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El corazón no es de piedra

Cuarenta dólares por cabeza por sacar los restos
de la chica muerta de nuestros sueños
Donde lo azul es azul
Mark Richard
Caridad

JABO H. PIZARROSO | Mark Richard te arranca el corazón con sus manos sin que te des cuenta. Luego te lleva. Luego te trae. Luego te saca de ti. Al poco te sumerge aún más en tus hechuras al moverte de tu tú, sin desplazarte de ti mismo, metiéndote más en tus adentros. Te hace daño sin hacerte daño. Como te roba un tahúr. Como te opera un curandero sin anestesia cuando te vuelca en el gaznate un chorretón de whisky y te dice que ahora te sacará una muela.

Mark Richard no satura. Mark Richard te sutura con su ritmo de párrafo en el que existe no siempre, pero casi siempre, una obertura de frase o frases cortas, con sintética y temblona descripción, para luego mecerte como si fueras lanzada por las aguas de un río con aliento de meandro a no sabes qué lugar, como si fueras balanceado por la canoa que abre a lengua de quilla las aguas de un río cuyo mínimo olear te gusta, y lo sientes a medida que notas su ritmo, el color, los matices de sus palabras y sus aguas.

            Eso consigue que lo quieras porque desconoces hacia dónde te transporta. Es imprevisible, irrecitable también ¡Prueba a leerlo en voz alta! Te karma.

            Mark Richard nació en Lake Charles, en Luisiana, en 1955. Mark Richard es el humilde picapedrero de la falla de San Andrés, si esta se extendiera desde California hasta Savannah, en procelosa línea imaginaria, o de otra de esas fallas tectónicas visibles o invisibles que hacen que se besen, separen y vuelvan a besarse a piedra rota las dos partes de un grandísimo continente tan geográfico en su kilometraje cuadrado como en su vasto linaje literario.

            Porque Mark Richard. Con Mark Richard. Desde Mark Richard. Bajo Mark Richard. Esto es una oración literaria. De eso se trata. Repite conmigo: Mark Richard, Caridad.

En Mark Richard está hoy por hoy uno de los pocos buscadores de oro semántico que sobreviven como pueden en nuestro país de países gracias a Dirty Works, y mira que lo leemos en castellano, tan bien leído-traducido-transmutado desde el inglés al español por Tomás Cobos.

Oriundo del caribe americano, la parte norte del caribe total, aquel que iría desde Pernambuco hasta el Misisipi, dos franjas que cortaran territorio arriba y abajo desde el ecuador, y cuya medianía no fuera esta, cuya medianía fueran los cayos de Florida.

Y es algo más, porque Mark Richard trenza sus raíces, sus bulbos en lo real maravilloso de Alejo Carpentier, en la recia y tierna crudeza de William Faulkner, en la sequedad luminosa de Graciliano Ramos, en los túmulos sentimentales de Carson McCullers por aquello de que el corazón es un cazador solitario.

Pero no se queda ahí, ya que lleva este sincretismo hasta los orígenes de un nuevo manantial literario del que se puede beber para curarse de tanto deshonesto engendro que circula por ahí con mascarilla y con underwood máquina falsa.

Mark Richard. Caridad. Mark Richard. Caridad.

Pocas veces como esta agarrarás, lectora, lector, el corazón de un escritor en la mano cuando leas el libro al igual que ese escritor te coge el tuyo. Un corazón que no sea de piedra. Ni el tuyo ni el suyo. Dos corazones. Desocupado y confinado lector.

Mark Richard es una senda y es también una entrega a la vocación literaria, que cada vez tiene menos adeptas y adeptos. Con Mark Richard se llega a un lugar que no sabías que tenías dentro hasta que lo lees. Con Mark Richard se corona la cumbre de Comala, ese Páramo pétreo donde puede que viajes algún día para descubrir si verdaderamente vivió allí tu padre, o tu madre, o vivieron los dos juntos. O separados. Da igual. Lo bueno, si es de Mark Richard, sabe mejor. Dirty Works.

Caridad (Dirty Works, 2018) | Mark Richard |152 páginas | 21 euros | Traducción de Tomás Cobos

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