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De culo o de tetas

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JOSÉ MARTÍNEZ ROS | Hay una cierta superstición que priva a los creadores de su condición humana. Que los priva de su derecho al error y, sobre todo, a la decadencia. Los grandes románticos británicos, por poner un ejemplo, –Shelley, Keats, Byron…- murieron relativamente jóvenes, y podríamos especular sobre las obras maestras que nos habrían legado en el caso de haber vivido muchas más décadas; tal vez hubiera sido así, pero también podríamos haber asistido al lento, amargo, eclipse de su imaginación y a la perdida de la energía visionaria que animaba sus obras, como sucedió al que, de una manera u otra, fue el maestro de todos ellos, William Wordsworth, que durante los últimos cuarenta años de su existencia fue incapaz de componer un solo poema de valía.

Haruki Murakami (1949) es uno de los autores más conocidos del planeta. La aparición de cada una de sus novelas es un acontecimiento, por derecho propio, y aún concita la atención de numerosísimos lectores. No es muy apreciado por sus colegas de oficio, al menos en España, ni siquiera por sus mejores obras, aunque esto es más bien atribuible a las carencias educativas y de la vida intelectual de nuestro país, ya que ocurre algo parecido con el difunto mártir de la literatura postmoderna, David Foster Wallace, o incluso con un escritor tan clásico a estas alturas como Thomas Pynchon, que ya ocupa su lugar en el canon del siglo XX junto a Nabokov y Borges (de hecho, es probable que si no fuera por el miedo al ridículo  también denostarían a Borges). No obstante, por triste que nos resulte admitirlo, los últimos libros de Murakami no han estado a la altura que han fijado sus mejores obras.

Su última gran novela publicada en español fue la genial Kafka en la orilla, publicada originalmente en 2002. Libros más recientes como la larguísima 1Q84 y la novela corta Los años de peregrinación del chico sin color, no aportaban demasiado a sus lectores veteranos, y de hecho  estaban cuajados de tics y repeticiones superfluas Sólo algunos soberbios relatos, como los de Hombres sin mujeres, nos devolvían al mejor Murakami, el autor de alguna de las narraciones más extrañas, imaginativas e intensas de nuestro tiempo; unas narraciones que poseían en grado supremo aquello que precisamente Foster Wallace consideraba las dos señas de identidad de un escritor de talla: primero, que cuente buenas historias, con tramas complejas e intensamente dramáticas y, segundo, que esas historias estén llenas de personajes creíbles y bien trazados. De hecho, la extensa La muerte del comendador llegó a nuestras librerías casi al mismo tiempo que se estrenaba Burning, una de las grandes películas del año pasado, adaptación de su excelente relato breve Quemar graneros.

Creo que una novela tan fallida como La muerte del comendador nos obliga a considerar, al menos provisionalmente, a Murakami como un autor agotado. Hay algunos ingredientes comunes que reconocemos con facilidad sus lectores avezados: un protagonista que ha perdido a su esposa y que, con su vida desmoronada, se adentra en un territorio desconocido; una adolescente precoz, sensible e inteligente que se convierte en una especie de nexo entre un mundo y otro; un misterioso émulo del Jay Gatsby de Scott Fitzgerald; la importancia de la música en la trama –en particular, la ópera Don Giovanni de Mozart-; una casa y/o un pozo que sirve como pórtico a otra realidad; y un episodio particularmente tenebroso de la historia –en este caso, la anexión de Austria por la Alemania hitleriana- como una pesadilla que vuelve al presente. Sin embargo, esos elementos que en otros libros –en particular en lo que podríamos considerar sus obras maestras: la dupla La caza del carnero salvaje/Baila Baila Baila y en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo- se conjugaban de manera magistral, con un efecto hipnótico, resultan, a la hora de la conclusión, inanes y vagos. Las excursiones al fantástico, que siempre han sido un punto fuerte de Murakami, se convierte, en este caso, en una mera excusa para cerrar una trama desarrollada de una forma increíblemente insatisfactoria. Y alguna de sus obsesiones termina adquiriendo una dimensión un tanto cómica. Creo que todos los varones hemos tenido alguna vez, probablemente en nuestra adolescencia, una conversación en la que alguien nos preguntó: “¿tú eres de culo o de tetas?” Diría que ningún lector de Murakami, aunque solo haya leído uno o dos libros suyos, tiene ninguna duda respecto a lo que respondería.

La muerte del Comendador Libro 2 (Tusquets, 2018) | Haruki Murakami | 490 páginas | 21.90 € | Traducción de Fernando Cordobés y Yoko Ogihara

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