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Cuando más rudo era el fuego

9788439732150ALEJANDRO LUQUE | Tenemos unos hechos. Tenemos una novela inspirada en esos hechos. Tenemos preguntas.

Los hechos son los siguientes: en 2004, en la ciudad santa de Najaf (Iraq), el ejército español libró su batalla más importante en 50 años. En pleno traspaso de poderes entre el gobierno popular saliente y el socialista de Zapatero recién encumbrado por las urnas, se produjo un choque que se saldó con 20 iraquíes muertos y otros 200 heridos, mientras que por el lado de la coalición –España estaba acuartelada con soldados estadounidenses, salvadoreños y mercenarios blackwater– hubo un muerto y catorce heridos.

Aunque el Gobierno español nunca reconoció la gravedad de los hechos –el propio ministro Bono los definió como “un tiroteo”–, hay constancia de que fueron entre mil y dos mil los milicianos chiítas del autoproclamado Ejército del Mahdi que atacaron el cuartel español Al-Andalus con la idea de expulsar a los extranjeros de Najaf, un centro de peregrinación islámico solo comparable a La Meca y Medina. La acción, perpetrada por hombres dotados de escasa formación militar, mal armados e insuficientes en número, solo puede ser calificada de suicida.

Una vez asegurada la plaza y repelida la agresión, las tropas españolas fueron acusadas de pasividad, cuando no abiertamente de cobardía, por parte de sus compañeros norteamericanos y salvadoreños. Sin embargo, los soldados españoles protagonizaron como mínimo una acción heroica cuando cuatro blindados BMR españoles salieron del cuartel Al-Ándalus de Najaf abriendo fuego con sus respectivas ametralladoras –aunque al principio varias no funcionaran– para rescatar a 150 personas que se habían quedado aisladas en otro cuartel. Al no haber sido reconocida la batalla por parte de las autoridades, los héroes nunca fueron condecorados como tales.

Hasta aquí los hechos. Ahora, la novela.

Álvaro Colomer, conocido hasta ahora como autor de novelas escritas bajo una fuerte atracción por la muerte, como La calle de los suicidios o Los bosques de Upsala, cambia por completo de registro para meterse de lleno en una historia coral, donde los personajes suman sus puntos de vista para brindar al lector una mirada de 360 grados sobre los hechos.

Muestra así la patata caliente que cae en manos españolas cuando nuestros soldados asumen el control de un enclave fundamental para el futuro del país violentamente liberado del yugo de Sadam Hussein. Explica también el modo en que cada uno de los ejércitos congregados en Najaf tenía sus propios protocolos, y el español es severamente restrictivo con el uso de la fuerza. Ello –siempre dentro de la reconstrucción ficcional, aunque verosímil– propició que los estadounidenses tendieran la trampa que alentó la revuelta de los iraquíes.

Así, los marines secuestraron a un lugarteniente chií camuflados con uniformes del ejército español, y sin hablar entre ellos para no delatarse. Cuando la mujer del secuestrado denunció la situación y una multitud se dirigió al cuartel para exigir su liberación, los españoles no tienen ni idea de lo que le están hablando. Pero la esposa del chií había asegurado a la CNN que eran españoles quienes entraron en su casa…

A este caos sobrevenido se sumó, como se ha apuntado antes, la cuestión política. Cuando los mandos informan de la situación y preguntan al gobierno, se encuentran con el vacío de poder derivado de la transición en el poder. El PP, escarmentado por las masivas manifestaciones en contra de la guerra, se lavó las manos, mientras que el PSOE adujo que todavía no poseía la cartera de Defensa. Nadie hubiera asumido el escándalo de un solo español volviendo a casa en traje de pino. Así, el alto mando de la brigada española –integrada por caballería mecanizada, legionarios y guardias civiles, entre otros cuerpos– decidió no intervenir en la defensa de su propio acuartelamiento, dejando esta tarea en manos de sus aliados, porque es mejor quedar como un gallina a enfrentarse a un consejo de guerra.

Afirma Colomer que, tras un sinfín de viajes por España, Estados Unidos, El Salvador e Iraq, y más de 200 entrevistas realizadas, podría haber escrito un extenso reportaje, pero prefirió la novela como el género por excelencia de las grandes historias. No estoy de acuerdo con ese criterio, pero sí reconozco que ha logrado escribir una buena novela, su mejor novela. Tal vez haya en estas páginas cierto exceso de testosterona, y se eche en falta algo más de caos, de dudas y hasta de inocencia, porque –y esto es algo que no debemos olvidar– las guerras las hacen hoy, mayoritariamente, chicos jovencísimos, muy desubicados en sus destinos, ávidos de adrenalina pero muy poco preparados para el auténtico horror. Dicho esto sin quitar méritos al autor barcelonés, que con el anclaje de los hechos reales, ha conseguido dar vida a siete personajes muy sólidos, y meter al lector de cabeza en una acción tan compleja como trepidante.

Solo quedan, pues, las preguntas.

Por ejemplo, ¿por qué en la literatura española, Guerra Civil aparte, hay tan poca tradición de narraciones bélicas? ¿Nadie se ha propuesto escribir las andanzas de nuestros soldados en el Golfo, en los Balcanes, en Afganistán? ¿Acaso este relativo silencio concuerda con un rechazo muy generalizado hacia todo lo que huela a uniformes? Algo que el libro de Colomer reclama a gritos, además de un reconocimiento a los soldados implicados en la refriega, es una toma de posición del lector-ciudadano español ante su propio ejército. ¿Cómo conciliar el clamoroso pacifismo de las masas con la implicación del país en los acuerdos de seguridad internacional? Aceptando que la foto de las Azores y su traslado práctico al campo de batalla fue uno de los peores desastres desde la II Guerra Mundial, ¿qué tan irresponsable fue la súbita retirada de las tropas decretada por Zapatero? Y por otro lado, ¿no esperamos hasta los más acérrimos antimilitaristas que alguien le zurre la badana, pongamos por caso, a un Gadafi o a un Asad? ¿Quién paga esa cuenta? ¿Alguien cree que puede acometerse una tarea así sin bajas? ¿Sin muchas bajas, quizás?

Ese es, junto con su valor testimonial, el principal valor de Aunque caminen por el valle de la muerte: el reto de replantearnos la función de algo tan importante, y tan gravoso, como es nuestro ejército. Y, en el caso de Iraq, formular un par de preguntas más: ¿Hemos llegado a saber qué ganamos yendo allí? ¿Sabemos ya qué perdimos al marcharnos?

Aunque caminen por el valle de la muerte (Literatura Random House, 2017) de Álvaro Colomer | 256 páginas | 18,90 €

 

admin

2 Comments

  1. Estoy muy de acuerdo con la espléndida reseña de Alejandro Luque. La novela de Colomer, que aún no he leído, explora y describe un mundo virtual, prácticamente inexistente, para el común de los españoles. Son los mismos mimbres desde los tiempos de ‘La Ilíada’: ambición, honor, verdad, heroísmo, sufrimiento, olvido…
    Bienvenida sea. Y gracias por la reseña, es verdaderamente buena y útil.

  2. Gracias, Ignacio. Creo que el libro vale la pena, que lo disfrutes.

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