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De la novelesca e inmutable condición humana

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VICTORIA LEÓN | ¿Qué hace una urbanita redomada como yo, incapaz de sobrevivir a un fin de semana de casa rural, con un libro como este en las manos? Créanme si les digo que me lo pregunté muchas veces mientras leía, con fruición desconcertante, esta novela que inaugura la prometedora colección de narrativa de la editorial Athenaica. Perplejidades e íntimas contradicciones aparte, lo cierto es que acabé devorando el libro casi de un tirón, y que este logró captar mi interés en todo momento a puro golpe de sabiduría narrativa, de poderío verbal y poético, de impactantes momentos de un naturalismo casi descarnado y hasta de pequeñas vislumbres de una especie de realismo mágico de factura ibérica.

Todo eso me permitió descubrir donde menos lo sospechaba una novela interesante, mucho más allá de la sociolingüística o la antropología, que nos habla de un mundo para nosotros extinto y lejano transformándolo en material literario de primera calidad. Una literatura con pátina de clásico, pese a mostrar los inevitables desgastes del tiempo, e impregnada de ese sentido de la tierra y de lo universal con el que sus editores han querido dar identidad a un catálogo que reúne ya nombres como los de Flaubert y Romero Murube o los hermanos José y Jesús de las Cuevas, los autores de esta obra a cuatro manos. Dos dramaturgos y novelistas nacidos en Madrid en los años 1918 y 1920, respectivamente, aunque oriundos de Arcos de la Frontera, donde pasaron la mayor parte de sus vidas, que obtuvieron con ella en 1958 el premio Juan Palomo de novela.

La obra se desarrolla a lo largo de más de un siglo en el marco de una explotación agraria, el cortijo de “San Rafael”, que en 1869 hereda el primero de los protagonistas de un relato coral donde los autores diseccionan los deseos y las pulsiones más recónditas de casi cada uno de los muchos personajes que, en primer o segundo plano, transitan por sus páginas. Aunque el lugar mismo sea (como explica en el prólogo Jacobo Cortines citando a Romero Murube) su verdadero y único protagonista. Cortines destaca como principal valor literario de la obra “una frescura, una agilidad, una inventiva, una prosa grácil y grave que no han sido desplazadas por novelas posteriores”. Y baste algún ejemplo de lirismo y plasticidad sorprendentes para darle la razón:

“Hacía calor. Un calor pegado sobre la tierra caliente, seca, ya con las grietas del verano. El sembrado de trigo era una selva diminuta y dulce. Se le oía crepitar, hervir, como si la vida barbotara dentro. Los saltamontes, las chicharras, los sisones, las avutardas, las bandadas de perdices y codornices que en junio son como pollos grandes, participaban de la gran aventura del trigo maduro cuya promesa son 20 granos como miel en cada espiga que se balancea […] En el arroyo, los galápagos nadaban con la cabeza fuera del agua. Las abejas trabajaban en los alverjones de color violeta. Los jaramagos tenían ya las vainas de semillas, que parecían minúsculos antifaces verdes”.

Para el lector de hoy impresiona, aun cuando solo sea por su curioso efecto de extrañamiento poético, la imponente riqueza de un léxico agrícola que “muestra su evolución desde los términos tradicionales hasta su sustitución por un vocabulario técnico nuevo”, en palabras de Cortines.  Y sus páginas dan la impresión de querer ser, en muy gran parte, la crónica de la intrahistoria de esa transformación del campo que el inicio de la tecnificación y la modernización de los medios de explotación agraria conllevó en su época.

Pero la novela no se agota en ese propósito del allí y el entonces. Muchas generaciones pasadas ya desde que se escribiera, y cuando el futuro de la ficción es materia pretérita para nosotros, una escisión aún mayor en la visión del mundo nos separa de aquel escenario y de aquellos personajes marcados por un espacio moral indesligable de la costumbre, que aquí se presenta casi emanado con carácter de necesidad de la propia tierra. Aunque, misterios de la catarsis que en última instancia supone toda creación artística que cumple su función, hay algo en sus páginas que sigue interpelando directamente a nuestras pasiones, y que al fin y al cabo  nos recuerda, ni más ni menos, lo que somos. Ese caos de crueldades y ternuras, de lealtades y traiciones, de fe y desengaños por el que discurre, sobre esta a veces cómplice y a veces implacable tierra que pisamos, aun cubierta de asfalto y engalanada con todas las sofisticaciones de la tecnología, nuestra sufrida y novelesca condición humana.

Historia de una finca (Athenaica, 2018) | José de las Cuevas y Jesús de las Cuevas | Prólogo de Jacobo Cortines | 265 páginas | 18 €

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