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El dilema de Henry James

Mi vida sin Eva Gundersen

Manuel J. Ramos Ortega

Paréntesis, 2009

ISBN: 9788499190501

274 páginas

14 euros

Daniel Ruiz García


La adopción de la mirada infantil, el prisma ingenuo, siempre ha sido un recurso fértil para los narradores. Mediante el empleo de un punto de vista premeditadamente inmaduro, de quien no sabe más porque está limitado por edad o por la falta de experiencias, hay muchos escritores que han logrado urdir tramas de gran interés, donde es habitual la trampa, el engaño. Como lectores, estamos obligados a conformarnos con el punto de vista del niño, del personaje inmaduro, que nos ofrece su visión personal y parcial de la vida, limitando nuestra perspectiva de los hechos, deformándola a través de su percepción ingenua y caprichosa. A bote pronto, se me ocurren unos cuantos libros en este tono, entre los que el más popular sea probablemente (pido perdón de antemano) El niño con el pijama de rayas, cuyo planteamiento está íntegramente construido sobre el engaño de esta voz infantil. Pero hay otros muchos: Claus y Lucas, de Agota Kristof, Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal, Ciudad de Ladrones, de David Benioff… Libros en los que nuestros ojos ven a través del personaje, y en los que estamos obligados a ejercicios de elucubración sobre “lo que hay más allá”, en la tradición de aquella seminal propuesta de Henry James en Otra vuelta de tuerca, que tanta influencia ha tenido sobre la Teoría de la Literatura y el concepto contemporáneo de novela.

El libro que reseñamos hoy forma parte de esta tradición. Mi vida sin Eva Gundersen presenta desde las primeras páginas al cadáver que da nombre a la novela, y toda ella es un ejercicio de reconstrucción a través de distintas perspectivas de unos mismos hechos que se van revelando en boca de los personajes.

El autor, Manuel J. Ramos Ortega, es catedrático de Literatura, y eso se nota. Tiene facilidad para ensamblar con armonía algunas de las obsesiones más recurrentes de la literatura universal: el doble, la recuperación del tiempo perdido, la obsesión por la persona amada, la muerte como elemento seductor… Todo ello sobre el tapete de una trama que resulta muy atractiva de partida: en el Cádiz de los años 60, un grupo de jóvenes disfruta con intensidad de sus particulares “veranos del amor”, en medio de un escenario inquietante poblado de veteranos nazis que se ocultan en las playas gaditanas aprovechando las simpatías del franquismo con el finiquitado régimen alemán. Uno de esos jóvenes, André, se enamora perdidamente de Eva G., la hija del cónsul alemán. “La consulita” es quien aparece muerta en la playa de Cádiz, y a la reconstrucción de su secreto está consagrada toda la novela. Así, la trama irá avanzando a través de la voz de distintos personajes, que a modo de puzzle completarán la verdadera historia de esa muerte que marcará a fuego al propio André y al resto de adolescentes del grupo.

No es, a mi juicio, y en contra de lo que sostiene la propia contraportada del libro, una novela coral. Para ser coral debe necesariamente ser poliédrica, con voces que tengan una personalidad propia, distinta. Porque sí, es cierto, hay distintos personajes, pero todos ellos comparten una cierta voz común. Una voz que se mantiene con pocas variaciones en todos los personajes, y que a mí se me antoja una voz adolescente. Esa voz predominante tiene tanta fuerza que le da tono y unidad general al libro. Es una voz evocadora, con mucho ritmo, evanescente a ratos, como un perfume, que es la voz que uno le pondría a una recreación de la juventud, a la propia juventud. Leyendo este libro he recordado películas como Verano del 42, o como American Graffiti, o, en un tono más peninsular, como El curso en que amamos a Kim Novak. En este sentido, las distintas voces funcionan más bien como recurso para armar la estructura de la trama, antes que como herramienta para alcanzar una perspectiva coral. Esto, que podría interpretarse como una objeción, me parece en realidad una de las cosas más atinadas de la novela, y lo que le confiere unidad e integralidad. La voz narrativa de Manuel J. Ramos Ortega es muy fuerte e impetuosa, tiene personalidad y funciona, especialmente en tramas como la que nos ocupa, donde dicha voz asume una gran responsabilidad: la de contar algo desde la ingenuidad, favoreciendo la progresión de la trama y manteniendo el interés prácticamente hasta la última página. Para arrojarnos al final, una vez más, sobre la gran duda de Henry James: ¿había fantasmas, o la institutriz estaba loca?

admin

Un comentario

  1. Joder, Daniel… este también me lo voy a apuntar, me ha llamado mucho la atención… Me ha gustado mucho la referencia a «Trenes rigurosamente vigilados» de Hrabal… ¿Has tenido la oportunidad de ver la peli de Jiri Menzel? Te la recomiendo…

    Por cierto, hablando de libros contados a través de los ojos de un niño… se me viene a la cabeza «La biblia de neón» de John Kennedy Toole y «El pájaro pintado» de Jerzy Kosinski, ambos también tremendamente recomendables…

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