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Cuando dos y dos ya no pueden sumarse como antes

EP338202SARA MESA | Mientras leía esta Trilogía de los sonámbulos se me venía a la cabeza, constantemente, la Trilogía americana de Philip Roth (compuesta, como saben, por Me casé con un comunista, Pastoral americana y La mancha humana), no porque tengan similitudes de estilo -que no-, sino por lo que ambas suponen de retrato de una época más allá de las historias particulares que se narran, convirtiéndose de este modo en trípticos de su tiempo.

En el caso de Hermann Broch (Viena, 1886- New Haven, 1951), el fresco histórico abarca la transición de siglo entre finales del XIX y principios del XX, ese periodo en el que se produce la decadencia europea que desembocaría en la Gran Guerra y que anticipaba también el auge de los totalitarismos, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, aunque en el momento en que estas novelas fueron escritas (entre 1931 y 1932) Broch aún no podía saber la dimensión de la catástrofe, que le tocaría a él muy personalmente como judío.

La trilogía contiene Pasenow o el romanticismo, Esch o la anarquía y Huguenau o el realismo y, aunque son obras que podrían leerse por separado, se percibe una clara progresión del sentido y una fuerte fusión entre ellas. En los tres casos, a través de la historia de un personaje central, se contempla todo un espíritu -o estilo, como diría el propio Broch- de época. Así, Pasenow, joven oficial aristócrata de la Alemania de Bismarck, representa los últimos coletazos del XIX y el fin del romanticismo, una época de contrastes en la que “mientras ruedan los trenes y trabajan las máquinas, dos personas se enfrentan y se disparan”. Esta frase se refiere a la muerte en un duelo, por una cuestión de honor, del hermano de Pasenow, que se ve así enfrentado al dilema de continuar la carrera militar -la dignidad del uniforme y la seguridad de las normas- o dedicarse a administrar la hacienda familiar, chocando así su idealismo con el materialismo más evidente. Pero se produce también un dilema amoroso entre Ruzena, la hermosa polaca que conoce en un casino y que representa la trasgresión y la sensualidad, y Elizabeth, modelo virginal de un mundo anterior cuasi feudal. Entre la pasión y la razón, el indolente Pasenow observa con rechazo -pero también con fascinación- a Bertrand, personaje fundamental que reaparecerá en las demás novelas de la trilogía, exponente del pragmatismo y la adaptación a las nuevas formas vitales. “Creo que el sentimiento que tenemos de la vida va siempre rezagado, respecto a la vida real, medio siglo o un siglo”, dirá el propio Bertrand.

En la segunda novela, Esch, personaje ambiguo -soñador, pero también trapacero y falto de escrúpulos-, trata de adaptarse a un mundo depredador en el que imperan los engaños y los negocios sucios. Aunque fantasea con huir a América, la historia se desarrolla entre Colonia -con su centro en el bar de mamá Hentjen, la viuda madura con la que terminará casándose- y Mannheim -por su trabajo en el puerto en la compañía que dirige el enigmático Bertrand-. Ruzena tiene igualmente su cameo, lo que nos trae no sólo la sensación de avance temporal, sino también de decadencia. Para los personajes no hay muchas salidas: “Arrojados al seno de la libertad, han de edificar de nuevo el orden y la justicia; no quieren seguir dejándose engañar por los ingenieros y los demagogos, odian la obra del hombre en todas sus manifestaciones estatales y técnicas, pero no se atreven a rebelarse contra ese malentendido milenario ni a provocar la terrible revolución del conocimiento que llevaría a reconocer que dos y dos ya no pueden sumarse”. Esch, lujurioso y embaucador, nos cae peor que Pasenow, pero aún nos caerá peor Huguenau, el protagonista de la tercera novela, un desertor que se maneja con asquerosa habilidad en el contexto de la rapiña propio de la guerra, y que no hace ascos al fraude, la traición e incluso el asesinato. Los razonamientos que utiliza para justificarse son de una frialdad y un cinismo apabullantes: “¡Qué difícil es, por encima de toda medida, distinguir un sacrificio de un asesinato! ¿Tendrá que destruirse todo, antes de que el mundo pueda ser redimido y conducido al estado de inocencia? ¿Tendrá que estallar de nuevo el diluvio universal?”. Estas reflexiones sobre la destrucción total para la edificación de un nuevo orden nos hacen pensar, cómo no, en la gestación del nazismo: en esta tercera novela -la más larga y la más compleja en su arquitectura narrativa-, ya aparece en primer plano la cuestión judía.

Si las dos primeras patas de la mesa mantenían una narrativa de corte clásico y realista cercana a la mirada apesadumbrada y lúcida de Dostoievski, en esta tercera prevalecen la fragmentariedad y el simbolismo. La historia de Huguenau, enfrentado a los protagonistas de las novelas anteriores, se difumina entre la de otros personajes intercalados y el sentido metafísico se impone, trufado con multitud de digresiones filosóficas e incluso salmos que a veces entorpecen el ritmo de lectura y en ocasiones lo hacen tedioso. Imagino que esta evolución es inherente no sólo al tipo de escritor que era Broch -que anticipa aquí el hermetismo de su novela más conocida, La muerte de Virgilio (1945)-, sino también a una revolución narrativa paralela a la que llevaba a cabo James Joyce en lengua inglesa -escritor que, por cierto, contribuyó a la liberación de Broch cuando fue detenido por la Gestapo-. Hannah Arendt definió como un “imperativo ético” la “misión” que Broch acometió en su obra: si la civilización tal como se entendía estaba siendo destruida, el lenguaje no podía continuar impasible, igual que antes. El conflicto que devora a las civilizaciones tiene su plasmación así en esta trilogía que, como bien apuntaba Javier Avilés en su blog El lamento de Portnoy, “admite una lectura hegeliana, en cuanto devenir histórico, no en los términos popularizados por Fitche, Tesis, Antítesis, Síntesis, sino a través de los que emplea Hegel y su identificación con cada uno de los personajes protagonistas: Pasenow (Afirmación), Esch (Negación) y Huguenau (Negación de la negación) (quienes conozcan el argumento de Huguenau no podrán reprimir un escalofrío ante esta “negación de la negación”)”

La publicación conjunta de estas historias de sonámbulos en un solo tomo a un precio excepcional es una oportunidad para conocer a uno de los escritores europeos más nombrados (siempre puesto al lado de Kafka, Musil, Mann o Joyce) pero menos leídos. Son casi novecientas páginas de una arquitectura literaria densa, irónica y escurridiza, un trago largo, pero en el que bien merece la pena adentrarse.

Trilogía de los sonámbulos (Debols!llo, 2016) de Hermann Broch | 844 páginas | 14,95 € | Traducción de María Ángeles Grau

admin

2 comentarios

  1. Magnífico, Sara. Había empezado un par de veces y siempre la había dejado, pero tu reseña me anima a intentarlo de nuevo. ¿Qué le pasó a Broch con Joyce? Para Steiner, son junto a Kafka (y quizás Mann) los novelistas más relevantes del siglo XX. Dice, a su modo erudito, zumbón y con frecuencia arbitrario, que a la altura de «Ulises» sólo está «La muerte de Virgilio». Por lo visto, Broch acabó sus días en EEUU casi olvidado y en la miseria, ¿no?

  2. Sí, suele comparase con Joyce, pero sobre todo por «La muerte de Virgilio», muy diferente a esta trilogía. Por ahí leí que la inteligencia de Broch le impedía narrar porque su mente solo se detenía ante las ideas, nunca ante los sucesos, lo cual no lo convertirá nunca en mi escritor favorito 😉
    De sus años finales parece que Losada publicó hace unos años un libro de memorias, «Autobiografía psíquica».
    Pero estoy segura de que estos sonámbulos te pueden gustar mucho.

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