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El chico amarillo

JOSE TORRES | Todo sigue tranquilo es la obra póstuma y única, de Chusé Izuel. Todos los clichés, tópicos, de escritor maldito, de enfant terrible, se cumplían en él. Marian Pueo, pareja de Chusé entre 1987 y 1990, ilustra el atuendo habitual del escritor; “Camisa negra, pantalón de pinzas estrecho y hecho por un sastre y americana negra, también de sastre. A veces llevaba corbata negra, y en invierno un abrigo largo negro (al modo de los ángeles de El cielo sobre Berlín) “ Chusé ejercía su papel de cuervo triste, de anciano encadenado en un cuerpo de adolescente triste. Chusé se suicidó a los 24 años dejando un puñado de relatos que se publicaron en la ya extinta Ediciones Libertarias, y que Jonas Trueba, editor invitado en Caballo de Troya, ha recuperado añadiendo tres relatos más.

Esta historia y este libro, es también el relato de una amistad entre Chusé Izuel, Bizén Ibarra, y Félix Romeo, que actuaba como espoleta en las aspiraciones artísticas de sus amigos. Y que años después escribiría Amarillo como homenaje a su amigo prematuramente fallecido.

Aquellos lectores que se acerquen a la cincuentena reconocerán en estos relatos del escritor aragonés un escenario reconocible. Ambientados en los en ocasiones añorados 80, (sin razón aparente, pues fue una época durísima en la que la heroína hacía estragos, y la reconversión industrial dibujaba un panorama de paro y precariedad nada halagüeño), los personajes de Todo sigue tranquilo, estudiantes, trabajadores incipientes, veinteañeros todos, consumen su tiempo en una nebulosa de alcohol y tabaco (¡ay aquellos garitos infestados de humo!), en una juerga perpetua intentando dotar de sentido a unos días que fastidiosamente se repiten.

Pero haría mal el lector en quedarse solo en esta arquitectura etílica. Lo que de verdad importa, y conmueve de estos relatos, es la educación sentimental de los personajes, la búsqueda atropellada, torpe y brutalmente sincera, de la felicidad y del amor. Aquí se expone la rutina de pareja como un factor autodestructivo, la sinceridad que a veces es un dardo envenenado sin antídoto posible, la lucha por no dejar atrás esa Arcadia adolescente y entrar en la supuesta madurez que implica una relación de pareja…

Da la impresión, y más con este nuevo orden en los relatos de la edición de Jonas Trueba, de que Todo sigue tranquilo es un diario ficcionado del propio Chusé Izuel; un relato de su angustia vital atravesado por insólitos momentos de una belleza extraordinaria. Como aquel en el que uno de los personajes contempla a su pareja paseando desnuda por la habitación, con el cordón del tampón colgando entre sus muslos, “sencillamente estaba preciosa”, o aquel momento de otro de los relatos en el que uno de los personajes ha quedado con su ex en un bar, y “se produce un lapso entre disco y disco, ese brevísimo intervalo de vacío absoluto en el oído, y yo hundo mi mirada en sus ojos y siento que me pierdo en su interior”.

Chusé Izuel, Kafka adolescente, a menudo tiraba sus relatos nada más escribirlos, y a veces también tenía la pulsión autodestructiva de acabar con todo, con su vida, con sus relaciones amorosas, con su incipiente obra…

No sabemos si su suicidio truncó una fulgurante carrera de escritor. O si simplemente Chusé Izuel se hubiera limitado a vivir, a escribir de cuando en cuando sobre ello y después arrojar ese retazo de vida a la papelera del olvido. En todo caso, aquí quedan estos relatos como testigos de lo que fue y de lo que, tal vez, pudo ser.

Todo sigue tranquilo (Caballo de Troya, 2021) | Chusé Izuel |134 páginas | 13,90 €

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