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De prosa elevada

buzzati-indomitosALEJANDRO LUQUE | Uno, que ha nacido al nivel del mar y reside en la muy llana Sevilla, y que llama montaña a los 800 metros del Picacho, cayó hace unos años por los Dolomitas italianos para hacer una entrevista a cierto escritor alpinista. La visita me impresionó, lógicamente, aunque apenas pude asomarme a las imponentes cumbres que dan fama mundial a la cordillera. Pero mayor fue aún la parada, de vuelta de aquella faena, en los alrededores de Belluno, donde todavía se conserva la Villa Buzzati, la casa del famoso escritor. Caserón y jardines siguen a día de hoy cuidados por una bisnieta de éste, y allí mismo me contó de la pasión de Buzzati por los itinerarios de montaña, que llegaba al extremo de hacerle trabajar durante todo el verano para dedicarse a ellos ya en septiembre, sin tanto turista trepando por aquí y por allá.
Desde aquella llanura surcada por el río Piave, entre los Alpes y los propios Dolomitas, entendí de golpe –más allá de la influencia que pudiera ejercer en él Addis Abeba– todo el universo de El desierto de los tártaros, la obra más famosa del autor, pero también me hizo preguntarme cuántos secretos y curiosidades no guardarían esas portentosas elevaciones. Como todavía no me he atrevido a ponerme un arnés ni a escalar el nivel más fácil de un rocódromo, me queda el consuelo de la literatura. Sin embargo, mientras que en Italia abundan las librerías y editoriales especializadas en temas de montaña, en España esto es una rareza. Dejando aparte los textos de aventureros y deportistas, apenas sé de algunas traducciones de buenos escritores como Rigoni Stern, Erri de Luca o Mauro Corona.
Ahora ve la luz en Gallo Nero esta traducción de los textos sobre montañismo de Dino Buzzati, versión abreviada del original italiano y traducida por la siempre confiable Amelia Pérez de Villar, como hizo antes con sus crónicas del Giro de Italia. Un Buzzati en el que predomina el periodista sobre el escritor, dado que la procedencia del contenido es mayoritariamente la prensa diaria, sobre todo el Corriere della sera, lo que no supone ningún menoscabo en cuanto a calidad e intensidad: el bellunese nunca disimulaba su pasión por la materia sobre la cual escribía, y esa pasión viene siempre reflejada en una prosa –nunca mejor dicho– elevada.
¿Qué es la montaña para Buzzati? Para empezar, grandes aventuras, pura leyenda. Como todos los deportes, éste también tiene su devocionario de nombres que se repiten de generación en generación, su memoria de hazañas asombrosas. Ahí está Tita Paz, que después de coronar las cimas más difíciles sin un rasguño murió al caer de una bicicleta; o Emilio Comici, que sí encontró su fin al caer desde cuarenta metros después de una vida de grandes logros; o Attili Tissi, también víctima de una caída absurda mientras escalaba con su mujer; o Piero Ghiglione, el escalador de la eterna juventud, que pasados los 60 seguía viajando del Himalaya a los Andes o al África Central, infatigable; o Andrea Oggioni, del que se seguía hablando mucho tiempo después de salvar a un compañero de una muerte segura.
De todos ellos escribe Buzzati con admiración, pero sobre todo con cercanía. Porque él los ha conocido a todos, los ha tratado de cerca y ha oído sus historias muchas veces.
La misma sensación de pisar un terreno bien conocido transmite en el apartado “Hazañas”, donde se recogen crónicas de alpinismo para el citado periódico. Ignoro si Buzzati, además de sus entrañables Dolomitas, llegó alguna vez a hollar las nieves del Himalaya o de alguna otra prestigiosa cordillera, pero ni falta que le hace para transmitir al lector todas las emociones que las alturas provocan. “El mal tiempo, ese mal tiempo del Himalaya contra el que las fuerzas humanas son prácticamente nulas, ¿intentará cortar a los nuestros su vía de retorno?”, escribe casi dejando oír una voz tronante de locutor radiofónico. “Demasiado tarde. Los más fuertes ya son ellos: la victoria les acompaña con su luz…”
Hablamos, claro está, de un tiempo en que las noticias viajaban con mucha mayor lentitud que hoy, lo que no impedía al escritor mantener la tensión del relato cuando era menester, pero también tranquilizar a la parroquia si cundía la histeria: por ejemplo, cuando todos se alarman ante la falta de comunicación del profesor Ardito Desio en su asalto al K2, la segunda montaña más alta del mundo, Buzzati ni se inmuta. Con paciencia y didactismo, lo explica todo sobre las características de la pared, las posibles vicisitudes que habrá encontrado en el camino y hasta el carácter del profesor. Así da gusto. Unos días después, sus cálculos se cumplen y el equipo de Desio culmina su objetivo.

La montaña es para Buzzati el gran desafío, la prueba suprema de la capacidad de superación del ser humano frente a las monstruosas fuerzas de la naturaleza. Pero también tiene para él un componente nacionalista fundamental. Sin ignorar las proezas de ingleses, franceses y alemanes, siente que la Italia salida de la posguerra, impulsada por una antiquísima tradición, está preparada para escribir su propia página en la historia dorada del alpinismo.

Ese nada disimulado patriotismo se traduce en constantes llamamientos para ayudar a financiar las expediciones y mantener, al fin, las aspiraciones de los escaladores bajo bandera tricolor.

No obstante, creo que el Buzzati que prefiero es el que habla de lo más próximo, de esas cumbres dolomíticas a las que llama, una a una, con su nombre propio, que configuran para él un paisaje del alma. Ha sido testigo desde muy joven de la vertiginosa evolución técnica de la escalada (clavos, estribos, cuerdas dobles) y ha terminado viendo con cierta nostalgia cómo la montaña se ha llenado de pijos y domingueros, y que ya apenas quedaban retos imposibles. “Porque si es bello que el hombre venza a la naturaleza, pobre de él si la naturaleza queda vencida del todo”, dice resignado y melancólico.

Pero ay de quien olvide también que la montaña no es un camino de rosas. Buena parte de su magnetismo reside precisamente en su ferocidad, en la poquedad de la vida humana cuando se compara con estas moles inmensas. Tal vez por eso recuerda Buzzati a aquel escalador que cayó al vacío y logró salvarse milagrosamente. “Recuerdo haberle preguntado, también yo: ‘Y mientras caías, ¿qué se te pasaba por la mente?’. ‘Pensaba en esa foto que llevo siempre en el bolsillo por superchería’. ‘¿Y qué fotografía es esa?’ Me la enseñó: era de alguien que había muerto en la montaña, horroroso, como un fantoche sin esqueleto, tendido de cualquier manera sobre las rocas”.

Sin embargo, a pesar de estas truculentas experiencias, Buzzati nos convence de que vale la pena el riesgo. Casi casi para animarnos a preguntar por la matrícula del rocódromo. “Lo único por lo que vale la pena vivir es la escalada en roca”, sentencia, “no hay nada más importante que eso”.

Los indómitos de la montaña (Gallo Nero, 2017), de Dino Buzzati | 328 páginas | 21 euros | Traducción de Amelia Pérez de Villar

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