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Contra el olvido que seremos

El olvido que seremosJUAN CARLOS SIERRA | Como en tantos otros casos relacionados con la vida y con la literatura, llego tarde a El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince. No sé exactamente qué estaba leyendo allá por el año 2006, fecha de la primera publicación de este libro; probablemente mucha poesía en español, todo lo que cayera en mis manos sobre Mariano José de Larra, del que por entonces publiqué un ensayo en la editorial Sílex, y alguna que otra novela que no sé si ha soportado bien el paso del tiempo. Pero lo cierto es que de entre los títulos que llegaban por entonces a las mesas de novedades no reparé en el libro de Héctor Abad Faciolince, tapado muy probablemente por el ruido mediático de las catedrales del mar y los códigos Da Vinci con sus ángeles y sus demonios. Ha sido con el paso del tiempo y lejos de la mercadotecnia editorial, es decir, en el circuito desinteresado y cercano del boca a boca de los lectores amigos, como este libro ha caído por fin en mis manos once años después de su primera publicación, gracias además a la reedición de Alfaguara.
Al ritmo que se renuevan las novedades en las librerías, curiosamente mucho más frenético que el de la moda pero con una diferencia significativa en volumen de ventas a favor del negocio textil, el hecho de que una novela se mantenga en las conversaciones de los lectores durante tanto tiempo habla bien a las claras de su condición de clásico en potencia. Definir lo que significa en literatura la palabra clásico resulta algo complicado. Si consideramos, por ejemplo, a la Odisea como tal, entiendo que se debe, entre otros motivos, a que, a pesar del tiempo transcurrido desde su composición, aún apela directamente al lector del siglo XXI. Algo parecido le ocurre bajo mi punto de vista al libro de Héctor Abad Faciolince: aunque enmarcado en una geografía, en un tiempo y en un contexto social muy concretos, ceñido a un entorno familiar muy singular y centrado en un suceso que conjuga trágicamente ambos planos -público y privado-, los asuntos que trata desbordan la dimensión de lo local, de lo anecdótico, la distancia que el lector pudiera aportar, como quien contempla en la tele cuerpos inertes flotando en las aguas del Mediterráneo sin dejar de dar buena cuenta del plato de estofado que tiene delante. El olvido que seremos apela directamente al lector, como la Odisea y tantos otros clásicos –cada uno a su manera-; la obra de Abad Faciolince no deja indiferente a quien se acerque a ella, se mete en su piel independientemente de las circunstancias temporales, geográficas o personales de lectura, acierta a tocar en lo más profundo del alma humana, sobrecoge, emociona.
El olvido que seremos, como sabrá más de un lector de esta reseña, traza un retrato completo del doctor Héctor Abad Gómez, padre del autor, con sus contradicciones, con sus luces y sus sombras, con sus virtudes y sus miserias, con sus errores y sus aciertos. No se trata, pues, de una hagiografía, tentación que acertadamente aleja Héctor Abad Faciolince de su relato. De esta forma, la imagen del personaje principal de esta biografía novelada queda a salvo del maniqueísmo, del juego fullero que eleva a los altares a un mártir sin mácula –como son todos los mártires-, del alejamiento del lector. En este sentido, la prosa que utiliza el escritor colombiano contribuye a dotar al conjunto de esa sensación de verdad que atraviesa todo el relato. Si un héroe de cartón piedra se encuentra cómodo en un estilo rebuscado, gratuitamente retórico o falsamente poético, a la altura de lo que ha sido su vida según la versión de sus aduladores, a la historia de la trayectoria vital del doctor Abad Gómez le corresponde una prosa fluida, llana, salpicada de rasgos dialectales –sobre todo en lo referente al léxico-, casi oral. A la verdad de una vida le suele venir bien la verdad del lenguaje en que se desarrolla.
Y cuando esa vida, la del doctor Héctor Abad Gómez en el caso que nos ocupa, merece ser recordada, la literatura se erige, en su fragilidad y aparente insignificancia, en el instrumento más eficaz. Ya lo sabíamos –y lo sabe el autor de El olvido que seremos-, porque teníamos el ejemplo de Jorge Manrique, que hizo lo propio con las coplas que le dedicó a su padre don Rodrigo Manrique. Sin embargo, en la muerte del doctor Abad Gómez la literatura se desdobla sobre sí misma para ir más allá del simple recuerdo. En este caso, la literatura también ejerce de juez que no puede condenar en vida a los asesinos, pero que sí tiene la potestad de “decir la verdad y declarar la injusticia (…); para que se sepa. Para alargar su recuerdo un poco más, antes de que llegue el olvido definitivo” (página 296-. Al mismo tiempo, ese empeño por mantener la memoria actúa como manifiesto contra la destrucción y el dolor gratuito de los asesinos, los herederos sudamericanos del “¡Viva la muerte, abajo la inteligencia!” de Millán Astray. Frente a la barbarie exterminadora y ciega que estos representan, la figura de Héctor Abad Gómez se alza como la mejor y más decidida reivindicación de esa inteligencia que algunos pretendían silenciar, de la búsqueda y del gozo de la belleza y del amor incondicional, quizá los máximos atributos de este personaje. Quizá el mejor regalo que como lectores nos puede hacer este libro más allá del compromiso de mantener viva la figura de Héctor Abad Gómez.
El olvido que seremos (Alfaguara, 2017), de Héctor Abad Faciolince | 319 páginas | 18,90 euros

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