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De Litteraria Expeditione et Sophortia

 

Mason y Dixon

Thomas Pynchon

Tusquets, 2012. Colección «Fábula»

ISBN: 978-84-8383-385-8

960 páginas

12,95 €

Traducción de Jordi Fibla

 

 

 

Fran G. Matute

A simple vista, poca enjundia parece ofrecer el trazado de una demarcación geográfica. Pero todo tiene su historia. Y en el caso de la llamada Línea Mason-Dixon hasta podríamos decir que mucha. Todo fue fruto de una disputa territorial entre cuatro de las antiguas colonias británicas americanas: Delaware, Virginia (en aquel entonces, West Virginia), Pennsylvania y Maryland. Una frontera imaginaria que separara el Sur del Norte allá por 1767. Esclavos sí o no, era la verdadera cuestión de fondo. Un encargo que fue acordado otorgar por la Royal Society a un astrónomo y a un topógrafo, ambos de origen inglés: Charles Mason y Jeremiah Dixon.

A la hazaña de Mason y Dixon le han cantado Johnny Cash, Waylon Jennings y hasta The Long Ryders, por lo que no se trata de un evento totalmente ajeno a la memoria colectiva norteamericana. Pero si dicho momento de la historia, tan puntual como tangencial, es retratado por Thomas Pynchon, la cosa cambia. Enormemente. Se suele apuntar que Mason y Dixon (1997) es la obra a la que más años de trabajo ha dedicado su autor. Lo cierto es que cuando se publicaron sus cerca de 800 páginas (en la versión original), Pynchon contaba ya con 60 años. Y Mason y Dixon se convertiría -hasta la publicación de Contraluz (2009)- en su segunda novela más voluminosa.

Quizás resulte pertinente enfocar, antes que nada, el planteamiento que utiliza Pynchon para contar la epopeya de Mason y Dixon. No nos parece desafortunado afirmar que Mason y Dixon es una novela histórica. Con tintes postmodernos, por supuesto, pero histórica por encima de todo. Aunque bien es cierto que Pynchon no pone el acento en las vicisitudes territoriales que dieron lugar a la expedición sino que le preocupa, en esencia, la relación de amistad entre sus dos protagonistas. El «historicismo» de Pynchon recae, básicamente, en un elemento: la novela está escrita al estilo de las grandes obras del Siglo XVIII. Es un esfuerzo por recrear una literatura ya histórica en sí misma. Hacer creer al lector que se encuentra verdaderamente ante un texto contemporáneo a los hechos que se narran en él. Para ello se apoya en un subterfugio: la historia de Mason y Dixon es contada por un personaje de la novela, el Reverendo Wicks Cherrycoke, que asegura haber conocido en primera persona a los verdaderos protagonistas y se encarga de relatar, a todo aquel que le quiera escuchar, la odisea que vivieron estos dos particulares científicos.

«Los hechos son juguetes con los que se distraen los abogados, son peonzas y aros, siempre girando…», pone Pynchon en boca de Cherrycoke. Y esta frase ejemplifica a la perfección el segundo juego metaliterario que ofrece Mason y Dixon. Porque Pynchon juega con el lector del mismo modo -o, mejor dicho, a la vez- que el Reverendo lo hace con su cálida audiencia. Pues la narración tornará folletinesca cuando las mujeres estén deambulando por la casa o incidirá en los aspectos más fantasiosos y aventureros si, por ejemplo, los jóvenes gemelos se sientan al calor de la chimenea. Y gracias a este sutil y constante juego de espejos, Mason y Dixon se convierte en un carrusel de estilos narrativos y anacronismos.

Si bien el enfoque «historicista» que toma Pynchon en Mason y Dixon puede llegar a resultar novedoso hasta para el más pynchonita, no lo son, en cambio, el resto de elementos que salpimentan la novela. No se sorprendan si en el marco de esta narración dieciochesca surgen perros sabios que hablan o patos robóticos junto a personajes históricos en situaciones comprometidas. O incluso si creen leer alguna alusión, por muy velada que esta sea, a la invención del ‘ketchup’ o a una abdución extraterrestre. Tampoco echarán en falta las típicas disquisiciones cientificistas, tan del gusto del autor, pues hay páginas y páginas de discusiones sobre las herramientas y técnicas utilizadas por Mason y Dixon en sus mediciones topográficas así como profusas explicaciones sobre el cálculo de vectores, latitudes y meridianos, para determinar los cuatro segmentos en los que se compuso el área a demarcar: la línea Este-Oeste, la línea Norte, la Tangente y ese contradiós geométrico derivado de aplicar un radio de doce millas alrededor de New Castle (Delaware), conocido como «el Arco». Y durante el trabajo, una constante sucesión de debates entra la ciencia y la creencia, la astronomía y la geomancia, la astrología y las fuerzas magnéticas.

Como siempre, la clarividencia de Pynchon y su verborreica prosa inunda toda la novela, convirtiendo un, ‘a priori’, frío y aburrido encargo en una aventura de lo más excitante. Pues a lo largo de su recorrido -casi en paralelo al río Potomac-, Mason y Dixon, y toda su expedición, van topándose con la fauna más variopinta. Una sucesión de personajes que recuerdan al extraño viaje que proponía Donald Barthelme en El padre muerto (1975), y que es utilizado por Pynchon para ofrecernos toda una lección de historia sobre los nativos de América.

Y todavía no hemos hablado de lo más fascinante que tiene Mason y Dixon que no es otra cosa que el retrato que nos regala Pynchon de los dos protagonistas. La forja de una amistad caballerosa, de respeto profesional y personal, de admiración y aprendizaje, de camaradería al fin y al cabo. Pues en el fondo, lo que Pynchon nos ofrece, bajo tantas capas de metaliteratura, es la radiografía de dos seres de carne y hueso que son manipulados hasta la extenuación por un escritor en estado de gracia. ¿Cómo es posible hilar tan fino en la construcción de una personalidad en medio de tanto caos creativo? Ahí reside el genio de este autor capaz de humanizar el desorden y de domar la incongruencia. Por ello Mason y Dixon es la obra más equilibrada de Thomas Pynchon hasta la fecha. La que mejor aúna el ansia experimentalista de su autor con esa ingente capacidad narrativa y descriptiva que tiene. No se me asusten por el tamaño pues Mason y Dixon es, dentro de las obras maestras de Pynchon, probablemente la más lineal y accesible. Por eso creemos firmemente que si quieren empezar a leer a Pynchon, este es el lugar adecuado: en algún punto entre la latitud 39°43′15»N y la 23»N.

admin

5 comentarios

  1. Excelente reseña. Sólo añadiría que por el obvio cariño que muestra por los protagonistas, por lo bien delineadas que están sus personalidades y los impagables diálogos que sostienen, Mason & Dixon también es la novela más cervantina del gran P. 😉

  2. Alicante también tiene una línea imaginaria entre las heladerías que regalan la cucharita con el cucurucho de helado y las que la cobran. Algo está cambiando en la ciudad. La reseña invita a tomarse un gran helado de turrón degustando a su vez esta novela. La buscaré, señor Matute. Gracias siempre.

  3. Es que si hablamos de novela inglesa del siglo XVIII hablamos automáticamente de Cervantes, su gran modelo e influencia.

    La estoy buscando pero no la hay… brbrbrbrbr!!

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