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Diez años no es nada

jose maria rojo

JOSÉ MARÍA MORAGA | En esto de la literatura (como en todo ámbito) reconforta dar en la diana, pero más reconforta aún dar en la diana una y otra vez. Ha sido el caso de la sevillana Marga Jaio Amores, quien tras el éxito cosechado con sus novelas históricas Las silenciadas (sobre el cuasi inédito tema de la Guerra Civil española) y La conjura templaria del grial de los mayas (todo un torpedo a la línea de flotación del eurocentrismo), ve triunfante cómo su debut -la colección de relatos titulada Estado crítico– es rescatada por Compactos Anagrama. Memoria histórica, extrañamiento, (des)(in)corrección política y compromiso fueron desde el principio en este volumen las señas de identidad de una autora cuyos cuentos supusieron en el momento de su aparición hace diez años “una ducha en el infierno” (valga la cita de L.A. De Cuenca, porque dicen que también hay que leer a autores de derechas).

A Marga J. Amores ya se la conoce como “la Margaret Atwood de Pino Montano”, por lo profundo de sus tramas, que obligan a cuestionarse la realidad. Nueve de los diez relatos que componen Estado crítico tienen en común el posmoderno interés por la “historia contrafactual”, esa suerte de historia alterna denostada por muchos profesionales pero abanderada por nombres como Niall Ferguson, catedrático en Harvard (y Harvard es importante, ¿no?). El primer cuento, por ejemplo, se titula “Franco/Einstein” y narra en la febril voz de un científico trastornado un experimento fallido ocurrido en 2046. En España gobierna Pópuli, una coalición de Populares y Vox, cuyo Ministerio de la Verdad encarga al CSIC la clonación de un Superhombre nietzscheano “que reúna en lo físico, lo intelectual y lo moral las mejores cualidades que ha dado la raza en el siglo XX”. De este modo, partiendo de material genético de Francisco Franco, Albert Einstein y Paco Arévalo, el responsable del proyecto (un tal Víctor) da vida a una criatura que se rebelará contra sus creadores, les arruinará la noche de bodas y les perseguirá hasta el Polo Norte.

En la misma línea, deudora de Román Piña y Antonio Orejudo, aparece “Una bala para Exupéry”, que ficciona las veinticuatro horas del 31 de julio de 1944, en que el piloto de la Luftwaffe Horst Ripper, a los mandos de su Me-Bf 109, derribó sobre el soleado Mar Mediterráneo el P38 Lightning de Antoine de Saint Exupéry, “en represalia por sus cargantes libros”. La anécdota, que pudiera parecer un hecho de armas trivial, tendrá consecuencias incalculables para la salud mental de Ripper y para la historia de la literatura. Meritorio es también, y me atrevo a proclamar que de una importancia incalculable, el logro de Marga Jaio Amores consistente en haber escrito el cuento más breve del mundo. Así, en “La siesta del carnero” (reproducido en su integridad):

“Cuando despertó, la paella ya estaba.”,

la autora logra batir la famosa marca de Augusto Monterroso, rebañándole una palabra a su microrrelato “El dinosaurio”.

Alejado del humor pero también deudor de la memoria histórica se halla “El tamborilero de Theresienstadt”, absolutamente seminal por lo innovador. Este relato narra la historia de Juan Moreno, tamborilero de la Hermandad del Rocío de Moguer de origen sefardí, atrapado entre su devoción por la Blanca Paloma y su secreta estirpe judía. En la dura España de la primera posguerra, el músico es denunciado y deportado en calidad de “antiespañol”. El punto álgido de su peripecia por Mitteleuropa lo constituye un recital de flauta y tamboril rocieros que Juan es obligado a organizar como parte del programa cultural del campo de concentración de Theresienstadt, cuando los nazis montaron una pantomima para convencer en su visita a los observadores de la Cruz Roja de que el trato a los judíos era exquisito y pleno de actividades lúdicas. Más allá de la trama, impresionan la originalidad y audacia de colocar a un judío con un instrumento musical en una situación de persecución, algo que nunca se había hecho y que tantos y tan buenos frutos ha dado en la última década.

En ocasiones, Marga J. posa su mirada sobre las grietas de la historia, presentando hechos no documentados pero perfectamente plausibles. Es el caso de “Lo bello y el bestia”, que tiene como escenario la discoteca neoyorquina Studio 54, y recrea la posibilidad de que en 1976 un joven Sylvester Stallone llevase a Andy Warhol el manuscrito de su novela Paradise Alley: La cocina del infierno para someterlo al dictamen crítico del pope del pop art. En “La noche de los transistores”, que transcurre en la madrugada del 23-F de 1981, un desvelado Francisco Umbral importuna varias veces al rey Juan Carlos con llamadas triviales sobre terminología náutica, a fin de documentarse para escribir. Memorable resulta el pasaje del cruce de líneas telefónicas en la Zarzuela, del que surge un equívoco entre un “balandro” y una “calandria”, nombre en clave con que el Teniente Coronel Tejero se refería al subfusil Z que portaba la Guardia Civil.

Tal vez el único cuento no ambientado en el pasado sea el elegante “Somos un grupo de escritores sevillanos”, en el que unos cuantos periodistas y profesores integrantes de una tertulia literaria premiada en la feria del libro local se envalentonan e instauran unos premios anuales. En su primera edición, el galardón recae en una escritora conocida por llevar peluca, lo que motiva que durante la cena-homenaje de entrega del premio uno de los críticos se ponga una adquirida en un comercio chino y con ella agasaje a la invitada mediante una versión a capela de “Ponte la peluca” de la Orquesta Mondragón. Javier Gurruchaga, quien cenaba en un reservado contiguo, irrumpe en escena y, cautivado por el talento de su imitador, lo invita a unirse a su troupe para interpretar el papel de efebo en un musical de Stephen Sondheim, liberándolo así de su gris existencia como profesor de Educación Secundaria. Por su aguda percepción psicológica y sus posibilidades distópicas, no me parece exagerado ver en este relato un precursor de los más finos de Miguel Serrano Larraz.

Faltaría hablar de tres piezas; la que cierra el volumen y le da título: una descarnada sátira sobre el sistema educativo sumerio, “La Isla de los Faisanes”, que trata del famoso islote que pertenece la mitad del año a España y la otra mitad a Francia y “El nombre de la risa”, refutación de la cita de Umberto Eco según la cual “ciego más biblioteca igual a Borges”. La extensión de esta reseña aconseja no demorar más su conclusión: el lector avezado se habrá dado cuenta de que Estado crítico es ya un clásico pese a solo tener diez años de antigüedad. Nos encontramos ante una obra imprescindible que vino a la luz en un mundo ramplón y chabacano para iluminarlo y hacerlo más bello. Sólo nos cabe esperar que Marga Jaio Amores siga publicando los manuscritos que –fama es en el mundillo- tiene guardados en el cajón, y aun en la guantera, para general deleite y regocijo de todos nosotros.

Estado crítico (Anagrama, 2019) | Marga Jaio Amores | 272 páginas | 9,90 euros

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