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El capitalismo mata

LUIS ANTONIO SIERRA | Sé, por experiencia propia, que una tesis doctoral es un trabajo académico muy duro – a veces incluso extenuante, me atrevería a decir-. La redacción de una tesis implica una exhaustiva labor de investigación, de ir a las fuentes originales, de tirar de un hilo que luego te lleva a otro y más tarde a otro hasta que se llega a un punto en el que hay que poner fin, reflexionar y recapitular. Hay tesis que, por así decirlo, se enrocan en torno a un asunto del que difícilmente se puede salir. Y, a veces, da la sensación de que se miden al peso en vez de por su calidad o sus novedosas aportaciones. En ocasiones, estos pesados trabajos de investigación toman forma de libro, de ensayo que debe bajar de la académica torre de marfil y aterrizar en un espacio más divulgativo donde las hipótesis planteadas lleguen de manera comprensible al lector medio.

Digo todo esto porque al libro objeto de estas líneas le pasa un poco casi todo lo mencionado arriba. Se trata de Capital fósil. El auge del vapor y las raíces del calentamiento global, de Andreas Malm. Este extenso y detallado ensayo procede de la tesis doctoral que el autor defendió en la Universidad de Lund (Suecia) en 2014. En el libro, publicado por la excelente editorial Capitán Swing, y traducido por Emilio Ayllón Rull, se defiende la tesis del título, es decir, que el calentamiento global es un peligrosísimo acontecimiento, que sus orígenes están en el auge del capitalismo industrial representado por la normalización del uso de la máquina de vapor y que – y esto es consecuencia de lo anterior – si la política no es capaz de darle una vuelta al sistema y acabar con el capitalismo, las generaciones venideras lo van a tener muy crudo para sobrevivir en unos estándares aceptables para el ser humano. O, dicho de una forma mucho más explícita: el capitalismo mata.

A esta conclusión es fácil que llegue cualquier persona mínimamente informada – a excepción, lógicamente, de aquellos que dicen tener un primo que les ha dicho que el calentamiento global no existe-. Malm, quizás por el origen académico de la obra, peca de insistencia a la hora de demostrar que la expansión, en el siglo XIX, de la máquina de vapor – y sus consecuencias en cuanto al uso de recursos energéticos fósiles – es el origen de todos los males que nos acechan hoy día. Nos explica por activa y por pasiva las diferentes perspectivas y razonamientos, causas y efectos de este hecho, cosa que está bien, pero este lector habría agradecido un ejercicio de síntesis a la hora de exponer las ideas.

Sin embargo, cuando el autor, hacia el final del ensayo, acomete los males actuales y futuros del capitalismo y su relación con el calentamiento global, o las trabas que el neoliberalismo está imponiendo al desarrollo de las energías renovables, o cuáles son las perspectivas que nos esperan en el medio plazo si no cambia el panorama energético, nos parece que su exposición teórica se queda escasa. Es decir, como lectores que afrontamos un futuro incierto y que – algunos – esperamos que nuestros sobrinos y los hijos de nuestros sobrinos puedan seguir viviendo en un planeta razonablemente saludable, nos quedamos un poco huérfanos de guías de actuación. O quizás este sentimiento de orfandad se deba a que no hay mucho más que lo que arde – tanto metafórica como literalmente.

De una cosa sí que podemos estar seguros después de leer a Malm y es que capitalismo y calentamiento global van de la mano. Y seguro que ahora viene el listillo de turno y te dice que qué pasa con la comunista República Popular China. Bueno, suponemos que sobran las explicaciones. Y no solo se trata de que el capitalismo mata, sino que le importa bien poco lo que le pueda pasar al planeta y a sus habitantes dentro de un siglo. Esta visión cortoplacista basada en el beneficio inmediato y apoyada por los grupos de presión energéticos liderados por petroleras y gasísticas, así como por la política conservadora más reaccionaria, nos lleva al desastre ambiental y humanitario.

¿Y qué podemos hacer?, nos planteamos al igual que Malm. Pues a nivel individual la verdad es que bien poco. Está muy bien que reciclemos, que intentemos utilizar lo menos posible el transporte privado y lo sustituyamos por el público, que incluso compostemos nuestros residuos orgánicos para plantar geranios en el jardín – quien lo tenga. Si nos quedamos ahí, esto supondrá, una vez más, el triunfo neoliberal de hacer recaer toda la responsabilidad sobre el individuo escurriendo este el bulto por enésima vez. Mientras la industria, esto es, el gran contaminador, no revolucione su suministro de energía y los estados no se impongan sobre las transnacionales y el gran capital para aplicar la agenda de la energía verde, las perspectivas son bastante negras, como el humo que salía de las fábricas textiles de Mánchester durante el siglo XIX. Para que esto suceda pueden pasar dos cosas, bien que el capitalismo se humanice y no priorice el beneficio inmediato – cosa bastante improbable –, o bien que el sistema capitalista desaparezca y sea sustituido por otro – cosa bastante más improbable tal y como están las cosas, aunque ojalá me equivoque.

Capital fósil. El auge del vapor y las raíces del calentamiento global (Capitán Swing, 2020) | Andreas Malm | Traducción de Emilio Ayllón Rull | 622 páginas | 26,00 euros.

admin

2 comentarios

  1. Un problema de este planteamiento – el capitalismo mata – es dar por hecho que un sistema distinto no mata. Y no me refiere al capitalismo comunista, sino a esas formas de vida ancestral que en la cabeza de mucha gente garantizaban la sostenibilidad del planeta. Nada más lejos de la verdad. De hecho, gran parte de la deforestación de regiones como el Sáhara se debe al estilo de vida ancestral de pueblos que llevan siglos deforestando la región mediante el pastoreo. Si esta forma de vida no era cortoplacista simplemente es porque la destrucción del medio ambiente era un poco más lenta. Si el capitalismo tiene que humanizarse, mejor que no lo haga hacia los hábitos de la humanidad precapitalista.

  2. Además de estar de acuerdo con Ilya U. Topper, me gustaría añadir un parde cosas. Una es un chiste a costa del mismo título dela obra, que ya sé que tiene poca gracia y es incluso grosero, pero inevitable: «Sí, el Capitalismo mata, pero anda que el Comunismo…».
    Lo segundo es que la afirmación resulta más bien anacrónica a estas alturas. Lo que han hecho las sociedades libres entre el final de la Segunda Guerra Mundial y los años 80, en especial durante el desarrollismo de los 60 que afectó a gran parte del planeta, fue destrozar el Medio Ambiente por la fiebre del urbanismo descontrolado, los vertidos urbanos, el desarrollo de pesticidas, etc. Pero todo eso se ha ido corrigiendo desde hace un par de décadas, como mínimo, en esas sociedades que el autor, según el planteamiento que reseña el crítico, confunde con Capitalismo y que son de libre mercado, unas veces más capitalista y otras más socialista o social-demócrata. Un buen ejemplo es Suecia, un horrendo vertedero industrial a comienzos del s XX, con los bosques arruinados por la lluvia ácida, es hoy un paraíso ejemplar de Medio Ambiente. Esaes la tendencia y no podía ser otra puesto que el libre mercado se basa en mejorar constantemente la oferta para no perder posición vendedora. Por eso ahora son las eléctricas y las petroleras las que lideran la industria de energías limpias, un proceso lento que exige enormes transformaciones industriales, sacrificio social y coraje político. Cuando en Londres murieron varios miles de personas por el smog, en los años 50, se prohibieron radicalmente las calefacciones de carbón (e incluso las de leña) y el cielo cambió y la ciudad se hizo respirable. Vete a preguntar a la China de Mao, a Laos y Vietnam, qué hicieron para conseguir que las aguas de sus mares y ríos tengan aún una contaminación intolerable de mercurio y otros metales. O estudia el medio ambiente en la URSS y países del COMECON en los años 60y 70 y se te pondrán los pelos de punta.
    El problema, más allá del sistema económico, es la conciencia social que deben asumir los gobiernos de las sociedades libres. Y eso es exactamente lo que está pasando.

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