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Como quien se quita de encima una alimaña

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JOSÉ MANUEL GARCÍA GIL | Uno escribe un cuento, dice Cortázar, «como quien se quita de encima una alimaña». Me he acordado de esta extraña confesión después de leer Tierras raras, el libro de Nieves Vázquez Recio con fotografías de Luis Merino Rey que la Editorial Dalya acaba de publicar en una estupenda edición. Me da la impresión de que el aserto cortazariano -aplicado por el argentino para la escritura de sus relatos- bien podría servir para los artífices de esta obra, valiente y singular, caracterizada tanto por la calidad de sus textos e imágenes como también por las difíciles circunstancias que los inspiran. Porque creo que, para sus autores, como para Cortázar, la construcción de este libro nace «de un largo rechazo». Y finalizarlo ha sido una manera de exorcizar, de sacudirse una «alimaña». Entre estas, pocas como las que nos invaden a raíz de una enfermedad.

Ambas, la enfermedad y la escritura, han estado relacionadas desde siempre y se han permeado mutuamente. Utilizan el mismo medio de expresión y el mismo objeto: la naturaleza humana en cualquiera de sus situaciones. Hay ejemplos ilustres de esta fecunda trabazón. Ahí están La muerte de Iván Ilich, El Quijote o Madame Bovary. O más recientemente, La escafandra y la mariposa, de Jean Dominique Bauby, Morir, de Cory Taylor o El año del pensamiento mágico de Joan Didion, por poner solo unos pocos ejemplos. Obras que pueden leerse como una historia clínica, aunque no sea lo más aconsejable para disfrutar de su grandeza.

La enfermedad, en definitiva, siempre ha tenido su lugar en la literatura. Su carácter disrupti­vo, su transgresión de las fronteras que separan su reino del reino del bienestar, como señalara Susan Sontag, quizá la escritora contemporánea que mejor y con mayor propiedad reflexionó sobre las enfermedades, brinda al escritor las mayores posibilidades de exploración en ese «lado nocturno de la vida». Y lo que la literatura explora y describe en ese espacio de excepción son las preocupaciones básicas del ser humano: los miedos, la soledad, la perdida, el cambio, la incertidumbre, la fragilidad, la inseguridad, el vértigo… Cualquiera que pasa por un episodio semejante, por una estancia hospitalaria acompañando a un enfermo o ha estado expuesto a una de tantas manifestaciones de la práctica clínica, sufre alguna de esas sensaciones.

Entretanto, no nos queda sino mantenernos a la espera -«quietos en la casilla de espera»,  como indica la autora-, como el Virgilio de Hermann Broch. En esa espera surge en Nieves Vázquez la respuesta del poema, esa escritura del naufragio de la que habla Mallarmé. La respuesta de escribir en esos momentos, sin salir de la habitación del hospital, entre pruebas y visitas, cuando «fuera truena el mundo y se reparten bandejas de pasteles». Escribir como una necesidad de ordenar, como una bitácora, como forma de sanarse. La decisión de entender el sufrimiento desde la literatura, para enterarse de qué está pasando, a través de poemas que nunca supuso que iba a escribir. La lectura para digerir la vida, y la escritura para volver a digerirla, como si fuera una vaca de dos estómagos.

Por ese instante en que la vida cambia, comienza Tierras raras. El anuncio de la enfermedad, el tránsito del cuerpo sano, silenciado en la cotidianeidad, al cuerpo enfermo, frágil y desvalido, sometido a todas las inclemencias del mundo. Y el surgimiento de ese otro cuerpo que se prepara para resistir frente a la amenaza latente de la muerte que acompaña a la enfermedad y le otorga caracteres particulares. Alrededor de esa fractura biográfica construyen Nieves Vázquez y Luis Merino este libro. Su título podría hacer referencia a un grupo variado de elementos químicos que ni son tierras ni son escasos, aunque estas tierras que lo titulan pertenecen a otras rarezas: las de la enfermedad y la poesía. El resultado es el intento de asimilar el período que vino a continuación: las semanas y después los meses que se llevaron por delante cualquier idea fija que pudieran tener sus autores de la muerte, de la enfermedad, de la probabilidad y de la suerte, tanto buena como mala; del matrimonio, de sus hijas y sus recuerdos; del dolor y de las formas en que la gente afronta y no afronta el hecho de que la vida se termina; de lo superficial que es la cordura, la vida en sí misma.

En Tierras raras, los textos en prosa y en verso y las poco más de treinta fotografías dialogan y se explican mutuamente. Ambos proyectan sensaciones o pensamientos. Hay poemas escritos a partir de las imágenes y fotografías -algunas son escenas hospitalarias y otras simbólicas y evocadoras-  tomadas para encajar los poemas. A veces los poemas, aislados de las imágenes, tienen un significado y las fotografías también un valor distinto a cuando se ponen a dialogar con el texto. Y hay un tercer espacio que resulta del enfrentamiento entre lo que se sugiere, se muestra o incluso oculta la imagen o la escritura. Como un “movimiento de vaivén”, fotografía y texto  se completan desde un punto de vista comunicativo. Lo visual, como diría Foucault, “más que ilustrar y completar a la escritura, la prolonga”.

En una obra de estas características, construida con sentimientos personales, hubiese sido fácil caer en el victimismo o en la autocompasión. Sin embargo, Nieves Vázquez trata de esconderse, evitando toda clase de sensiblería. No habla de la enfermedad abiertamente, no se hace referencia a ningún detalle morboso, sino que se centra en lo que la rodea de una forma muchas veces externa o en ocasiones casi ajena, tratando de estar relativamente oculta, porque la confesión impúdica es incompatible con la autora. La enfermedad crea sus metáforas e inventa su lenguaje. En nuestro caso, un lenguaje directo, en apariencia sencillo y desornamentado, pero con una intensidad emocional difícil de alcanzar.

Al libro lo vertebra una miscelánea de textos -apuntes autobiográficos, reflexiones, leyendas, pensamientos, citas al paso de Stevenson, Calvino, Durrell, Pascal, David Lynch, Cervantes, Quevedo, Omar Jayyam, ficciones y experiencias- sobre la enfermedad que funcionan como artistas invitados o experiencias compartidas, literarias o no, que sirven como asidero terapéutico y también para aminorar la sensibilidad poética. Prosas que cortan, como el agua fría que echamos a un guiso que empieza a hervir, todo atisbo de emotividad bullente. Nada de dejar fluir las angustias, sino canalizarlas a través de la escritura y relativizarlas incluso o diluirlas al verlas también en otros. Nieves Vázquez es capaz de encontrar lugares comunes en la historia o la literatura con otras personas que pasaron por situaciones similares y verse reflejada en cómo se han sentido y lo han expresado, utilizando esos textos para situar sus propios sentimientos y gestionar sus propias emociones.

En concreto, la lectura de dos libros, el que Donald Hall escribió a raíz de la enfermedad y muerte de su esposa y compañera, la también poeta Jane Kenyon, y La montaña mágica de Thomas Mann, en una traducción deficiente que no impidió que la autora quedase encantada con esta colosal novela, sirven para sobrellevar las horas de hospital. Inspirarse en el Hall que recuerda a la amada en el lecho del dolor o sentirse como el Hans Castorp atrapado por el hechizo de la montaña en el sanatorio en Davos, donde tendrá que vivir según el plan que rige la vida cotidiana de los internos, ayudan a Nieves Vázquez a sobrellevar ese nuevo estado en que le «quitaron el suelo de los pies» sin saber qué le aguardaba, si «la red o el precipicio». Como Castorp, la misma autora -los poemas están escritos desde la perspectiva del yo- acaba por perder la noción de lo que era su vida antes de llegar al hospital y asume, en consecuencia, que lo que allí le ocurre es la única y verdadera vida.

Pero, como al protagonista de la novela de Mann, hay algo más que la encadena a ese lugar en el que nunca pasa nada (el reino de la «eternidad estática», dice el Nobel alemán), donde el tiempo deja de medirse en proporciones cotidianas: el amor. Si el de Castorp es por madame Chauchat, la exótica paciente llegada del Cáucaso, el de Nieves Vázquez es por su pareja enferma. Un amor que no solo funciona como motor de la creación sino que, como simbiosis entre Eros y Tánatos, transforma a sus autores.

Ese amor está latente en los poemas del libro. Es la razón de la existencia en un momento en el que la vida permanece suspendida. Las formas del tiempo se pierden y lo que se revela como verdadera forma del ser no es otra cosa que seguir amando en un presente inalterable donde los días, tan parecidos unos a otros, se confunden entre sí. Más que repetición hay un presente inmóvil: «cuando no había futuro/ aprendimos a vivir en el presente simple,/ a veces era continuo, rara vez fue perfecto».

Un poema central, «Patio de vecindad», referido al hospital, divide el libro en dos partes. Sus versos recogen todo lo relatado, desde la no resignación a la esperanza o la involución. Después de ese poema, Nieves ya ha dicho lo suficiente de ella misma, de su sufrimiento y se fija en los enfermos que comparten sus habitaciones, esos otros en cuyas conversaciones va sucediéndose una cadena de vidas quebradas, de historias tan terribles y corrientes como la que ella vive. El libro acaba también con la muerte de otro, el recuerdo del poeta y amigo Eloy Gómez Rube, quien no pudo cumplir con su deseo de morir en Roma.

En Tierras raras resplandecen formas de explorar el sentimiento humano y de condensar con la máxima intensidad y convicción la experiencia de una pareja acorralada. La gravedad de fondo tiene que ver con el descubrimiento constante de que la existencia es frágil, inestable y esencialmente efímera. Unas sensaciones de pureza expresiva y vibración doliente nos acompañan durante la lectura. El don de la autora, ya manifestado en sus relatos y sus novelas, se convierte en el descriptor empático que esta obra requería. No es la enfermedad lo que engrandece su lenguaje o lo depura, es la duda, el miedo, el desdoblamiento y el amor hacia quien padece una existencia perturbada. Este libro tan breve como intenso es también, por consiguiente, una reflexión indeleble sobre la crónica de nuestra propia supervivencia. Una obra de hondo calado literario que ilumina, en clave autobiográfica, una zona común y dificultosa de la experiencia humana.

Tierras raras (Dalya, 2019) | Nieves Vázquez Recio | 108 páginas | 12 euros | Fotografías de Luis Merino Rey

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