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El cadáver bajo los fundamentos

ILYA U. TOPPER | Si usted se ha leído cualquier resumen en internet sobre esta novela —la que ofrece la editorial, la que figura en la contraportada del libro— ya sabe cómo termina. Claro, qué otra cosa puede pasar si un contingente de soldados en el desierto, que patrulla los confines del joven Estado, dispuesto a sacrificarse por la supervivencia de la nación, esperando ataques del enemigo o infiltrados aviesos, se topa entre las dunas con una muchacha beduina. Se lo imaginará incluso si yo no se lo repito.

A mí nunca me ha gustado leerme una novela sabiendo cómo termina, por eso huyo de solapas y contraportadas como gato escaldado de las lanzallamas reguladas a la temperatura de Fahrenheit 451. Por eso mismo es una agradable sorpresa descubrir, tras las primeras 70 páginas, que en realidad no sabemos cómo termina la novela, porque eso era solo la primera parte, y hay una segunda.

También es verdad que durante la lectura de la primera parte, cada vez importa menos saber o no saber el final, porque uno se queda atrapado por el presente. Por esas descripciones minuciosas de las jornadas del protagonista, el oficial al mando del campamento. Si fuese pintura sería hiperrealismo. Cada gesto trazado con línea precisa y con sombra dura, una y otra vez, porque los gestos se repiten. Si fuese una película, sería muda.

Aquí no hay diálogos, pero tampoco interiores, tampoco pensamientos: usted, lector, observa lo que está pasando, pero no sabrá en ningún momento qué pasará por la cabeza del oficial. Tendrá que deducirlo. Tendrá que plantearse qué pensaría usted si tiene a su cargo un pelotón de soldados en un puesto de avanzadilla en el desierto del Neguev, con temperaturas insoportables, y se despierta de madrugada con un bicho picándole en el muslo.

Frente a la extrema frialdad de esta narrativa —aquí nadie tiene sentimientos, ni siquiera la muchacha beduina, mejor dicho: no le vemos los sentimientos a nadie—, la segunda parte se hace un confuso y revoltoso diálogo interior de sensaciones y reflexiones arracimadas que lo único que tienen en común con la primera parte es el lejano ladrido de un perro.

Se entiende: si aquel suceso en el Néguev tuvo lugar en 1948, poco después de la declaración de independencia de Israel, ahora nos encontramos en el presente, en un lustro no especificado del siglo XXI, con Cisjordania compartimentada en tres zonas de diversos derechos de acceso y dividida por cientos de puestos de control israelíes. Es otro mundo. Y la narradora, ahora en primera persona, es una muchacha palestina que trabaja en una oficina pero de noche oye ladrar los perros.

El cambio de registro tiene un efecto semejante al que experimentamos al salir de un lago helado y meternos en una cabaña de vapor: las palabras nublan y ofuscan. Afortunadamente, esto solo dura diez páginas y luego empezaremos a distinguir contornos: así que esta chica ha visto en un periódico la noticia de un suceso menor que ocurrió hace más de medio siglo, durante una patrulla israelí en el Néguev, que se encontró a una muchacha beduina…

Lo que sigue es una minuciosa descripción —pero esta vez con la temperatura al rojo vivo— de cómo una palestina puede salir de la zona en la que está confinada: narrado así parece un viaje alrededor de medio mundo, y para una palestina de la zona A es, efectivamente, el equivalente, porque probablemente será la mayor distancia que recorrerá en coche en una década, y lo llevará a un lugar tan exótico como el mar. Si lo mira en el mapa, estimada lectora, tal vez se sorprenderá de que la distancia equivale a ir de Málaga a Marbella: cincuenta kilómetros.

No, si se han creído que esto es la historia de una investigación, se equivocan: ahora, el seguimiento de gestos y movimientos se amplía a impresiones, sensaciones, pensamientos, pero la película sigue siendo, de cierta manera, muda. No esperen la encadenación de sucesos que la teoría literaria denomina trama. No hemos venido a eso. Hemos venido a ver. Y pocas cosas hay más visuales, auditivas, casi táctiles que la escritura de Adanía Shibli. No en vano la consideran una de las mejores jóvenes escritoras de Palestina. Y probablemente de su generación en árabe: haber formado parte del colectivo seleccionado como Beirut39 es un marchamo no al alcance de cualquiera. No me cabe duda de que lo merece plenamente. Si uno decide usar el árabe clásico como lengua literaria, es así como debe escribir. Con ecos de Ghassan Kanafani.

Hay muchas cosas que en árabe no pueden funcionar —un diálogo, por ejemplo: nadie habla árabe— pero si algo funciona es la precisión, de cincel diamantino, con la que Adanía Shibli graba sus palabras sobre la roca que es la mente de todo lector. Y ante esa nitidez casi abstracta, ya importa poco si la descripción de aquel campamento militar realmente refleja el ambiente de una patrulla de voluntariosos combatientes sionistas: yo me los imaginé siempre mucho menos disciplinados, menos jerárquicos, menos militares, en una palabra, más soldadesca. Pero no se trata de eso: Shibli ha trazado un arquetipo militar, no pretende recrear fielmente un pasado concreto. Lo que sí es concreto y real es la conclusión: en el hormigón vertido como fundamento del Estado de Israel se  han metido muchos cadáveres. Y ese pasado, cincuenta años después, no es remoto. Sigue aquí. No es otro mundo.

La narradora arranca el coche. Unos cien kilómetros más al sur —pero ya estamos fuera, ya no importan las distancias— está la frontera, el desierto, un kibbutz que quizás guarde recuerdos, la llanura, tal vez aquel barranco con la poza y las palmeras donde aquella beduina, o tal vez no. Tendrán que leer hasta la última página para saber cuál es realmente el final de la novela.

Un detalle menor (Hoja de Lata, 2019) | Adanía Shibli |  Traducción del árabe: Salvador Peña Martín  | 160 páginas |  15,90 euros

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