad con otros «raros» como el mismísimo Bernhard. Yo he llegado a ella hace poco, pero enseguida pude oír opiniones entusiastas de otros lectores suyos, gente con buen gusto, que me dieron una palmadita como diciendo: bienvenida. Y es así, uno entra en la secta y ya no quiere salir, se siente parte de ese grupo de privilegiados. Jaeggy es autora de dos novelas maravillosas, dos auténticas joyas que publicó Tusquets hace unos años: Los hermosos años del castigo y Proleterka. También de El ángel de la guarda, menor a estas dos pero también interesante, y de los cuentos de El temor del cielo, igualmente en Tusquets. Ahora Alpha Decay rescata la primera novela de la autora, El dedo en la boca, que data de 1968, y El Cultural, en un balance de los lanzamientos literarios de este otoño, la califica de “auténtica joya”. Sí, las mismas palabras que yo he usado antes para Los hermosos años del castigo y Proleterka. Y es que a veces abusamos.

No, no me retracto. Los hermosos años del castigo y Proleterka son verdaderas joyas. Libros depurados, perfectos, intensos, para releer y recomendar hasta el hastío (del otro, claro). Así que cuando una lee algo así, quiere más. Aun asumiendo que no esté a la altura de lo anterior, da igual: ya estamos dentro de la religión. Cuando me enteré de que había nuevo libro -porque al principio pensé que era nuevo, dado que en la contraportada no se hace mención a su carácter primerizo-, supe que lo devoraría de inmediato. La emoción empezó a disiparse a las pocas páginas, cuando me encontré con una historia a medio cocer, una mezcla de ambientes y personajes esquemáticos, un puñado de situaciones extrañas, inaccesibles, deslavazadas y, ciertamente, todavía muy lejos de lo que ha conseguido escribir Jaeggy después. La historia -si es que puede hablarse de historia- es protagonizada por una chica, Lung, que tiene la costumbre de meterse un dedo en la boca. Lung parece tener también alguna especie de trastorno mental que la hace visitar médicos e incluso que la internen por un tiempo. Tiene una amiga a la que admira y odia, un tío padre, un profesor, una madre esquiva, y cuenta historias cuyo significado no resulta demasiado claro, probablemente con la voluntad de que no lo resulten. El punto de vista cambia continuamente: más que alternar la tercera persona con la primera, parece que fuese Lung quien habla todo el tiempo, pero viéndose a veces desde fuera, como en una especie de viaje astral. El conjunto no resulta una narración propiamente dicha, sino una aglomeración de reflexiones sobre temas que, está claro, constituyen las inquietudes y obsesiones de Jaeggy, pero que leídas así son solo un esbozo que nos deja más bien fríos. Lo bueno de esto es que se lee en un suspiro: el libro tiene solamente 86 páginas, y cuando lo cerramos decimos: ¿y? Llegados a este punto es cuando una empieza a comprender por qué Tusquets no había editado este primer libro tras el éxito de los anteriores.

El reportaje de El País sobre los autores de culto hacía referencia a otro aspecto que aún no he mencionado no por olvido, sino porque lo había dejado para el final. Uno de los entrevistados, el escritor argentino Carlos Labbé, criticaba las técnicas de marketing de ciertas editoriales que buscan explotar la etiqueta «de culto», lo que deriva en la formación de una masa de lectores ‘snobs’ y acríticos a los que parecerá bien cualquier cosa porque, claro, es de Bolaño, o es de Vonnegut, o es de quien toque. Ya sabemos que la religión siempre conlleva un poco de ceguera. En este caso, lamento decir que creo que algo de esto hay en la publicación de este libro. Ojo: no digo que no sea un libro válido para los amantes de Jaeggy. Pero únicamente para ellos, y decir esto es muy importante, porque empezar a leerla por aquí puede ahuyentar a la gente. Esto por un lado: es una obra prescindible. Comprendo que la editorial esto no va a decirlo y asumo que «prescindible» es una etiqueta subjetiva que muchos podrán no compartir conmigo. Pero es que hay algo más, y que es indiscutible. Este libro -86 páginas, recuerdo, y algunas de ellas con unos dibujitos que estarán muy bien pero que nada aportan- cuesta -que no vale- 16,90 euros. Medir el precio de un libro por su extensión es una barbaridad, vale, pero solo hasta cierto punto. Si es breve y cuesta eso, al menos que sea ‘delicatessen’.  Proleterka cuesta 11 euros, Los hermosos años del castigo, 13. No son tampoco baratos, pero vaya si lo merecen, porque se pueden releer, citar, estudiar y prestar. Son libros que cunden, que nos acompañan. Este no es el caso, y por tanto tampoco debería ser el precio. Hablar de dinero siempre da reparo, sobre todo en el caso de las pequeñas editoriales, pero mala cosa será si lo convertimos en un tabú, porque en el sector editorial estamos todos, también los compradores. Sé de editoriales modestas que cuidan mucho este aspecto, que ajustan sus precios todo lo que pueden, o sea, que algo podrá hacerse para mejorar. Tampoco dudo que esto de editar hoy día debe de ser extremadamente difícil, pero no más que para muchos lectores invertir una parte de su sueldo en un libro. Como he dicho antes, se corre el riesgo de espantarlos. Puede que Lung, la protagonista de esta historia, se meta el dedo en la boca, pero al fin y al cabo no olvidemos que también hay muchos lectores que no se chupan el dedo.

admin

7 comentarios

  1. Si te sirve de consuelo, hay nuevo libro: «Sono il fratello di XX».
    Cuentos. Salió este año.

    Y son una “auténtica joya” 😉
    P.

  2. Mi experiencia con la editorial en cuestión es desalentadora, y supongo habré pasado por alto ediciones de interés debido a este prejuicio.

  3. No sabía lo del nuevo libro, lo leeré seguro. También he oído que Alpha Decay editará «Le statue d’acqua», que es otro de los primeros. Se me ocurre que podía haberlo editado junto a este, dado que son tan cortitos. A Alpha Decay no le sigo mucho la pista, pero por ejemplo lo que han sacado de Joy Williams, «Los vivos y los muertos», tiene muy buena pinta, y el precio me parece infinitamente más razonable. Gracias por comentar.

  4. Fe de erratas: Nos llega una indicación de la editorial diciéndonos que esta reseña contiene un error porque este libro no tiene la faja con las citas de Vila-Matas y Susan Sontag que menciono. Y tienen toda la razón. Esa faja pertenece a otro de los libros de Jaeggy que he estado leyendo estos días, de ahí mi equivocación. Así que mis disculpas en lo que a eso se refiere: la edición de Alpha Decay es aséptica, tal como lo es el texto de la contra, sin cita ni elogio alguno. Es de justicia reconocerlo.

  5. Y tienen toda la razón. Esa faja pertenece a otro de los libros de Jaeggy que he estado leyendo estos días, de ahí mi equivocación. Así que mis disculpas en lo que a eso se refiere good day quotes for him

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