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De personas y anfibios

amisa narrativa contem.SARA MESA | Una verdad improvisada supone el excepcional debut en la novela de Carmen M. Cáceres, argentina nacida en 1981 y afincada en Madrid. Califico este comienzo como excepcional tanto en el sentido elogioso del término como en su más literal, “que constituye excepción de la regla común” y “que se aparta de lo ordinario, o que ocurre rara vez”, definiciones ambas del DRAE. Me ha parecido un libro extraño, denso a pesar de su brevedad -o quizá por ella-, enigmático y poroso -este adjetivo está ahora de moda, pero también le va como un guante, pues es una novela que admite filtraciones, que no está, por fortuna, “cerrada” del todo-.

La historia que se narra es, en verdad, muy sencilla: la del inicio del amor -y de la convivencia- entre una pareja de treintañeros, Clara y Bruno, en la ciudad de Buenos Aires. Contada desde el punto de vista femenino, la narración se detiene en pormenores falsamente anecdóticos de la vida cotidiana, detalles que son en realidad proyecciones hacia atrás -el pasado: ese gran desconocido- y hacia adelante -las expectativas y los planes: ese gran castillo de arena-. Celos retrospectivos, confrontaciones a la hora de manejar el dinero -tema complejo el de la economía doméstica, y habitualmente poco tratado por “antiliterario”-, la construcción de un lenguaje propio, la enfermedad y los cuidados, la vida fuera de los límites de lo común, lo que no se ve y lo que se oculta… En poco más de cien páginas, asistimos a una especie de diario íntimo de gran sensibilidad y perspicacia. Esta poética de lo cotidiano me recordó por momentos a la de la exitosa Jenny Offill en su Departamento de especulaciones, con la diferencia de que, en mi opinión, el bisturí de Cáceres para penetrar en la excepcionalidad de “lo normal” es mucho más certero y conmovedor.

La ausencia de trama y estructura novelesca canónica será para algunos una carencia en este libro, aunque otros tantos pensemos que precisamente ahí radica su valor. No me parece casual que el mismo título aluda a la improvisación -y de ahí nos lleve, también, a la fragilidad y la provisionalidad-, ni tampoco que la autora haya elegido comenzar con una cita de Néstor Sánchez, del que, al hilo de otra reseña recuerdo ahora “su capacidad evocadora, la ausencia de acción, el detenimiento en sensaciones y recuerdos, lo débil de la anécdota”. Sin embargo, la prosa de Cáceres siempre se aferra a cosas concretas, visibles o tangibles, y su tendencia a la evocación es, además, fuertemente simbólica. Pienso por ejemplo en la mención a Persona, la película de Bergman, y en cómo se emparenta con el propio desdoblamiento de Clara, la narradora, al ser fotografiada en una postura similar a la de la ex de Bruno en una foto del pasado. La imagen, sí -pues Bruno prepara una exposición de fotografías de familias en sus cocinas- , pero también la palabra, pues “persona” es el apelativo cariñoso con el que la pareja terminará llamándose el uno al otro. El libro se convierte en una reflexión inevitable sobre la comunicación o la falta de ella. La afonía que padece Bruno los obligará no sólo a cambiar su manera de relacionarse, sino a indagar sobre los pormenores de la comunicación: “…poco a poco íbamos desarrollando una capacidad anfibia para prescindir de los diálogos (…). Teníamos conversaciones ordenadas en las que cada uno respetaba su turno -Bruno para escribir, yo para leer-, creando una especie de sabiduría en los tiempos. Intentábamos ser claros de manera que con una explicación fuera suficiente -y esto nos obligaba a pensar antes de hablar-. Aprendíamos a recibir sólo conclusiones y a hacer cada uno, por su lado, el proceso para llegar a ellas -aquí la comprensión, la auténtica comprensión-. Desarrollábamos una facilidad asombrosa para las expresiones faciales y para el tacto (…) Nos acostumbrábamos a no amalgamarnos, a no pensar o decidir o suponer por el otro. Y así, en torno al silencio de Bruno se iba ordenando un nuevo estilo…”.

Clara y Bruno no sólo representan el contraste entre la claridad y la oscuridad presentes en sus nombres -esto trasciende, con mucho, la cuestión del género-, sino entre lo que se ve y lo que no, lo que se conoce y lo que se desconoce, lo que está bajo el foco -y esto, aquí, incluye el foco narrativo- y lo que está desenfocado o en la sombra. Todo, al final, tiene importancia, aunque se vea de refilón o solamente se intuya, desde el perro con displasia hasta el gato que aparece aquí y allá, sinuoso; desde la carrera de caballos a los árboles del pulmón de manzana, presentes circularmente, inicio y fin. Una verdad improvisada es un desafío sin alardes ni estridencias -pero claramente retador- a nuestra capacidad de mirar y comunicarnos. Una joyita extraña, siendo en este caso, tanto el diminutivo como el adjetivo, atributos de indudables méritos.

Una verdad improvisada (Pre-Textos, 2016) de Carmen M. Cáceres | 112 páginas | 18 €

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