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Cuando el mundo se podía cantar

ACA0261De rerum natura. De la naturaleza

Lucrecio

Acantilado, 2013

ISBN: 978-84-15689-17-1

608 páginas

33 €

Traducción, prólogo y notas de Eduard Valentí Fiol

Prefacio de Stephen Greenblatt

 

 

Manolo Haro

En apenas cinco páginas, el escritor Marcel Schwob le imaginó a Lucrecio una vida que sus exégetas sólo habían podido pergeñar a partir de las escasas noticias que habían llegado hasta nosotros. De hecho, en esas magistrales Vidas imaginarias del escritor francés asistimos a la mágica encomienda que a veces tiene la literatura: la de poblar de luz las sombras de lo perdido, lo olvidado, lo escondido o lo desconocido. Hemos de imaginar que fue San Jerónimo el que habría facilitado la mecha que prendió Schowb, pues es el santo el que afirma que Lucrecio escribió su obra en los períodos de lucidez que pudo tener tras ingerir un filtro de amor, y que él mismo se quitó la vida a la edad de 44 años. En la corta semblanza que de él hace el novelista lo vemos jugando en los bosques con su amigo Memmio (al que dedicará De rerum natura), la vuelta a su hogar tras estudiar en Roma con una africana de la que estaba enamorado, la pérdida del deseo, la ingesta de la pócima preparada por la joven, la melancolía sanada por la lectura de un rollo de su biblioteca firmado por Epicuro, su última noche de pasión amatoria y su muerte. De todo ello, hemos de tomar como cierto no más que lo que nos regalaron las líneas de San Jerónimo.

De Lucrecio sabemos que fue un poeta pagano epicúreo del siglo I a.C. y que compuso, como un himno gigante y extraño, un poema filosófico dedicado a su amigo Gayo Memmio con el que quería despojar al mundo de mentiras doctrinales cuya base fueran creencias y supersticiones. Un trabajo de unas dimensiones titánicas que fundía un afán “científico” con otro poético. Pero extrañamente Lucrecio fue obviado por sus contemporáneos, a pesar de que Cicerón (de quien se dice que le dio forma final a la obra tras la defunción de su autor), Ovidio y Virgilio defendieron su valía. El motivo, según afirma Stephen Greenblatt en la presentación de esta edición, tal vez se debiera a que se contraponía a los valores de la época: el culto piadoso a los dioses, el militarismo, los espectáculos violentos en la arena de los circos, el orgullo cívico y el deseo de fama personal. Incluso el cristianismo medieval podía hacer poco uso de una doctrina que negaba la existencia de un dios todopoderoso. El silencio programado confinó esta obra al oscuro pozo del olvido. No será hasta 1417, cuando Poggio Bracciolini, humanista italiano buscador incansable de las huellas del saber clásico, se topó con una copia de De rerum natura en un monasterio alemán. De ahí en adelante, el poema será motivo de admiración, estudio y polémica.

La obra plantea que el universo consiste tan sólo en átomos y vacío, por lo que la suposición de que haya fuerzas espirituales operando el mundo resulta innecesaria. No se precisa de un creador. Sólo hace falta un desvío mínimo para que los átomos choquen entre sí y que nuestras casuales existencias tomen forma. Luego, tras un período de tiempo, el alma y el cuerpo se desintegrarán sin dejar memoria de su estadía en la Tierra. Estas ideas llevaron de la mano a la hoguera del Campo dei Fiori en 1600 a Giordano Bruno. Pero la pólvora de Lucrecio humedecida por el olvido se secaba al calor luminoso del Renacimiento, hasta el punto de que se puede leer El nacimiento de la Primavera de Botticelli con el primer libro de De rerum natura en la mano. Luego Montaigne, Newton, Darwin, Freud, Marx y Einstein harían uso del legado filosófico-científico que la obra lucreciana les legaba, hablándoles con sabio empuje desde la distancia del siglo I antes de Nuestra Era.

Pero, ¿cuál es el fin de la obra?; ¿qué buscaba Lucrecio? A pesar de que dar una respuesta a tales preguntas nos comprometería a introducirnos por los vericuetos de la ecdótica, parece que el autor buscaba un fin terapéutico. El amor es el motor del mundo, centro y fin de todas la cosas, fuerza sublime que encadena los fenómenos naturales y a los que el hombre puede llegar con la observación y no con las revelaciones esotéricas. Cuando el poeta hace un elogio a su maestro Epicuro, afirma que “su vigoroso espíritu triunfó y avanzó lejos, más allá del llameante recinto del mundo, y recorrió el Todo infinito con su mente y su ánimo. De allí nos trae, botín de su victoria, el conocimiento de lo que puede nacer y de lo que no puede, las leyes, en fin, que a cada cosa delimitan su poder […]. Con lo que la religión, a su vez sometida, yace a nuestros pies”. “Finis doloris” enuncia unos de los epígrafes del primer libro de la obra es “ese fin del sufrimiento (gracias a la ciencia)” cuyo cometido esencial quiere dejar claro el poeta desde el arranque del libro y a lo largo del mismo: “me esfuerzo en libertar el ánimo de los apretados nudos de las supersticiones; además porque sobre asunto tan oscuro compongo versos tan luminosos, rociándolos todos con el hechizo de las Musas”. La seguridad de que la obra legaba al mundo no sólo un valor científico sino también un monumento poético hace a su autor colocar entre sus versos científico-líricos esta suerte de apología de su trabajo.

De rerum natura expone casi al completo la Física epicúrea por medio de la equilibrada simetría de sus seis libros repartidos en parejas temáticas: el Libro I plantea los adagios primordiales (“nada nace de nada” y “nada vuelve a la nada”), mientras que el Libro II explica los principios del atomismo y el movimiento de los átomos; el Libro III versa sobre el alma y su composición material, lo cual la emparenta con el cuerpo en su mortalidad, y el Libro IV trata sobre la teoría de las sensaciones; por último, la pareja formada por los Libros V y VI se reparten respectivamente la génesis y muerte del mundo y sus habitantes, y el estudio de los fenómenos atmosféricos y la causa de las enfermedades, rematando con la descripción de la peste de Atenas. El mayor lirismo descansa en los proemios de cada uno de estos libros. En ellos el tecnicismo presente en algunos pasajes desaparece en pro de un lirismo gozoso.

Llama la atención que no haya en la obra de Lucrecio ninguna referencia polémica a los estoicos, entre otras cosas, porque a la larga ambas escuelas coincidían en dogmas fundamentales: el materialismo, el dogmatismo cognoscitivo, la creencia de la transitoriedad del mundo y el ideal del sabio que consistía en la intimidad de la conciencia frente a la circunstancia exterior (algo  fundamental para cualquier pensamiento consciente, según supieron aquellos que hicieron del tópico del ‘Beatus ille’ su ‘modus cogitandi’). Las fuentes lucrecianas recorren un nutrido número de nombres que en su variedad dan la variada y estimulante conjunción de saberes, estilos y visiones del mundo presentes en la obra: el citado Epicuro, Empédocles, algunos ecos de Eurípides, Homero, Ennio o Catulo. Todas estas influencias ofrecen la medida de lo que es De rerum natura: un poema lúcido, vigoroso, armonioso que destila tanto efluvios épicos y trágicos, como filosóficos y líricos. Cualquiera que se acerque a estas páginas hallará el afanoso trabajo de un poeta que parte de la sección mínima de la realidad, el átomo, para hilvanar un discurso que tiende hacia todo lo que rodea la existencia humana, el mundo y sus circunstancias.

Resulta curioso constatar que ciencia y poesía se siguen dando la mano a la hora de pensar el universo. El mundo de Lucrecio comenzaba en el átomo y no iba más allá del cielo de las estrellas fijas. Hoy día los físicos recurren a las metáforas para construir una imagen que luego desarrollarán con hipótesis y fórmulas. Los científicos-poetas que viajan en tren a cualquier convención a las afueras de las grandes ciudades están más próximos al poeta latino de lo que ellos mismos podrían sospechar. Cuando el proceloso mar de lo inexplorado acucia la mente del sabio, sería conveniente que acudieran en su ayuda las liras de las musas. Seguro que así se vendería más literatura científica.

Esta excelente edición bilingüe de Acantilado pone en las manos del lector la posibilidad de degustar la cadencia de la obra original pero también la magnífica traducción que de ella hiciera el sabio latinista Eduard Valentí Fiol años ha, sin haber perdido un ápice de su extraordinaria fidelidad al texto y al buen hacer del oficio de traducir. Picotear de este volumen a cualquier hora (preferiblemente la noche) puede producir un gozo duradero.

admin

10 Comments

  1. Además, qué envidia… Me encantaría tener un amigo que se llamara Gayo Memmio, no digamos ya Empédocles…

  2. Todos sois iguales… queréis ser amigos míos porque mola.
    No me valoráis nada, tunantes.

  3. Por qué hoy no participa Chris Pante? No le gusta lo clásico? Es antiatomista?
    Necesitamos de esas perlas subcríticas. Por favor, danos tu amor.

  4. Soy emocionado porque preguntaron por mí. Si algo soy, es clásico. Clasiquísimo, incluso. Pero comprenderán, me costó un tiempo acabar la crítica, don Haro, porque es usted poeta o algo, que tiene un gran nivel lírico y se le nota el entusiasmo, y lo de los efluvios también.
    Lo que no entiendo bien es lo del rollo de la biblioteca de Lucrecio, pues según tengo entendido era una biblioteca de gran nivel, no un rollo.
    De todas formas lo clásico no mola, como se dice ahora, le dices a alguien lucrecio y piensa en la chica de las trenzas de colores, una que canta, todo bien pero de rerum natura, qué?
    señor Haro, me gustan sus críticas tan sentidas, si no he comentado antes es por falta de palabras tan bellas como las suyas. El final es tan entusiasta, lo del gozo duradero nocturno, que me hizo replantear algunas cosas de mi vida, que a veces la verdad soy un poco más bruto en mis goces, usted me entenderá
    Gran Saludo, sobre todo para Chin Lu, sea quien sea y esté donde esté, en mi corazón ya lo llevo.

  5. ¡¡¡Magnífico, Manolo!!! Leído lo leído, te aconsejo echar un ojo a la obra más reciente de Eulalia Boch (o Bosch, no estoy seguro), que anda empeñada en conciliar ciencia y poesía. Un científico y lírico abrazo.

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