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El ciclón del turbocapitalismo

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JABO H. PIZARROSO | Alba, Isabel es una escritora afincada en Donosti. La Danza del Sol es su última novela. Si alguien quiere referencias en plan tú de quién eres, habría que decir que Isabel es hermana de Santiago Alba Rico, uno de los mejores filósofos que tenemos en la actualidad, e hija de Lolo Rico, la que te enseñó a gritar: ¡Viva el mal, viva el capital!, cuando tenías entre seis y doce años, (en La Bola de Cristal), ¡No te rías de la bruja Avería, porque romperás la lavadora!…

Publicada en Acantilado, esa editorial que nos reserva siempre libros tan majestuosos como una buena botella de vino, hecha a medida del tiempo para el buen catar, con su primera de cubierta asolapada y las guardas en negro que principian el inicio de un gran texto, con un papel de mano opaca, gramaje agradable al tacto y olor a madera fresca, una mancha en páginas en los contra-grafismos, el blanco inmaculado de los bordes de la mancha tiene un equilibro áureo con la tipografía esbelta, y que se deja leer tan bien como se escucha una buena composición de Juan Sebastian Bach.

En fin, una buena editorial es como una frutería con fundamento. Puedes comprar tomates, reinetas, berzas, puerros, canónigos o judías a ojos ciegos, y sabes ya, desde el primer momento de la compra, que cualquier fruta o verdura adquirida en ese lugar será excelente.

Cuando empecé a leer este libro, no sé por qué, recordé la novela Mientras agonizo, de Billy Faulkner, aquella de Vardaman pensando que su madre era un pez. Será por la estructura. Quizá también porque acá accedemos al pensamiento de los peces que moran bajo la superficie de las aguas de la playa. La Danza del Sol se enmarca en las vacaciones veraniegas de la familia Moscardó, en un hotel llamado Solymar. No hay otras referencias de lugar, algo que nos puede llevar imaginativamente al pueblo o espacio que queramos dentro de la costa mediterránea de un país como España. Las vacaciones, ese momento del año en el que dejamos de ser esclavos, sujetos a los vaivenes de una tarjeta de crédito que ya se pagará, los días de sol y playa que son como una obligación casi laborable.

He parado de escribir hace unos quince minutos, y me ha sucedido algo que quiero contar y que tiene que ver mucho con la mamia, con el meollo de este libro. He dejado el teclear suave y como son las dos y no tengo pan, bajo a comprar un par de barras al Pakistano que tengo al lado de casa. Al volver al portal, una de mis vecinas abre. Yo voy detrás. Lo primero que me dice es que no me ha visto, justo cuando estaba a punto de cerrarme la puerta en las narices. Hay que apuntar que me conoce, que soy uno de sus vecinos y que aun así, ella hace como que no me conoce, cosas de la vida de los portales.

Ella pulsa el botón de bajada del ascensor y como pinta que está arriba, muy arriba, ella se pone a hablar, un poco para justificar lo del casi portazo en mis narices. Es que el sábado había aquí seis chavales dentro del portal y les dije que se fueran, que salieran de aquí. ¿Y eso?, le pregunto. Y me contesta, ¡Hay que andar con cuidado, eran negros, y eran árabes también!

En ese momento no sé si hacer un giro 270 grados a lo Marlon Brando y contestarle tras la revuelta o quedarme tal como estoy y decirle algo. Calculo mentalmente, recuerdo el fin de semana, y veo que los únicos chavales jóvenes del portal son mis tres hijos. Por eso le espeto literalmente, ¡Quizá eran amigos de mis hijos, que estaban esperándoles para salir de carnaval!, y ella me responde, ¡No, no puede ser, eran negros y árabes!

Yo, sin perder la compostura, le explico que muchos amigos de mi hijo son negros y son también árabes. Y en ese momento ella se queda tan callada que el golpecito de llegada del ascensor se oye como nunca se ha oído en nuestro portal. Entramos ambos. Ella sube al tercero y yo al quinto. Tanto se congela el silencio durante el trayecto hacia los pisos altos, que no podría rajarse ni con una rotaflex. El ascensor deposita a cada cuál en su piso respectivo. Y ahora estoy de nuevo pulsando teclas. Y sigo.

La novela de Isabel Alba es una fotografía objetiva sin prejuicios acerca de tres días en un Hotel, en la que aparece casi en forma de monólogos, aunque no lo son, la presencia delicada de un narrador omnisciente que no peca de injerencias en la mente de unos personajes -cada uno tiene su viñeta, su espacio- que tratan de disfrutar de esos días de vacances, cada uno con su problemática vital, social y política, todos ellos y todas ellas llenos de violencia contra sí mismos y contra el mundo que los deja al borde de la precariedad, de la indigencia y de un malestar de una época que comenzó con la crisis de 2011, La Gran Recesión que llaman ahora.

Este libro está hecho desde el suspense, por eso acá no hace falta decir lo de aviso a anti-spoilers, tal que en los primeros capítulos sabemos lo que puede pasar y lo que va a pasar, cuando observamos a Tamer Al-Zahar limpiando cuidadosamente un AK-47, y descubrimos que es uno de los habitantes de ese hotel, que espera a su hermano.

Nunca sabemos de dónde viene, ¿Siria?, ¿España?, ¿Gran Bretaña?, ¿Libia? Lo que sí descubrimos es que dejó de creer en Al-Lâh, porque encontró otra creencia que arraigó mucho más en su interior, el odio, el odio hacia un mundo, el occidental, que bombardeó su país cuando era un niño, el odio que le generó ver como su padre médico y su madre se pasaban los días de claro en claro recogiendo cadáveres, mientras ellos miraban con miedo al poco mundo que veían crecer tras sus ojos destrozados.

En ese hotel, trabajan también Miguel, Nuria y Miriam, quienes atienden a los clientes extranjeros y nacionales que pasan las vacaciones allí, junto a los miembros de la familia Moscardó. Una novela en la que la incomunicación entre las personas es el alpiste del narrador omnisciente de la misma, en la que la escritura fotográfica nos revela de forma directa u objetiva los interiores de las personas que no saben que el futuro les va a deparar un encuentro vivo y atroz con una realidad que el turbocapitalismo y la xenofobia de nuestros mundos han creado de manera inconsciente en la última década.

Acercarse a la Danza del Sol es convertirse en un hombre llamado Caballo. Suave y dura como ese ritual. Tierna y reflexiva como una parada ante el mundo que estamos haciendo. Y aunque tengamos miedo, como le pasó a mi vecina con los negros y los árabes, no está de más que investiguemos de dónde carajo vienen nuestros miedos cuando no comprendemos lo que está sucediendo en el instante exacto en el que un chaval de dieciocho años que tiene toda la vida por delante agarra una furgoneta y atropella a decenas de personas en las Ramblas de Barcelona.

La Danza del Sol (Acantilado, 2018) | Isabel Alba| 13.30 euros | 216 páginas

 

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