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Confieso que sigo viviendo

181030 Lecuras pendientes

EDUARDO CRUZ ACILLONA | En ocasiones, hay portadas que engañan. Y no, no me estoy refiriendo al ABC, que también, sino a portadas de libros, como el que hoy nos ocupa, que engañan para bien.

Porque, a pesar del título, no se trata (sólo) de lecturas pendientes, salvo que por ello entendamos saber interpretar lo que la vida nos tiene reservado por delante.

Tampoco, como pretende hacernos creer el subtítulo, son solamente anotaciones sobre literatura, pues la vida, su vida, la de Pedro Ugarte, se cuela de manera discreta entre líneas y con educado y prudente exhibicionismo en párrafos completos.

No es un ensayo, como apunta la colección en la que ha sido publicado, aunque muchas veces la vida nos pone en la tesitura de actuar en base al método del ensayo – error. Y eso también está en el libro.

A uno, vaya por delante, le viene pasando con Pedro Ugarte lo mismo que con otros autores como Fernando Aramburu, Antonio Muñoz Molina o Eloy Tizón (por citar tres ejemplos cercanos y en riguroso orden alfabético): que da igual de lo que escriban, pues ya es un placer en sí leer cómo escriben.

Y este cúmulo de reflexiones supone un lujo para el disfrute sosegado, una magnífica oportunidad de imaginar charlas de sobremesa con el autor en el añorado Café La Granja o tomando vinos por las Siete Calles, siempre sin salir de Bilbao, porque dónde se va a estar mejor… La literatura aparece aquí como excusa o hilo conductor de un diario no fechado (aunque las menciones que hace sobre su edad van dando sentido temporal a la sucesión de textos) en el que el autor va desgranando su filosofía de vida, como quien echa migas de pan a la propia memoria. La literatura, digo, le sirve de música de fondo para hablar de la condición de vasco, de la lengua vasca, de religión, de los estragos del paso del tiempo, de los amigos, de política o, como decíamos antes, de su día a día en una ciudad que apenas ha abandonado por periodos largos de tiempo.

Cuenta Pedro Ugarte que escribe sus anotaciones en cuadernos de oficina, y uno no puede dejar de pensar en Desde la oficina, de Robert Walser, y en aquel oficinista que fue el autor y que anotaba todo lo que veía a su alrededor. Páginas después, vuelve a la mente el Walser de El paseo cuando lee “Paseo por mi ciudad. En cierta esquina está varada para siempre la imagen de una novia adolescente…”, una reflexión que le lleva inexorablemente a Karmelo C. Iribarren y a su forma de ver y narrar la vida. Como en esa otra reflexión que podría haber firmado también el poeta donostiarra: “Hay una melancólica ficción de eternidad en el hecho de acudir siempre al mismo bar”.

Más adelante, podemos leer sobre ese intento de amistad que quiso labrar Ugarte con José Fernández de la Sota. Y el círculo se cierra cuando, tan sólo horas más tarde, leemos en Facebook una entrada del ya citado Iribarren tildando a éste de “poeta y prosista, de altura”.

Siguen desfilando libros y autores por las páginas del libro. Y sólo uno de Bilbao es capaz de no darle importancia al hecho de publicar con Herralde su primera novela (Los cuerpos de las nadadoras, finalista del premio Herralde de novela en 1996) el mismo día que la editorial saca a la venta Estrella distante, de un tal Roberto Bolaño. Reconoce Ugarte la categoría alcanzada por el autor chileno comparada con la suya, pero su educación no le permite añadir, ya lo hago yo, que él está vivo, lo cual, a efectos prácticos, tiene bastantes ventajas.

Reflexiona, sí, sobre la literatura, mucho (“Los libros que me gustan son los que lamento que se acaben”), pero también sobre la figura del escritor: “La única forma que tiene el escritor de acercarse a los demás no es tendiendo puentes hacia ellos, sino cavando dentro de sí mismo”. Y párrafo a párrafo se van sucediendo anécdotas, fotografías de su biografía y pensamientos que bien podrían completar un libro de aforismos:

La vida, de tan cruel, es una mala novela”.

Yo, de la felicidad, no soy muy partidario”.

Una biblioteca es una biografía completa”.

En relación con esta última frase, en su último libro, La novela del buscador de libros, Juan Bonilla plantea que todo buen lector tiene en su casa dos bibliotecas. Una, la de los libros que ha venido adquiriendo y cuya extensión crece como enredaderas por las estanterías sujetas a las paredes. Y una segunda biblioteca, inmaterial, intangible aún, con todos aquellos libros que desearía leer. La segunda biblioteca, con el paso del tiempo, va creciendo a mucha mayor velocidad que la primera.

Por eso, quizás, podríamos afirmar, imitando (por no decir “plagiando”) a Pedro Ugarte, que la vida es un cúmulo de lecturas pendientes. Y, de esta manera, congraciarnos con el título del libro, hacerlo nuestro y mostrar nuestra satisfacción por tener este ejemplar ya en nuestras estanterías y no en aquella segunda biblioteca.

Lecturas pendientes (Ediciones Nobel, 2018) | Pedro Ugarte |  170 pags. | 20€

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