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El año que viene pensaré otra cosa

contaresescucharCAROLINA LEÓN | “Si me dan a elegir, sin duda preferiría mirar el salto ecuestre y practicar el sexo. Nunca al revés. Pero ya estoy muy mayor para el salto ecuestre, y en cuanto al sexo, ¿quién sabe? Yo sí; ustedes no”.

Confieso, avergonzada: nunca hasta hace dos años había leído a esta maestra, titana de la literatura. Su nombre resonaba entre los muchos que nos pasábamos en recomendaciones subterráneas de Autoras Que Hay Que Leer, pero su obra estaba mal editada y a menudo descatalogada. Hablo de hace diez años. O quince. Hablo de cuando Ursula K. Le Guin era ya por derecho propio una de las voces más importantes de la literatura del siglo pasado, y no me refiero a un género concreto, sino a la Literatura Universal.

Un nuevo alud editorial llegó, por suerte, a partir del rescate que hizo Nórdica de un cuentecito (El día antes de la revolución) y a partir de su fallecimiento, hace menos de un año, pero los libros disponibles en traducción y en las librerías en este momento siguen siendo una representación muy pequeña de su obra. Sesenta años, aproximadamente, imaginando historias como una descosida, dedicada a la literatura y abrazando el oficio como lo que le era propio, natural a la par que elegido, y sin dejar de perfeccionarse nunca desde los tres ángulos del prisma que componen a un escritor: leer, escribir, imaginar.

Contar es escuchar es una feliz recopilación de ensayos breves, textos creados para conferencias y talleres literarios, reflexiones en torno a la literatura y a ser escritor(a) en el mundo, publicado originalmente en 2004 y editado por Círculo de Tiza en 2018. Con él tenemos a disposición la mente amplia y hasta inabarcable de una escritora consagrada, con varias décadas de oficio, que no deja de investigar, de preguntarse, de cuestionarse a sí misma y al entorno. Los libros de “escritores para escritores” pueden resultar, por decirlo en pocas palabras, un rollazo supino para cualquier otro lector, y sin embargo creo que éste no es el caso. Hay algo en su forma de acometer las enseñanzas del oficio, hay algo de su universalismo, de su radical humanismo anclado en la antropología que la rodeó en la niñez, que hace que cualquiera de sus textos, por muy parcial que resulte (aquel que dedica a la literatura de Tolstoi o a la de Tolkien o a la de Cordwainer Smith), constituya un alegato de inteligencia y sabiduría transversal y, en suma, una gozada para cualquiera que busque cualquiera de esas cosas en la lectura.

Y es una gozada por su sentido del humor (véase la cita arriba) que salpica cada reflexión, ya sea acerca de su infancia con un padre antropólogo archifamoso (la K es de Kroeber) o sobre los tics que responsablemente impartía a futuros escritores con mucha prisa por verse publicados y hacerse ricos: “Los escritores y profesores que anteponen el mercantilismo a la calidad degradan al escritor y su obra. Los talleres literarios que anteponen la comercialización y los contactos a la calidad degradan el arte. Si no estás de acuerdo conmigo, no pasa nada. Pero no vengas a mi taller”.

(Esto último bien puede no resultar humorístico, pero es el riesgo cierto de todo humor).

El libro está salpicado de visiones especialmente útiles para quien quiere escribir, pero provechosas también para quien quiere leer y entender el mundo a través de la lectura. Aquí y allá, cuela algunas de sus obsesiones como creadora: la distinción entre la escritura de la imaginación y la escritura de los hechos; y el dilema de la apropiación de las vidas reales para los creadores. En pocas partes he leído alguien abordando ambos temas con más lucidez. El texto titulado “Hechos y/o/más ficción” recoge la primera de estas discusiones, en torno a lo que ella insiste es un mal norteamericano que desprecia la “imaginación” y prefiere la narración de “hechos reales”, y de lo que supongo que fue su observación de las últimas décadas de su vida en activo: la proliferación de libros autobiográficos que se rellenaban de hechos ficticios y libros de ficción que pretendían ser muy realistas, mientras que su obra seguía siendo etiquetada en la subcategoría de “fantasía”. “Si esta falta de distinción entre lo ficticio y lo factual es una tendencia general, quizá deberíamos celebrarla como una victoria de la creatividad sobre el objetivismo indiscriminado y poco imaginativo. Sin embargo, el hecho me preocupa, porque me parece que al no distinguir la invención de la mentira se pone en peligro la imaginación”.

En todos estos escritos sobrevuela esta defensa de la imaginación como alta facultad humana. La discusión sobre géneros verdaderamente la obsesionó, pero desde el presente, sus textos bien valen como guía de lectura de la información cotidiana y las trolas de los medios, para poner en su lugar el reportajismo contemporáneo y para celebrar a la muy humana facultad de imaginar. Porque, en definitiva, y a lo largo de sus diatribas con su oficio y consigo misma, lo que nos está pidiendo (a lectores, críticos o aspirantes a escritores) es darle a la imaginación el lugar que se merece. Para tomar los hechos del mundo y trascenderlos, combinando lo conocido con lo cognoscible y lo experimentado con lo plausible. Y de ahí crear otros mundos nuevos.

“El ejercicio de la imaginación es peligroso para quienes se aprovechan del estado de las cosas porque tiene el poder de demostrar que el estado de las cosas no es permanente, ni universal, ni necesario”. Creo que en ninguna otra colección de artículos de escritor aprendí tanto sobre el oficio de la escritura y sus dilemas.

Hace menos de un año que nos dejó. Yo llevo menos de un año regodeándome en toda esta sabiduría, y echándola de menos. Es posible que su universalismo y mirada humanista ya no sean posibles sin teñirse de (más) desencanto, así que esta colección resulta doblemente valiosa. Solo pido que podamos leer mucho más, por favor, de Ursula K. Le Guin.

Contar es escuchar. Sobre la escritura, la lectura, la imaginación (Círculo de Tiza, 2018), de Ursula K. Le Guin | 23 euros | 326 páginas | Traducción de Martín Schifino

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