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Dolor menstrual

Florescencia Portada

“La sangre purifica y santifica, y una nación que la considera el horror final ha perdido su hombría”    (Patrick Pearse)

CAROLINA EXTREMERA | En más de una ocasión he tenido que usar la cita de arriba, casi siempre explicando a la concurrencia que Patrick Pearse era un independentista y poeta irlandés. Lo cierto es que no la utilizo de forma exacta, me suele quedar así: “Una nación que no soporta el derramamiento de sangre ha perdido su hombría”. En esencia, es la misma, y es muy útil siempre que un hombre se escandaliza al escucharme hablar de la regla. Del periodo. De la menstruación. Afortunadamente, cada vez van quedando menos de esos.

Pero el periodo duele. A veces, muchísimo. Una amiga mía llega a desmayarse en mitad de la calle por el sufrimiento. En otras ocasiones es un dolor sordo continuado durante dos días. También puede que te den ganas de arrancarte el útero. Hay quien tiene bastante con un ibuprofeno y hay quien necesita artillería pesada. Pero duele prácticamente cada vez y prácticamente a todas las mujeres. Y luego están las bajadas de tensión, las diarreas o los cambios de humor.  No es fácil lidiar con él y, sin embargo, no suele estar presente en la literatura. Siempre se ha dicho que especificar cuando el personaje principal visita el inodoro resulta ridículo y la menstruación ha terminado corriendo la misma suerte que la orina, a pesar de ser mucho más relevante en el día a día de la mitad de la población.

Por eso es interesante ver cómo Florescencia empieza con la sangre, con las hemorragias exageradas que su protagonista, Masechaba, padece cada vez que tiene la regla. Y así, por el dolor y la vergüenza que le produce este sangrado continuo y brutal, decide hacerse doctora con la esperanza de convencer a algún colega suyo en el futuro de ayudarle a deshacerse de su útero, ya que nadie quiere realizarle esa operación cuando todavía es joven. “¿Y a mí qué me importaba traer vida al mundo si no podía tener vida propia? ¿Si vivía prisionera de un animal alojado en mi pelvis que podía partirse el cráneo cuando le viniese en gana y derramar su sangre por el suelo en el momento más inesperado, sin la menor provocación?” Así, Masechaba acaba ejerciendo en un hospital de su país,  donde lo que ve cada día empieza poco a poco a transformarla y hacer mella en su espíritu. Poco a poco, vamos asistiendo a la realidad de Sudáfrica en cuestiones de género, raza y clase y a la cada vez más creciente xenofobia que a veces lleva aparejada una conducta salvaje.

La novela está escrita en forma de diario donde el interlocutor es Dios y, a veces, el hermano muerto de Masechaba. Ella comienza esta historia con cierta inocencia y mucha negación, con los ojos cerrados sobre lo que sucede a su alrededor. Cuando tiene noticias de la violencia, es incapaz de achacarla a un problema estructural y prefiere centrarse en los individuos que la ejercen.  Poco a poco va despertando y es muy habilidoso cómo la autora plasma los momentos en los que ella es consciente de que no actúa de forma correcta pero se ve incapaz de hacerlo mejor. “Soy una cobarde. Si esto fuese el apartheid, yo sería uno de esos blancos que se limitó a guardar silencio mientras veía lo que ocurría”.

Y entonces, sucede algo terrible.

Todo cambia, su escritura se vuelve más caótica, ya no sabe qué decirle a Dios. Su salud mental también empieza a deteriorarse y el diario es mas repetitivo, más angustioso. De esta forma, no nos separamos nunca de ella y entendemos si se está engañando a sí misma, si está en una fase de duelo o negociación. Es una escritura cruda, sin concesiones, a veces las escenas descritas son brutales, los detalles demasiado vívidos y otras, en las que las palabras no pueden expresar lo que Masechaba siente, nos encontramos con un lenguaje poético en el que la mera descripción de los alrededores basta para comprender un interior vacío. “Creo ver una cucaracha, pero al volver la cabeza es una marca en la pared, un envoltorio de caramelo en el suelo, una grieta en los azulejos”. 

He de decir que Florescencia  me ha sorprendido muy favorablemente. Kopano Matlwa, su autora, nació en 1985 y ya es de la nueva generación de escritores africanos, muy diferente a Coetzee y no tan parecida como aseguran en la contracubierta del libro a Chimanda Ngozi Adichie. Se la recomiendo a cualquiera que quiera estar al día de la literatura de África.

Para terminar, un apunte. El título original de esta novela es “Period Pain”, esto es “Dolor menstrual”. La editorial Alpha Decay se ha decantado por traducirlo libremente por Florescencia, no sé si por miedo a las reacciones a la palabra “menstrual”. Tal vez piensan que esta nación está perdiendo su hombría.

Florescencia (Alpha Decay, 2018) |Kopano Matlwa|Traducción de Magdalena Palmer| 128 págs. | 16.90€

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