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De qué hablamos cuando hablamos de Lovecraft

ProvidenceCAROLINA EXTREMERA | “Por tanto, hay un país oculto escondido debajo de la sociedad que mostramos al mundo. Una verdad incómoda que se esconde tras nuestras mascaradas” (el Doctor Álvarez en Providence 1: El miedo que acecha).

Hay algunos autores cuyos mundos son mucho más grandes que ellos mismos. Basta con dar con la fórmula correcta y la evocación que sugieren prende en otros escritores, en dibujantes, en creadores de juegos, en directores de cine. A veces se trata de un único personaje como el Sherlock Holmes de Conan Doyle y otras, de una historia completa que fascina tanto a los lectores que alrededor de ella se construyen infinidad de precuelas y secuelas, como La isla del tesoro de Stevenson. En el caso de Lovecraft, estamos ante todo un universo que ha inspirado a generaciones de artistas.

Todos lo conocemos. Todos sabemos algo de él, aunque sea muy poco. Tal vez alguien nos ha dicho que era un racista y un misógino, tal vez hemos leído algunos de sus relatos en una antología o hemos visto True Detective, cuya primera temporada está plagada de referencias a su obra o quizá, incluso, hayamos jugado alguna partida al Arkham Horror o participado en una campaña de rol de La Llamada de Cthullu. Lovecraft, como el amor, está en todas partes.

¿Qué tiene entonces de especial este cómic que no tengan todas las demás adaptaciones y homenajes que se han hecho de la obra del autor americano? La respuesta es bastante obvia: tiene a Alan Moore, el hombre cuyas historias son más reales que cualquier otra cosa, el que viene a poner los puntos sobre las íes. Ya nos dijo qué era lo que había detrás de las máscaras de los súper héroes, y no era lo que nosotros pensábamos. Después de leer Watchmen (DC Cómics, 1986)  ya nunca nada volvió a ser igual.

La saga de Providence, de la que este que nos ocupa es el tercer volumen, trata de un periodista que decide viajar por Nueva Inglaterra para escribir un libro sobre las leyendas y supersticiones esotéricas en las que cree la gente de la zona, lo que le lleva a ponerse en contacto con la orden de la Stella Sapiente. Cada lugar que visita le conduce a otro nuevo y poco a poco, va viviendo situaciones que crecen en cuanto a horror conforme va avanzando. Todas esas historias están basadas en relatos de Lovecraft y, en un magnífico alarde de dominio de toda la obra del autor americano, Alan Moore consigue dar unidad a todas ellas, relacionándolas y haciéndolas coincidir en una misma región y en un mismo momento, bajo la superficie de lo que los habitantes de Nueva Inglaterra creen que es su vida normal. Es una visión del universo influida por el pensamiento de Carl Jung, en la que ese mundo oculto equivale al subconsciente no ya de una persona, sino de todas. Y es que de eso trata este cómic, del subconsciente en todas sus vertientes y de cómo puede ser más real que la propia realidad o, incluso, llegar a suplantarla. “He venido aquí a contaros que el mismo suelo bajo nuestros pies fue antaño nada más que un sueño fugaz y que lo volverá a ser de nuevo, puesto que únicamente en el mundo que se halla bajo las cosas reside lo real”. Así se anuncia en la segunda entrega de la saga lo que tenemos entre manos cuando cogemos el tercer tomo.

Para esta obra, Moore cuenta como dibujante con Jacen Burrows, que realiza un trabajo totalmente clásico, libre de cuestiones experimentales en cuanto a la forma, muy adecuado para un guionista conocido por su enfermiza precisión -hablamos del hombre que, durante el proceso de creación de From Hell, despertó de madrugada a Eddie Campbell para indicarle que en televisión emitían un documental en el que aparecía un maletín exactamente como el que necesitaba para el personaje del médico-. Especialmente destacable encuentro el uso del color (a cargo de Juan Rodríguez) que crea una atmósfera absolutamente lovecraftiana. Intercalada con la parte gráfica, hay páginas de texto que se corresponden al diario del protagonista, un complemento muy interesante la mayor parte del tiempo y redundante en algunos momentos puntuales.

Si nos ceñimos al tercer volumen, en Lo innombrable se cierra perfectamente el ciclo. Las historias que solo comienzan, van encontrando finales acordes con el universo de Lovecraft y los personajes evolucionan conforme a lo esperado teniendo en cuenta sus experiencias durante el resto de la saga. Los que temían un final demasiado abierto pueden estar tranquilos. Por fin se revela lo que algún lector avispado intuye ya en los primeros volúmenes y se desvela también cuál es la tesis final de la historia y lo que en realidad nos está queriendo decir el autor en una hermosa defensa de hasta dónde puede llegar el verdadero poder de la palabra escrita.

Providence se lee a muchos niveles, es un continuo diálogo con el escritor que inspira la obra y su entorno, pero no tiene la sobresaturación de referencias que encontramos en From Hell. Este tercer tomo solo merece la pena si se han leído los dos anteriores (El miedo que acecha, 2016 y El abismo del tiempo, 2016) y también es muy recomendable la lectura previa de Neonomicón (Alan Moore, Panini Comics, 2011). Si el lector es conocedor de los relatos reflejados en el cómic, disfrutará enormemente y, cuanto más los conozca, mejor será la experiencia. De hecho, habría que tomarse la existencia de Providence como una invitación a sumergirse de lleno en la obra de Lovecraft y a no desestimarlo como un autor de género, sino valorarlo como lo que es: el creador de un mundo que se revela aún más rico con la asistencia de Alan Moore.

Providence 3: Lo innombrable (Editorial Panini Cómics, 2017), de Alan Moore | Dibujo de Jacen Burrows, color de Juan Rodríguez | 168 páginas | 18.95 euros | Traducción de Raúl Sastre

admin

2 Comments

  1. No lo he leído, a pesar de mi admiración por el Sr. Moore, pero es que el Neonomicón me pareció un cómic bastante horroroso. Así que este me despierta dudas. En cuanto a tebeos de terror recientes, me gustó muchísimo el Nameless de Grant Morrison

    • Este es mucho más sutil que Neonomicón en cuanto a las partes escabrosas y está mucho mejor.

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