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Cómo matar y seguir viviendo

 

Carolina León nos rescata una obra tan singular como La condesa sangrienta, a cuarenta años de su escritura. Alejandra Pizarnik escribió, en 1966, esta reseña de un libro publicado en francés en 1962.

Esto puede resultar muy loco pero, en 2011, esta crítica literaria en crisis epistemológica no imagina mejor homenaje para celebrar el II Aniversario de Estado Crítico que hacer una reseña de un libro que nació como una reseña.

 

 

Carolina León

Cada vez que alguien admirado rebasa el umbral de los vivos, el mundo se hace un poco más inhabitable. ¿No os pasa así?

Ésta es una sensación que no me llegó a tocar con la muerte de Alejandra Pizarnik, tres años antes de mi nacimiento, y a una edad (36) que ya rebaso. Por tanto, Alejandra, para mí, es la muerta eterna.

Lo es para cualquier lector que se introduzca hoy en su obra. Y lo puede hacer en muy diversos volúmenes (poesía, prosa, diarios) que preparó Lumen, en los principios de esta década, o en esta exquisita edición de La condesa sangrienta (Libros del Zorro Rojo, 2009), con ilustraciones de Santiago Caruso). Antes de esa recuperación, no era fácil leerla en España.

Para celebrar el II Aniversario de este blog, di muchas vueltas a los libros importantes para mí y, en un principio, propuse otro distinto a los camaradas. Que ¿por qué quiero escribir sobre éste? Por cuatro razones:

a) ser un libro menor en las letras en español, de una fabulosa poeta y prosista muy mal /poco leída, hasta hoy, en nuestro país (lectura textual);

b) ser un libro central en mi construcción como lectora, descubierto, a trozos, en una juventud muy antigua en la que estaba enamorándome de la literatura (autobiografía);

c) contener una reseña dentro de la reseña, constituir un excurso de otro texto, y apretujar en pocas páginas lo barroco, lo surrealista, lo psicoanalítico y la gran literatura sobre la melancolía (lectura metaliteraria);

y, por último:

d) ser un texto seminal de una autora que, lejos de morirse de vergüenza, escribe hermosamente sobre asuntos tan turbios como sangre, asesinato, dolor, poder, locura, deseo… (lectura ideológica).

Lo que Alejandra Pizarnik pretende en este libro, que nace como reseña literaria, es explicar otro llamado La condesa sangrienta de Valentine Penrose, editado por primera vez en 1962.

«La condesa sangrienta» es Erzébet Báthory, una condesa húngara, real, que vivió en el siglo XVI y que parece ser que torturó, desangró y mató a más de seiscientas jóvenes de sus dominios, para calmar sus ansias y satisfacer sus deseos. Eso es. Muy edificante. Pizarnik comienza dando algunos datos sobre el libro de Penrose, situando el libro y sus intenciones, en un preludio de lo que se supone será una semblanza literaria; hasta que escribe «… la belleza convulsiva del personaje», y a partir del tercer párrafo se olvida de la reseña para construir su propia historia.

El libro está formado por doce o catorce cuadros -me gusta llamarlos-: breves relatos en los que la narradora describe la vida en el castillo de Csejthe, la rutina malvada de la condesa o sus hábitos asesinos.

El transcurrir del libro se puede representar en una cita: «Ha habido dos metamorfosis: su vestido blanco ahora es rojo y donde hubo una muchacha hay un cadáver«. Esta breve frase, muy al principio del libro, ilustra el tipo de prosa en que se sumerge el lector/lectora atrevido. Pocas páginas, muchísima impiedad.

Mediante este tipo de lenguaje, sincrético, simbólico, los «cuadros» del libro construyen al personaje, lo hacen entidad literaria, autosuficiente universo en que el hambre, el hastío, la melancolía, la sombra y el eterno agujero de la existencia se expanden y se realizan. Recordemos, en el proceso de lectura y como medida terapéutica, que el texto nació como una reseña.

Ese proceso no es fácil ni cómodo: implica que nos salgamos de los constructos del humanismo y leamos de manera despersonalizada: dentro de un contexto simbólico en el que las palabras se desmaterializan. Sólo así podremos encarar, sin perder la compostura ni el almuerzo, cosas como: «Una vez maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que la piel del cuerpo se desgarraba y las muchachas se trasformaban en ‘llagas tumefactas’«. El relato de apariencia impersonal deviene conjura contra lo humano, y no sería posible ser leído si no fuese por su factura de alta, altísima prosa en español con ciertas premisas: seca, distante, precisa, tajante.

En los años 70 argentinos se quiso leer La condesa sangrienta como una metáfora vívida de lo acontecido en el país y en tantos otros lugares castigados por las dictaduras. Creo, sinceramente, que el personaje de Erzébet Bathory sirve a Alejandra Pizarnik para hacer una vivisección del asesino, su apetito, su agujero por rellenar infinitamente; y que el asesino -noble, conde, poderoso, no hay que olvidar- es para ella metáfora de la enfermedad de la melancolía. Es ciertamente difícil ajustar las «Torturas clásicas» y su apetencia de sangre roja de frescas muchachas vírgenes a los asesinatos políticos ocurridos en las dictaduras del siglo XX (da lo mismo el país). Aunque la lectura está ahí, el simbolismo de este libro apunta más lejos.

Otra lectura, probablemente poco señalada, es la lésbica: «Durante sus crisis eróticas, escapaban de sus labios palabras procaces destinadas a las supliciadas«; no se puede obviar que el lenguaje buscado -y alcanzado- por la argentina es de una potencia, explicitud y carga semántica importante; aunque esa lectura, dado que esta Drácula femenina obtenía un nimio placer por cada latigazo, no resulta fácil de sostener. Sin embargo, La condesa sangrienta, casi cuarenta años más tarde, sigue constituyendo un profundo, desprejuiciado y abismado estudio sobre la erótica del poder.

A Pizarnik se la conoce sobre todo como poeta, aunque ella se debatió durante su (corta) vida, siempre, con la necesidad de la prosa. Cuál fuera el motivo de su inquietud, de su deseo, ahora no nos toca destriparlo. Lo que sí podemos admitir es que ésta puede quizá ser su mejor obra. ¿Por qué creemos rescatable este libro? Pocas veces la crueldad, la locura y la sinrazón han sido mejor retratadas en nuestra lengua; pocas veces la prosa en español se ha asomado con esta clase de desnudez a materiales narrativos que están en la órbita del surrealismo, de la vanguardia, del expresionismo; La condesa sangrienta es un texto duro y hermoso escrito con una pureza de prosa tan grande que sirve para explorar algunas de esas zonas, sin mancharnos.

¿Cómo encontrar placer estético en La condesa sangrienta? No me parecen demasiado estúpidas las lecturas políticas al respecto de este libro, están ahí y fundamentan una situación; sin embargo, creo dentro del texto están todos sus valores. La condesa sangrienta ejemplifica y muestra todas las batallas que llevó a cabo esta autora con el lenguaje; toda su pasión y ejercicio de la prosa que, como sucede en su poesía, parece cercenada a cuchillo, afilada hasta resultar brutal. En La condesa sangrienta están todos los símbolos de que nutrió su poesía pero esta vez son rastreables, cognoscibles, sin la oscuridad de la metáfora, con la fuerza de la alegoría. En este viaje desasosegador, podemos sumergirnos en una (muy poco grata) piscina de crimen, mediante el retrato que hace de la condesa, sus aficiones, el pozo sin fondo de su ansiedad, la enfermedad de la locura melancólica.

El espejo, la muerte por agua, la virgen de hierro… Por supuesto, existen libros más edificantes; como pieza anómala, marginal, cruelmente hermosa, éste está siempre cerca de mi mano. Que alguien que lo tenga (ojalá en esta edición ilustrada por Santiago Caruso) me diga que no le resulta inquietante… pero que tampoco puede dejar de leerlo…

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