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Desaparezca aquí

Suites Imperiales

Bret Easton Ellis

Mondadori, 2010

ISBN: 978-84-39723-28-8

160 páginas

16,90 €

José María Moraga

Escuchad, chiquitines: hubo un tiempo en el que todo el mundo era hedonista, la gente de Wall Street se enriquecía impúdicamente y la juventud se drogaba sin freno. Todos veían algo llamado MTV, sin preocuparse para nada de su futuro, ni siquiera del presente de los demás. Aquella época recibió el sobrenombre de “Los 80”, y Bret Easton Ellis fue uno de sus máximos cronistas. El autor californiano levantó acta de aquella juventud descerebrada, rica y descreída en Menos que cero (1985), uno de esos libros-acontecimiento que se asocian irremediablemente a unas coordenadas espacio-temporales.

2010: el tiempo ha pasado, veinticinco años, pero el lugar es el mismo (Los Ángeles). Bret Easton Ellis se saca de la manga una séptima novela titulada Suites imperiales, que es en realidad la secuela de Menos que cero. Esto a priori conllevaba cosas buenas y malas. Las buenas, personajes familiares (Clay, Julian, Blair, Rip, Trent), un contexto conocido de nihilismo y depravación adinerada y un estilo literario contrastado, que se sabe que funciona. Las malas, el peligro de repetirse, de ser acusado de falta de ideas, de explotar un éxito que de otra manera el autor ya no podría reeditar. ¿El veredicto? Hay un poco de las dos cosas.

Suites imperiales toma su título de un disco de Elvis Costello, igual que Menos que cero, continuidad imprescindible para entender que el protagonista es el mismo, solo que un par de décadas más tarde. Ya no estamos ante un joven universitario rico, vicioso y carente de empatía sino ante un guionista de Hollywood de mediana edad rico, vicioso y carente de empatía. El amigo Julian, adicto y chapero por obligación es ahora un proxeneta rehabilitado de la droga, al menos en su faceta de consumidor, y así sucesivamente.

Pero más allá del morbo –o no- de ver los ecos de Menos que cero en Suites imperiales, conviene centrarse en los puntos fuertes de la nueva novela. El estilo de Bret Easton Ellis es el mismo que le ha hecho famoso: minimalismo sintáctico, laconismo y ausencia de emociones de un narrador en primera persona ultraegocéntrico, como es el protagonista Clay. La avalancha de detalles de la sociedad de consumo (marcas comerciales, nombres de actores, productos, restaurantes, tiendas, famosos de toda ralea…) continúa pero se encuentra un poco más atenuada que en –digamos- American Psycho (1991) o Glamourama (1998).

Si esto es inmoralidad o en cambio crítica social es algo que se deja para que lo decida el lector: el autor no se moja, el narrador no valora, solo describe. Sin embargo, a lo largo de Suites Imperiales se va tejiendo una trama con bastante más peso que en Menos que cero, las famosas estampas breves que no llegan a capítulos no son meras postales para retratar a una generación sino viñetas que se van superponiendo y construyendo un misterio que Ellis dosifica con un delicioso dominio del suspense. Quizás para conocer un retrato de la generación actual haya que buscar en otra parte, Bret Easton Ellis ya no es el escritor mejor preparado para ofrecérnoslo.

Lo que se pierde en relevancia documental se gana en calidad artística; además del suspense Ellis domina la caracterización de personajes a través de sus acciones y palabras (el mejor oído para el diálogo a este lado de Woody Allen), y maneja como nadie todos los recursos de la obra literaria posmoderna: la intertextualidad, el pastiche, la hiperrealidad, la paranoia, la ironía y el juego. Dejo aparte la característica más sobresaliente, la metaficción, por cómo el narrador comienza diciendo que se había hecho una película basada en un libro basado en su vida (en referencia a Menos que cero y a su adaptación a la pantalla de 1987, Golpe al sueño americano). Por algo dijo Fredric Jameson que el Posmodernismo era la “lógica cultural del capitalismo tardío”.

Entonces, aunque su brevedad emana un cierto tufo a producto de compromiso, no es menos cierto que pese a ser una secuela Suites imperiales cuenta con tantas virtudes propias que no puede ser descartada como un simple subproducto o derivado. Leedlo si os gusta la literatura cruda y posmoderna recordando siempre que, en 2010, tal vez lo último de Bret Easton Ellis sea solo el mejor libro del año pero ya no de la década.

admin

Un comentario

  1. No ha sido por leer tu espléndida reseña, pero a mí se me han quitado las ganas de seguir leyendo a este hombre… Con lo que ha sido, ¿eh?, pero hay que dejar hueco a los nuevos…

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