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El fin del mundo, a un clic

ILYA U. TOPPER | Contar el fin del mundo solo tiene gracia si no ocurre. Veamos el caso del clásico meteorito: llega, impacta, rataplam, una explosión de un trillón de kilotones de energía, temperatura ambiental: un millón de grados kelvin, se acabó. La película dura menos que el tráiler.

No, así no funciona. Tiene que sobrevivir gente. No hay historia si no hay alguien que pueda contarla. Contemplar esas ciudades repentinamente desiertas, valles y cumbres de hormigón, un planeta deshumanizado. Casi. Solo casi. La pregunta es, pues: ¿de qué hacer morir el 99,9 por ciento de la humanidad, pero dejando en razonablemente buena forma al narrador y su compañía? La radiación nuclear da grima.

Carl Amery, en su afamada novela La caída de la ciudad de Passau (1975) se lo puso fácil: hizo morir a todo el mundo, salvo un puñado de gente que se revela inmune sin mayor motivo ni razón, de una “pandemia” fulminante, que tampoco le hizo falta especificar (toda semejanza con el coronavirus no llega ni a casualidad): la novela funciona sin ello, porque lo que cuenta es el después: la recaída de la civilización a la Edad Media en una generación. Cuando uno es bueno, se puede saltar las explicaciones. Y además, no necesita tirarse el rollo con disquisiciones aparentemente científicas, como yo he hecho poniendo “grados kelvin” (a esas alturas del impacto es lo mismo que grados centígrados º C). 

Todavía mucho menos falta le hace a Stanislaw Lem: en Profesor A. Donda (publicado en polaco en 1973), el fin del mundo es informático. Y el salto hacia atrás es aún mayor que solo la Edad Media: el narrador, Ijon Tichy, graba las letras en tablillas de barro (preguntándose si los babilonios tenían mejores arcillas o si las letras cuneiformes son más idóneas): “Una crónica decente debería tener fechas. Yo sé que el fin del mundo tuvo lugar poco después de la época de lluvias, y desde entonces han pasado un par de semanas, pero no sé cuántos días son, porque el gorila me ha quitado la agenda en la que apuntaba con sopa de cangrejo los acontecimientos más importantes, desde que se me secaron los bolígrafos…”

Donda, con nombre completo Afidávit Donda, lo supo prever. Si Einstein descubrió que la materia puede ser bien masa, bien energía, y una se puede transformar en la otra según la fórmula  E=mc2, algo que ocurre en toda reacción nuclear, Donda llega a postular que hay tres tipos de materia: masa, energía e información. Solo queda por hallar la fórmula cómo transformar un tipo en otro. En otras palabras: ¿cuánto pesa la información?

El profesor consigue una cátedra en un país africano y se dedica a investigar, alimentando con datos totalmente dispares y disparatados un ordenador, colocado sobre una báscula de extrema precisión. La enorme densidad de la información, calcula, podrá desencadenar una reacción en cadena, al igual que ocurre con el uranio cuando se junta una masa crítica. Alcanza esa masa crítica: el disco duro se borra y el ordenador pesa 0,01 gramos más que antes.

Casi el mismo tiempo, lo mismo sucede a nivel global.

Porque la conexión de cientos de millones de ordenadores en todo el mundo que no paran de intercambiar datos ha hecho que toda la información acumulada por la humanidad y ahora introducido en las redes se vaya juntando, condensando, apelmazando… y  un buen día hace clic. El planeta pesará unos kilos más. Y no queda un solo ordenador funcionando.

Es el fin de la humanidad como la conocemos. Imagínense un mundo en el que no funcione ni una sola aplicación electrónica. Menos mal que casualmente estábamos en la jungla. Entre gorilas, cocos y latas con sopa de cangrejo.

Vuelvan a mirar la solapa del libro. Sí: fue publicado en 1973. Stanislaw Lem escribió sobre el auge y el fin de internet antes de que existiera la palabra internet, el mismo año que los 15 ordenadores de Californa conectados por cable telefónico por primera vez hicieron una conexión satélite con Londres y Noruega. Visionario es decir poco. (También escribió, en la misma época, sobre estos programas informáticos que desplazan a los redactores de los periódicos, porque se pueden conectar a internet, rastrear las noticias, redactarlas con perfecto estilo y escribir el periódico ellos solos. Se inventaron hace dos años, creo).

Hablando de visionarios: en 1973 faltaban aún cinco años para que naciera la primera niña concebida por fecundación in vitro. Faltaba medio siglo para que el alquiler de úteros suscitara la pregunta cuántas madres puede tener una persona. Afidávit Donda, aprendemos, tenía un padre, que era una joven india mestiza de etnia navajo, así como dos madres y media, todo por un error de un laboratorio en Bolivia, encadenado a una serie de confusiones en una manifestación antinuclear en Estados Unidos, y mejor paro aquí.

Si ustedes ya conocen a Stanislaw Lem, no se sorprenderán si les digo que Profesor A. Donda es con certeza el libro posapocalíptico más hilarante de la Historia de la humanidad y, probablemente, también de las épocas poshumanas. Pero también es uno de los mejores: la ininterrumpida cadena de sucesos absurdos, cada uno más alocado que el anterior —y más innecesario en la trama: ahí reside la gracia— no es solo un no parar de reír, es también una especie de trampantojo argumentario que refleja la tesis profunda de Afidávit Donda. Una tesis filosófica que va mucho más allá de la física cuántica: si todo tipo de información se puede acumular para crear una masa crítica y disparar una reacción en cadena, ¿eso quiere decir que cuánticamente, físicamente, una información falsa vale tanto como una verdadera? Y si asumimos que es la conversión Información > Masa lo que se expresa en aquella frase cristiana de “Y el Verbo se hizo Carne”… entonces el Verbo pudo ser, tal vez, mentira?

Las 80 páginas de Profesor A. Donda probablemente estén entre las mejores que Stanislaw Lem haya escrito en su vida. Que ya es decir. En todo caso, yo tengo muy claro qué libro me metería en el bolsillo si estuviera a punto de caer el fin del mundo.

Profesor A. Donda (1973) | Stanislaw Lem |  Actualmente solo disponible en traducción alemana, aunque probablemente incluido en algunas ediciones de Diarios de las Estrellas.

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