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‘Doo-wop’ literario

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The Wanderers. Las pandillas del Bronx

Richard Price

Mondadori, 2013. Colección «Roja & Negra»

ISBN: 978-84-397-2752-1

263 páginas

17,90 €

Traducción de Marc Viaplana

 

 

Fran G. Matute

En 1961, Dion DiMucci publicó dos sencillos que han quedado para la historia. El primero de ellos, “Runaround Sue”, fue directamente número 1 en las listas del Billboard americano. El segundo, “The Wanderer”, tuvo que conformarse con ser número 2, pero sirvió para consolidar la carrera en solitario de Dion que venía de cosechar cierto éxito a finales de los 50 junto al grupo The Belmonts, formado por Carlo Mastrangelo, Fred Milano y Angelo D’Aleo, con canciones como “I Wonder Why” o “A Teenager In Love”. El compositor de “Runaround Sue” y “The Wanderer” fue el genial Ernie Maresca, que al año siguiente triunfaría en solitario con el irresistible «Shout! Shout! (Knock Yourself Out)». DiMucci, Mastrangelo, Milano, D’Aleo, Maresca. Todos ellos formaban parte de una comunidad de músicos de origen italoamericano que poblaron el Bronx neoyorquino de la época y que obtuvieron una repercusión enorme en el desarrollo del ‘rock and roll’ facturando un brillante ‘pop’ vocal moldeado a partir de las formaciones clásicas del llamado ‘doo-wop’.

The Belmonts tomaron su nombre de la Avenida Belmont, el corazón del Little Italy del Bronx y paralela a la mítica Avenida Arthur que tanto protagonismo ha tenido en los filmes de Scorsese y DeNiro, siempre al son de la música de Dion y compañía. Resulta casi icónica la escena en la que un grupo de chavales ensaya melodías vocales en una esquina, bajo la tenue luz de una farola. Cuando no es la de unos jovencitos que juegan al béisbol en mitad de la calle -el estadio de los Yankees no queda lejos de allí- mientras una boca de riego inunda el asfalto, refrescándolo. ¿Lo tienen, verdad? Esa es la época y la estética que se reproduce en The Wanderers (1974), la primera novela de Richard Price. No creo entonces que haga falta aclarar que estos Wanderers se hacen llamar así por cierta canción que grabó un italoamericano muy famoso que vivía en su barrio y que ahora se ha convertido en una especie de héroe para ellos.

No obstante, se hace necesario matizar. Los Wanderers no aspiran a triunfar en la música como Dion. La mayoría de ellos son más que conscientes de que carecen del talento necesario. Del talento necesario para hacer casi cualquier cosa. Pero sí que parecen encontrar cierto alivio en la fuerza disruptiva del ‘rock and roll’. Hay un mensaje en lo que canta Dion que ellos entienden a la perfección. Dion fue como ellos, no hace mucho. Dion dice “corre”, “huye”, “escapa”, «no te asientes». Les grita desde el vinilo. Los Wanderers no son más que unos pandilleros adolescentes que viven a fuego las calles del Bronx y, en el fondo, lo que quieren es hacer honor a su título y deambular por ahí. Para no tener que afrontar la vida. Para no tener que enfrentarse al futuro que parece estar ya escrito para ellos.

Dion DiMucci sabía de lo que hablaba. Lo hacía con propiedad, con conocimiento de causa. Porque a principios de los 60 reconoció públicamente que tenía serios problemas de adicción a la heroína. Y para 1964, su carrera se encontraba prácticamente paralizada por culpa de las drogas. La mezcla de LSD y whisky lo llevó a un intento de suicidio y fue entonces cuando encontró a Dios y gracias a su fe fue capaz de desengancharse, dejando los vicios enfocados exclusivamente en el alcohol. Tras ingresar en una clínica de desintoxicación, Dion volvió a finales de los 60 a grabar. Pero esta vez era una música totalmente diferente a la que había facturado cuando era todo un ídolo de quinceañeras. Dion volvía introspectivo, consiguiendo, sorprendentemente, un enorme éxito como artista ‘folk’. Dion había vencido a sus demonios internos. Dion había madurado. Y también sus seguidores. Pero si atendemos al retrato ofrecido por Richard Price, nos cuesta imaginar a alguno de los Wanderers escuchando la versión contestataria de Dion. No por falta de madurez, sino porque seguramente ningún de ellos hubiera estado allí para presenciarlo. Sus huesos podrían perfectamente haberse quedado tirados en las frías calles del Bronx. Pero Price tiene el respeto suficiente por sus personajes como para no contarnos qué fue de sus vidas adultas.

Visto lo anterior, resulta lógico pensar que este The Wanderers ofrece el contrapunto literario perfecto a lo expuesto por George Lucas en American Graffiti (1973) -que, por cierto, sí que tuvo la indecencia de decirnos en qué se convirtieron sus personajes llegada la adultez- por la visión tan oscura y descorazonadora que ofrece de esa primera hornada de jóvenes que surgió del ‘baby boom’ americano, tras la Segunda Guerra Mundial, y por resaltar las enormes diferencias existentes entre los estilos de vida de la coste Este y Oeste. Sin embargo, me inclino más por emparentar este debú de Richard Price con una obra como La última película (1966) de Larry McMurtry. Porque si en la Texas de principios de los años 50 no había nada que hacer, ningún sitio al que ir, ningún futuro al que mirar a la cara, en el Bronx de la siguiente década lo que hay son demasiadas cosas. La vida de un Wanderer gira alrededor de buscar sexo desesperadamente, emborracharse, pelearse con otras bandas callejeras y jugar a los bolos.Y, en ambos casos, unos por defecto y otros por exceso, cada uno perdido en su propio microcosmos, terminan todos anclados a una realidad que ya no tiene nada que aportarles. The Wanderers se presenta así como un texto colorido, violento y adrenalítico, que en el fondo, tras el frenesí de la confrontación, nos habla sobre la incomprensión, los anhelos y el vacío generacional.

Del mismo modo que McMurtry desplegaba en su obra maestra una habilidad pasmosa para trazar con finura los retratos psicológicos de aquellos adolescentes atrapados por el destino, el acierto de Price radica, a mi juicio, en la naturalidad con la que construye una serie de estampas -cotidianas algunas, estrambóticas otras- a través de las cuales visualizamos con todo detalle el día a día de estos pandilleros de poca monta, su forma de pensar, su visión del mundo. Pero junto a esa naturalidad, apoyada en una prosa limpia y directa, sigue fascinándome el oído de Price para la conversación, su capacidad para afinar, para entonar, para lograr esa “oralidad” que se percibe en cada una de sus obras. Me van a permitir el símil pero la fluidez y la fuerza del texto, junto a lo coral del conjunto, me hace pensar en que lo que Richard Price consigue con su escritura no resulta muy distinto a lo que Dion & The Belmonts lograba con su música. Son, en esencia, las mismas pautas. La misma plasticidad sonora. La misma “musicalidad”. Por qué no decir, entonces, que The Wanderers es un claro ejemplo de ‘doo-wop’ literario. Y, de paso, constatar que se trata de una maravilla de lectura, un debut fascinante, una obra llena de vida. Lo que Richard Price nos ofrece en su primera novela es un verdadero cántico.

admin

3 comentarios

  1. De Richard Price me leí hace tiempo Clockers, de la que hizo peli Spike Lee, y me quedé con ganas de más.

  2. Todo eso que cuentas suena, me parece, a la misma música de «La promoción del 49», de Don Carpenter. Donde también identifico referentes como el de «American Grafitti» o «La última película». No conocía la historia de Dion DiMucci. También tiene paralelismos, en cierto modo, con la historia de Al Green. ¿Hay alguna biografía sobre el tipo?

    Estupenda reseña, para no variar.

  3. Sí. Dion tiene una biografía taco de cafre, donde lo cuenta todo. No creo que esté traducida. También tuvo sus más y sus menos con Phil Spector en los 70, cuando éste le produjo un álbum.
    Leeré el de Don Carpenter.
    Gracias.

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