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Don Álvaro el “Encantador”

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Del mismo 1955 nos llega esta reseña escrita por un jovencísimo Antonio Rivero Taravillo, ocho años antes de nacer, en la que da buena cuenta de la que sería la primera novela de Don Álvaro Cunqueiro. Nótese en este fabuloso documento cómo el gallego universal echó cuenta a nuestro avispado estadista, pues al poco, en 1957, “Merlín y familia” vería la luz vertido al castellano, en una traducción firmada por el propio Cunqueiro, para disfrute de todo hijo de vecino.

ANTONIO RIVERO TARAVILLO | La bujía de la experiencia, de lo sólido, de lo contrastable, arroja su luz solamente sobre algunas pequeñas regiones de la realidad, y está bien que así sea para no torcerse los tobillos al caminar entre tinieblas, pero en los claroscuros, en las sombras, la imaginación actúa con mayor alumbramiento; únicamente hace falta estar dispuesto a soñar libremente y a pierna suelta, sin estribo, como al dormir se suele. Digo esto porque Álvaro Cunqueiro, más conocido por sus artículos y libros de poesía, se saca ahora de su caletre (que es la redoma de la fantasía, y él alquímico de alta graduación) esta, la primera, y quiera Dios que haya más, de sus novelas. El estreno no puede ser más prometedor. Ojalá la obra, publicada hoy en gallego, sea más pronto que tarde vertida al castellano para deleite no solo de los habitantes de aquel finisterre, sino de la península toda y aun de los archipiélagos y plazas de soberanía en África, pues algún moro hay entre sus tapas. También, para goce de los que hablan español en el Nuevo Mundo, tierra abonada para los asombros, como una vez y otra se advierte en Bernal Díaz del Castillo, que parece que de continuo va a papar moscas ante tanta vista a la que no puede dar crédito.

Pero hablemos de otro yantar, y de un buen trasiego que lo acompañe: Merlín e familia es uno de esos deliciosos manjares y caldos que vienen de la tierra gallega, tan suculento como el pulpo o el albariño, la empanada o los percebes, pero con más sustancia. El encantador del rey Artús aparece en estas páginas como hilo de oro conductor de un puñado de relatos engarzados con sabiduría, fabliaux que se desgranan por el gusto de contar. El personaje principal que lo acompaña es su fámulo, Felipe de Amancia, una suerte de Sancho Panza que evoca sucesos, lances, conversaciones. La humanidad rompe las costuras de lo literario. Y el niño de nueve años que se incorpora a la casa de Merlín tiene ojos y oídos bien abiertos, y la lengua presta para dar cuenta de todo.

La segunda a bordo de ese navío doméstico de Merlín es Ginebra, que gobierna sobre gentes y ganado. Hay un gato ciego y albino, y criadas, más el zagal que aprende de la hechicería y del mundo, galaico en el entorno más inmediato y universal en su ámbito de horizontes, que desde Constantinopla vienen visitantes y hay una aventura de un camino que se quita y pone como una pluma en el sombrero, o la risa o el llanto en el rostro de un niño. Anacronismos, como las meigas, haylos, pero eso no importa y, es más, contribuyen a la magia, que en ámbito de castillos y monjes cistercienses se diría que no tienen cabida las habaneras o una merengada. También se plantean adivinaciones muy trascendentes, verbigracia saber “si quedara o no preñada del zar de Rusia la Bella Otero”.

Terminado el tesoro del libro, se saca del bolsillo Cunqueiro algunas monedas más y las da en generosa propina: unas novelitas o noticias adicionales sobre el mago de Bretaña. Cuando el lector desea que el libro no acabe y exclama para sus adentros Oh, no, ¡Más!, el índice onomástico se hace eco y obedece fiel y finamente. Repare especialmente el lector en el genial apéndice donde se recapitula quiénes son los personajes de la trama. No es una adenda, sino una cumplida cima de la invención y del donaire, donde caben algunas picardías más, algunos juegos añadidos, detalles extravagantes y cordiales, como el del perrillo al que Merlín enseña a silbar una alborada, o la aparición del propio don Álvaro, “que fue quien puso en romance estas historias.”

Ojalá, ya digo, en corto plazo también las ponga en el romance de todos y, lejos de Miranda o Mondoñedo, puedan ser leídas por lo menos hasta dentro de sesenta años (un minuto apenas para el interminable goce de esta escritura).

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