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¡Editores, andad con cuidado!

Sepulcros de vaquerosJOSÉ MANUEL LÓPEZ | Hola, amigos, soy Max Brod. Sí, estoy seguro de que a todos os suena mi nombre. El que escribe estas líneas es, quizás, el personaje del mundo de las letras más conocido por una actividad distinta a la escritura. Y eso que soy un gran novelista. Sin embargo, el verdadero motivo por el que aparezco en los manuales de la literatura es por una traición. Sí, una bendita traición. La que ejecuté sobre mi buen amigo Franz Kafka, al publicar un conjunto de escritos suyos que me ordenó quemar en una hoguera. Y, no me deis las gracias, pero, debido a esa deslealtad, hoy día podéis disfrutar de algunos de los textos más influyentes del siglo veinte, como El castillo o El Proceso. ¿Que si envidio a Kafka? Bueno, esa afirmación sin fundamento me ha perseguido desde siempre. ¿Que quizás yo debería ser conocido más por mis libros, superiores, en mi opinión, a los de mi amigo, que por salvar los suyos? Eso es otra historia. Pero lo que sí es cierto es que sin mi intervención la historia de las letras contemporáneas sería actualmente muy distinta.
Y os preguntaréis: ¿qué hace este checoslovaco amigo de Kafka escribiendo en Estado Crítico? Pues porque ya está bien, hombre. Alguien tiene que poner algo de sensatez, cordura y criterio en esta actividad tan habitual hoy día de publicar póstumamente. ¿Y quién mejor que yo? Cada vez que un editor, familiar o amigo se pone a rebuscar en los cajones de un famoso autor fallecido con la intención de encontrar algún escrito -una novela inacabada, un trozo de un diario inconcluso, frases inconexas que sumadas podrían formar un ensayo, una lista de la compra que, con un poco de ayuda, llega a convertirse en un poema dadaísta…-  y llenarse los bolsillos con él, pues me cita: “¡Es que si Max Brod no hubiera faltado a la voluntad de su amigo…!”; “¡si me criticáis a mí criticad también a Max Brod, sin cuya valiosa labor habríamos perdido un legado literario de enorme magnitud!” Y debo decir, amigos, que es cierto. Mi lúcida visión de escritor, porque, os lo repito, yo también escribo, me ayudó a dilucidar que los textos que mi amigo me entregó como pasto del fuego eran, en realidad, oro puro; y que esos manuscritos, aun los inconclusos, debían ser publicados en pos de un objetivo más elevado: crear un punto de inflexión radical en la historia de las letras contemporáneas. Porque el tema de editar póstumamente, os lo dice un experto, es complejo desde un punto de vista ético y estético; y en él hay que tener en cuenta muchos factores: unos internos, como son la calidad de la obra, su carácter inconcluso o su unidad; y otros externos, como la intencionalidad de publicar la obra por parte del autor, o, por supuesto, la fiabilidad de su autoría. Y es que, claro, todos conocemos multitud de casos de enormes obras no publicadas en vida del autor que, gracias a Dios, algún iluminado como yo tuvo la osadía de publicar. ¿Qué sería de la reciente historia de la Literatura sin, y para no citar siempre mi ingente labor, Poeta en Nueva York, por ejemplo, publicada tras la muerte del autor granadino? ¿Cómo podríamos haber vivido igual sin la lectura de 2066, novela descomunal, a pesar  de inconclusa, de Roberto Bolaño? Pero sucede, amigos, y ya nos centramos en el idolatrado autor chileno, que, desde el año en que murió este, dos mil tres, hasta nuestros días, se han publicado, nada más y nada menos, que once libros suyos. Y es por ello que veo imprescindible la aparición de una figura, en este caso quién mejor dotado que yo, el salvador de la literatura moderna, que cribe y juzgue si estas publicaciones póstumas- de diferentes autores que nos han dejado, no sólo de Bolaño- son necesarias y enriquecedoras.
Hoy nos ocuparemos de Sepulcros de vaqueros, libro de Bolaño publicado por Alfaguara en 2017. El libro lo forman tres relatos extensos o novelas cortas. Los textos van precedidos, además de por un prólogo, de unas notas en la que se nos aporta información de los archivos (año, si fue escrito a mano, máquina u ordenador, si aparece en un solo documento o en varios que se han unido, título…) de los que se ha partido para editar cada nouvelle. También se aportan, al final, fotografías de esos manuscritos con apuntes y dibujos del autor chileno. Todo este aparato editorial se puede interpretar, bien como una manera de aportar al investigador o seguidor de Bolaño una serie de documentos de interés a la hora de profundizar en su proceso creativo, o bien como una manera de justificarse por parte del editor, que se ve en la obligación de argumentar que esto que se está publicando tiene realmente valía, y no es un mero collage artificioso diseñado a partir de documentos sueltos del autor de Los detectives salvajes.
Seré claro. El primero de los relatos, “Patria”, me parece un despropósito. Este Frankenstein está compuesto por una serie de textos individuales, borradores sin apenas conexión, en los que se pasa de un tema a otro: del recuerdo del padre al derrocamiento de Allende, intercalando varios sueños y monólogos de diferentes personajes.  Si algún ápice de unidad existe en “Patria”, es gracias a que aparece intermitentemente la figura de Arturo Belano, trasunto del autor que encontramos en varias de sus novelas. Ya en el prefacio se nos comenta que esta obra se forma a partir de documentos de tres archivadores distintos, y quizás escritos entre 1993 y 1995. Sí, es cierto que en estos apuntes deslavazados podemos atisbar el talento de un enorme escritor, pero su carácter claramente fragmentario y su falta de cohesión hacen de “Patria” una simple acumulación de bocetos a los que no haríamos el menor caso de no saber que fueron escritos por el autor de Estrella distante.
Las sensaciones son distintas con “Sepulcros de vaqueros”, la segunda novelita que encontramos en la edición. Ya en los apuntes iniciales se comenta que “el texto completo de esta narración se localizó en un archivo con nombre VAKEROS.doc en el disco duro del ordenador de Roberto Bolaño” (p.18). Y esta aparente unidad se ve refrendada a través de su lectura. En primer lugar, la figura de Arturo Belano se hace más constante, y aquí parece vertebrar realmente el texto. Por otro lado, nos encontramos, y esto es pura marca Bolaño, ante una novela itinerante, donde el trayecto Chile-México adquiere una importancia real y simbólica, y donde los aeropuertos y los barcos, lugares de paso, adquieren el rol de escenarios de oníricos encuentros entre personajes cargados de misterio, pero también de un magnetismo muy real. Uno de estos tipos interesantes es El Gusano, que también aparece en su libro de relatos Llamadas telefónicas. Es un individuo con el que Belano se encuentra esporádicamente, y que parece el protagonista de una intrigante novela negra que no se nos da a conocer. Y es que en “Sepulcros de vaqueros” sí encontramos lo mejor del autor chileno: el narrador sobrio e hipnótico que relata con una encantadora desgana una realidad auténtica, que se torna a veces absurda o febril. Solo por este relato vale ya la pena comprar el libro.
Con respecto a “Comedia del horror en Francia” debo decir que la sitúo a medio camino entre “Patria” y “Sepulcros de vaqueros” en términos de “necesidad” de ser publicada. Realmente, este texto parece el comienzo de una buena novela que nunca se llegó a escribir. La trama comienza con un eclipse en una ciudad de la Guyana Francesa, y termina convirtiéndose  en una larga llamada telefónica que recibe el protagonista desde París: es el grupo surrealista clandestino, que pretende, como dictaba Breton, devolver el surrealismo a las alcantarillas. Texto curioso y entretenido, con mucho humor, pero, como hemos dicho, un mero esbozo del principio de lo que sería una prometedora historia.
En definitiva, tres textos. Dos de ellos, a mi parecer, prescindibles, y el otro, “Sepulcros de vaqueros”, una muy disfrutable novela corta en la que encontramos al mejor Bolaño, sin duda. Pero, efectivamente, ¿cómo publicamos un texto –exceptuando a Eduardo Mendoza disertando sobre Cataluña– de tan solo sesenta y cinco páginas? La conclusión es que hay que rellenar. He aquí mi veredicto final.  En vosotros está la decisión de comprar o no el libro. Mientras tanto, yo seguiré con mi labor de custodiar la voluntad de los autores muertos. Yo, Max Brod, el alguacil de las obras póstumas, seguiré al acecho. ¡Así que no lo olvidéis, editores, andad con cuidado!
Sepulcros de vaqueros (Alfaguara, 2017), de Roberto Bolaño | 216 páginas | 18,90 €

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