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De sevillanas maneras

 

El asesino de la regañá

Julio Muñoz Gijón

Seleer, 2012

ISBN: 978-84-15615-76-7

174 páginas

17 €

 

 

 

José María Moraga

Sevilla tiene un color especial”, cantan. Yo no sabría decirles, siendo como soy de Triana, en la orilla opuesta del Guadalquivir. Esta absurda broma, que subraya las manías, prevenciones y precisiones de la idiosincrasia local hispalense, valga para ilustrar el carácter muchas veces conservador y -digámoslo- cerrado de los sevillanos. “Sevilla es universal, Sevilla es acogedora, está llena de guiris, todo el mundo se lo pasa bien en la Semana Santa y la Feria.” Esto último es mentira, en esas fechas solo disfrutan los sevillanos (y de entre ellos, los comprometidos con la causa) y sus invitados. Sevilla es una ciudad estupenda, con sus particularidades pero también las tienen casi todas las demás. Sin embargo, en Sevilla existe una corriente de pensamiento que sacraliza todo lo que de particular pueda tener la ciudad, haciendo énfasis en lo tradicional  y mirando con desconfianza lo moderno y lo de fuera. Es lo que se llama “la sevillanía de bien” o “las sevillanas maneras”: “lo rancio”, para sus detractores.

En este contexto surgió la cuenta de Twitter de @Ranciosevillano, alias del periodista Julio Muñoz Gijón (salido del anonimato a raíz de esta novela), dedicada a parodiar desde el cariño esta mentalidad de la sevillanía profunda, desde aquel su mítico primer tuit: “Montaditos o muerte”. El Rancio se ha ido ganando un hueco en el corazoncito del segmento tuitero de la capital andaluza: los que comulgan con lo que parodia ven -distorsión aparte- un divertido reflejo de sus creencias, los “anti” encuentran refrendo a sus críticas y la mayoría de la gente se divierte con sus viñetas costumbristas de menos de 140 caracteres. Si usted no es de Sevilla o no ha vivido nunca en Sevilla no se moleste siquiera en abrir El asesino de la regañá, porque no le va a hacer gracia. Lo que va a encontrar es un ‘thriller’ policíaco de asesinatos en serie, correctamente redactado pero sin concesiones al estilo. Prieto de contenido pero carente de literatura, ya que aquí el objetivo es entretener -hacer reír, incluso-, no enseñar nada o crear belleza.

Si bien no era necesario ser de California para disfrutar con Zodiac (2007) de David Fincher, yo diría que es imprescindible tener conocimientos sobre Sevilla y su sociedad no ya para disfrutar, sino para entender El asesino de la regañá. Si bien El retrato de Dorian Gray (1890) está plagado de epigramas y frases con ambición lapidaria, su vocación estética y su trama mítica le confieren un estatus universal. El asesino de la regañá por el contrario descansa sobre la certeza de un conocimiento previo, de un folklore común que arrancará la sonrisa o la carcajada a los que estén en el ajo. Para empezar, ¿saben ustedes lo que es una regañá? Pues de ahí para arriba. Esta pregunta retórica me trae la imagen de la reciente presentación de una novela de Rafael Reig en Sevilla, en la que el autor asturiano se quedó fuera de juego cuando una simpática fan le obsequió con un paquete de regañás, que son por cierto “tortas de pan muy delgadas y recocidas” (según el DRAE, que recoge el andalucismo “regañada”).

El sevillanísimo asesino en serie de esta novela utiliza una regañá como arma homicida para subrayar su carácter tradicional y esencialista, puesto que dice defender la sevillanía de intrusiones externas como la gastronomía de los platitos cuadrados, las nuevas edificaciones (las “Setas” de Jürgen Mayer, la Torre “Pelli”, recientes y polémicas adiciones al ‘skyline’ de la ciudad), el 15-M, el gafapastismo y el moderneo en general. A fin de combatir esta amenaza el lector seguirá las pesquisas de una pareja de policías: Jiménez el ‘insider’ y Villanueva, enviado de Madrid y desconocedor de “lo nuestro”. Desfilan por El asesino de la regañá personajes señeros de Sevilla (con el nombre cambiado) como José Manuel Soto, Ruiz de Lopera, Antonio Burgos, los Morancos o Victorio y Lucchino, que sin duda levantarán sonrisas, igual que las apariciones de las aceitunas gordales, el adobo de Blanco Cerrillo, la capilla de la adoración perpetua de San Onofre o “la final de Eindhoven”.

No se inquiete el lector si no ha captado las oscuras referencias del párrafo anterior, era solo un ejemplo de cuan alienante puede llegar a ser este libro para todos los que no pertenezcan a su ‘target’. Para los que sí pertenezcan y tengan ganas de bucear en el humor costumbrista, debo admitir que no hubo página de El asesino… en la que no me sonriera, igual que atesoro los tuits de Rancio sevillano, aunque sospecho que Julio Muñoz Gijón se encuentra más dotado para este género que para el de la obra de largo aliento (como llaman los cursis a las novelas). El éxito del libro a nivel local está siendo notable: ya van por la 3ª edición en cuatro meses, y el final de la historia deja más que claro que las aventuras asesinas de la ranciedad sevillana van a tener continuación, esperemos que igual de divertida pero más solvente en lo literario.

Antes de terminar la reseña quiero dejar constancia de una cosa, una crítica, que me duele hacer pero que es necesaria. El asesino de la regañá es una novela breve, ocupa 155 páginas; el resto lo completa una selección de tuits de la cuenta @Ranciosevillano. Quiero creer que esto ha sido un regalo para los lectores antes que una manera de engordar la burra. Pero la edición, teniendo un precio elevado, no está todo lo cuidada que debería; abundan las erratas y aun los errores (cambios de nombre de personaje a mitad de página, por ejemplo), y esto es algo que pienso podría haberse evitado fácilmente en el trabajo editorial y debería corregirse en las próximas entregas rancias. ¡Levanto por ello mi botellín de la Cruz del Campo!

admin

2 comentarios

  1. Completamente de acuerdo. La edición es un poco pobre y lo del cambio de nombre de personaje!!! Muy buena reseña de una novela bastante divertida.

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