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Cómo mirar atrás

190524 La memoria donde ardía

EDUARDO CRUZ ACILLONA | Cuando alguien te dice, teniendo un libro en la mano que aún no has abierto, “Te va a doler… Y te va a encantar”…, uno sólo espera que se esté refiriendo al libro en cuestión. Una vez contrastado este punto, sólo queda abrir el libro, dejarse llevar y comprobar, ciento doce páginas después, que aquel aviso venía envuelto en la contundencia de la razón.

La memoria donde ardía, efectivamente, duele. Y lo hace porque aborda, en la gran mayoría de sus relatos, el tema de la infancia desde un punto de vista en el que la ternura es una palabra que no figura en el diccionario de la autora. Es una infancia que provoca dolor, como provoca dolor la imagen del perro semihundido en la arena del famoso cuadro de Goya, el cual envuelve el argumento del primer relato. Es una infancia truncada por diferentes avatares, desde el padre ausente que ha hecho de la bebida su rutina y cuya hija debe salir cada día en su busca para llevarlo a casa de vuelta hasta el mundo alternativo que inventan unos niños hospitalizados en la planta de oncología de un hospital. Es una infancia recordada con lágrimas a partir de un suceso cotidiano, irrelevante, pero que hace que te transporte a un pasado doloroso. Es, también, una infancia atormentada, en la que un colegio se va llenando de niños ciegos, alumnos que no figuran en las listas escolares pero que visten los mismos uniformes que los demás. Y una infancia robada a la madre, apartada del cuidado del hijo, encerrada en una habitación y condenada a dormir la mayor parte del tiempo con la ayuda de las drogas que le suministran en la comida.

Los adultos que transitan algunos de los relatos del libro cargan con sus problemas y con sus traumas, creando un mundo de difícil digestión y comprensión para los niños, una realidad que les anula, que les devora, como “Saturno devorando a su hijo”, por seguir con el símil de los cuadros de Goya. Son adultos que miran hacia atrás con dolor, como si el pasado fuese una terrible carga con la que caminar el resto de sus vidas. “Hay un tiempo en que se elige cómo mirar atrás”, se dice en uno de los cuentos. En este libro, los retrovisores parecen reflejar imágenes solamente en blanco y negro.

La infancia, la memoria, la maternidad, la pérdida. Son temas que la autora ya había abordado de manera profusa en sus anteriores publicaciones, tanto en novela —La noche será negra y blanca (2009) y Vestida de novia (Tusquests, 2014)— como en sus libros de relatos. Y los trató con tintes autobiográficos (ella misma ha contado en alguna conferencia que tuvo un hermano que falleció a los nueve años a causa de la leucemia). En este nuevo libro, por el contrario, parece que quiere salir de su propio entorno y dar forma y voz a la otra cara de la realidad, no al ausente sino al que sufre la ausencia, la pérdida y la manera que tiene de afrontarla.

He ahí el dolor al que me refería al principio. ¿Y el placer? ¿Dónde está ese punto luminoso que hace que un libro te encante como me habían prometido?… Pues bien, está. Está en el propio texto, en la narrativa, en la forma de contar. Lejos de detenerse en florituras metafóricas, a las que tanto se prestan los temas que aborda, la mexicana Socorro Venegas se maneja con un lenguaje preciso, sencillo; rebusca en lo concreto y hace brillar el mensaje por su propia fuerza. Basta juntar las palabras “cuna” y “rota” (como la imagen que ilustra la portada) para que a uno ya se le encoja el corazón. Conseguir esa sensación, relato tras relato, sin flaquear, está al alcance de pocos.

“El sueño de la razón produce monstruos”, reza otro de los cuadros de Goya. Y, lo que es peor, esos monstruos son nuestros. Cuídense mucho de ellos cuando miren atrás.

La memoria donde ardía (Páginas de Espuma, 2019) | Socorro Venegas | 112 pags. | 14€

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