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El ‘angst’ de la chica blanca

IluminadaCAROLINA LEÓN | Ser mujer da asco: cuanta más literatura memorialística firmada por mujeres leo, más segura estoy de ello. Sean bengalíes o británicas, afrodescendientes o latinoamericanas, hacerse una biblioteca de literatura en primera persona de mujer, desde que las editoriales han abierto el espectro a esas obras, es deslizarse por un tobogán de inmundicia, dolor, experiencias humillantes, opresión y discriminación, aunque a veces se cuelen por medio historias de “superación” y hasta algunas pequeñas alegrías. Es un tapiz en formación, aún incompleto, pero sin esta eclosión de autobiografía no podríamos forjar una cosmovisión en la que, desde la insatisfacción o los agravios, desde los lugares de cada una en el mundo, pudiésemos trascender a otra cosa.*

Iluminada de Mary Karr es el último que sumo por ahora a la lista. Editado hace unos meses por Periférica y Errata Naturae, apareció en las mesas de novedades gracias al reconocimiento de su primer libro de memorias traducido al castellano, El club de los mentirosos. Si es difícil llamar la atención con un libro de una autora desconocida que escribe sobre sí misma, éste funcionó bien gracias al boca-oreja que es, al final, la recomendación más confiable. Karr tiene garra, decía todo el mundo. Tiene humor, lengua afilada, agilidad y sacos y sacos de self-deprecation, esa herramienta del humor tan querida por aquellos que no cuentan con la legitimidad del jefe-de-manada. Decía “todo el mundo”, y ahora que pasé por las casi seiscientas páginas de Iluminada, afirmo: Karr tiene brillantez, un estilo narrativo inteligente, una capacidad para atender a detalles, conectar elementos, tejer ambientes y redondear episodios, que haría buena cualquier novela, biográfica o no. Pero Karr es, sobre todas las cosas, escritora de lo personal.

Iluminada no es el segundo, sino el tercero de sus libros de memorias (así que queda sin traducir el volumen intermedio, Cherry). Su historia, que no puede dejar de remitir al primer libro, comienza con la joven de diecisiete que huye de la “inmundicia”, un hogar texano pobre de madre y padre alcohólicos en el clásico viaje iniciático a California, como han hecho tantas antes y harán tantas después: con una mano delante y otra detrás. Primeras drogas, primeras relaciones, primeras borracheras… A partir de ahí, casi todo es alcohol. Su paso por la universidad, el abandono de ésta, sus primeros empleos, su noviazgo con un mozo Ivy League, su embarazo (aquí se lo piensa un poco…), y los problemas que siguen al nacimiento de su hijo. Lo dejo aquí para no contarlo todo, pero las muchas páginas contienen el relato de hundimiento más vivaz que he leído nunca, con esa tendencia a la auto-caricaturización que a veces incluso harta, con personajes secundarios de lujo, y con una relativa ternura en la mirada, necesaria para que no tiremos el libro lejos al vigésimo quinto episodio humillante.

Es el relato del hundimiento y también del proceso de salir del alcoholismo agudo y la depresión, divorcio mediante; o, en sus palabras “el viaje desde la pecadora de cinturón negro y agnóstica de larga duración hasta convertirme en una improbable católica”. La recuperación fue, sí, espiritual, y marca la parte menos divertida del libro, pero también la más humana. Hasta para entregarse a la fe hace falta sentido del humor.

Sin embargo, lo que me resulta más interesante del libro está en otra parte: su origen y su llegada. En el trayecto subyace la ansiedad por el desclasamiento de la texana, que a toda costa se quiere sacar la roña de la herencia (social, genética), pero como solo posee auto-desprecio como herramienta, se precipita al hoyo de la conmiseración, mientras lucha consigo misma para estudiar, escribir, prosperar, ser buena madre, y se sigue precipitando porque no tiene otra cosa que auto-desprecio.

La autopista al infierno también la recorren las mujeres (¿o deberíamos decir que la recorren las mujeres mejor?). Iluminada cumple mis expectativas con creces, como libro de memorias, como autobiografía de mujer, como exquisita literatura y, además, como relato del lado decadente y perdedor del “sueño norteamericano”, que tan pocas veces leemos en la pluma de una escritora (pendiente tengo la lectura de Lagunas, de la periodista Sarah Hepola, que abunda en cuestiones parecidas). Diría que la sección “encuentro con la fe” se hace un tanto tediosa y quizá se podría haber ahorrado algunas decenas de páginas, pero el recorrido se cierra admirablemente, perdonando a su pasado, especialmente a su madre, y más o menos a la vez a sí misma.

Iluminada ya es, en mi colección personal de literatura memorialística, un prístino ejemplo de la “angustia de la chica blanca de clase baja del primer mundo libre”: la que vive con ansiedad sueños de grandeza, la que desespera por la lejanía de estos, la que solo sabe capear a bandazos los condicionamientos del género y los orígenes. Claro que ser mujer no da asco: era un truco retórico como todos los que Karr pone en juego para sacar de sí misma a la increíble escritora que llevaba dentro, que no busca nuestra piedad sino todo lo contrario.

* El tapiz al que aludo está completamente desequilibrado hacia lo blanco y occidental; tanto entre lo traducido / editado como entre mis propias lecturas, asumo.

Iluminada (Periférica / Errata Naturae), de Mary Karr | 584 páginas | 24,50 € | Traducción de Regina López Muñoz

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