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¡Cuidado! Tener pareja te puede convertir en objeto de reprobación

PortadaTórtolos

CAROLINA EXTREMERA |“Muchas veces, la presencia de otra persona, no solo no enriquece los momentos fuera de serie sino que te impide aprovecharlos, porque esa otra persona prefiere acostarse temprano, porque tiene frío en la terraza, porque no soporta el marisco ni las películas de terror”.

Imaginen a una persona que se encuentra desubicada y no consigue prepararse bien su propia comida, a la que decorar una casa le parece un mundo, una persona que pasa sucesivamente por fases tan conocidas como la obsesión por la alimentación, el culto al cuerpo y al deporte, el campo, los paseos por la ciudad, el tango o el deseo repentino de escribir un libro utilizando como base vídeos de YouTube sobre escritura creativa. Por supuesto, en el convencimiento absoluto de que cada una de estas revelaciones le van a llevar a la verdadera vida, a la auténtica salvación.  Huele a divorcio, ¿verdad? Incluso, podría ser una depresión que se agarra a etapas eufóricas. Nos imaginamos a esta persona escribiendo en sus redes sociales estados en los que se autoconvence de lo bien que se encuentra. Separación, sin duda.

Sin embargo, para Alexandre Postel esa situación no se corresponde a un divorcio, sino a una relación. En Los dos tórtolos (Nórdica, 2018) encontramos a Dorothée y Théodore – sí, los nombres son casi el mismo, festival del humor – que se van a vivir juntos y tienen que lidiar con la vida de pareja que, ensuciada e importunada por detalles logísticos como la comida, el alojamiento, o la limpieza, no es tan idílica como esperaban. Es fácil sentirse identificada con los capítulos en los que no saben hacer bien la compra o se lamentan de la suciedad que les rodea como si fuera indigna de ellos, porque es el comienzo de cualquier vida fuera de la casa familiar pero, ¿por qué continúan años y años cambiando una pasión por otra sin llegar a entusiasmarse por ninguna? ¿qué les pasa? El autor quiere convencernos de que no les ocurre nada, de que esa actitud de aburrirse de la vida es lo natural y común en todas las parejas.

Para ello, utiliza un tono difícil de clasificar, entre irónico y frío. La mayoría del tiempo parece estar describiendo pero, de alguna forma, se las arregla para que el lector sepa que está desaprobando lo que muestra. Al principio, cuenta cómo la pareja se constituye y retrata a los padres de Dorothée y Théodore, y todo es tan típico que quedan claras las reglas del juego: hemos venido a despreciar profundamente a las personas normales, y las despreciaremos mucho más si tienen la más mínima pretensión de sentirse especiales.

Así, los protagonistas empiezan a cohabitar y no tienen más remedio que ocuparse de lo prosaico, de lo terrenal, es fácil sentir simpatía por ellos ellos cuando una misma hace tiempo que sabe que la adultez, en realidad, no es más que una falacia. En un momento dado, Dorothée reflexiona alegrándose de haber abandonado la adolescencia, pero cuando se detiene más profundamente a pensar, se pregunta:

¿Había salido de verdad? ¿Se salía alguna vez? Al menos, y no era desdeñable, los demás lo daban por hecho: te concedían responsabilidades, te daban dinero para pagar un alquiler, te hablaban como a alguien que sabe lo que quiere. Y tanto insistían que acababas por creértelo. Una comedia sustituía a la otra”.

Cuando por fin logran, nunca del todo, por supuesto, adaptarse a la vida en común, todo lo que deciden hacer es para su autor absolutamente risible y reprobable. Su despiste, su necesidad fracasada de sentir que no son del todo convencionales son cuestiones que me han resultado más dignas de piedad y de empatía que de escarnio. En algunos momentos me ha venido a la mente Revolutionary Road, la novela de Richard Yates que se llevó al cine protagonizada por Leonardo Di Caprio y Kate Winslet. También trataba de dos jóvenes que deseaban sobrevivir, ser especiales, no dejarse avasallar por la mediocridad de los años cincuenta. Sin embargo, cuánto respeto, cuánta épica, cuánta misericordia en Richard Yates y cuánta ironía en Alexandre Postel.

Uno de los problemas que el autor decide sacar a la palestra y que está presente constantemente es la disolución del yo, esto es, el dejar de saber qué parte de una persona se debe a sí misma y cuál a la influencia de su pareja.  Esa idea, la del ser que queda sepultado por culpa del matrimonio, presupone la existencia de un yo a priori, de una esencia propia anterior a la contaminación. Le recomiendo a Monsieur Postel que vuelva a leer a su compatriota Diderot y se convenza de una vez de que no somos más que un conjunto de comportamientos variables. Si quitamos todas las influencias, simplemente quedan unas funciones corporales básicas.

Si algo que me ha llamado la atención en Los dos tórtolos es la presencia de reflexiones que me han resultado muy similares a las que admiraba en mi adolescencia cuando leía las obras de Milan Kundera. Esa atención que se focaliza en algo aparentemente sin importancia y desata toda una deducción acerca de la filosofía de vida de un personaje o acerca de su carácter. Un ejemplo entre muchos:

“Había visto, por televisión, a un bombero que contaba una intervención en la que había estado a punto de morir: entonces me acordé de mi madre – dijo con voz emocionada – ; por lo visto en momentos así siempre se acuerda uno de su madre. ¿A quién llamaría él en el lecho de muerte?¿A su madre o a Dorothée? ¿Estaría aún Dorothée a su lado? Si tenía esa seguridad, ¿por qué no casarse con ella?”

Tal vez este libro resulte más divertido o agradable si el lector consigue reprobar las mismas cosas que Alexandre Postel. Como las películas de Woody Allen, que se disfrutan más cuando se está en contra de los Republicanos de EEUU y se los encuentra tan risibles como los halla él.

Los dos tórtolos (Nórdica Libros, 2018) |Alexandre Postel|Traducción de María Teresa Gallego| 232 págs. | 19.50€

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